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Parteros del siglo XXI

      
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Parteros del siglo XXI, un reportaje del Centro de Estudios de Periodismo de la Universidad de los Andes.
Una pareja llega a Auromira, un centro de hospedaje y meditación vía Arcabuco, en las afueras de Villa de Leyva. Buscan un aceite para curar el sarpullido que le salió a su hija en el cuello. Jorge Borda lleva a Siloé en brazos, una pequeña de 40 días. Son una pareja joven, Jorge es un carranguero y profesor de colegio. Lleva unas alpargatas blancas, un sombrero y viste todo de blanco. Su mujer, también de blanco, se sirve una infusión de menta y canela y se sienta en una silla cerca de la puerta. La casa es de adobe y el techo, de tejas de barro; arquitectura típica del lugar. Las paredes son blancas y, en el centro, una mesa de madera.

Carolina Montes, una huésped de Auromira, le pregunta a la madre sobre la bebé. Las mujeres hablan mientras Jorge busca el aceite adecuado. La conversación se convierte en un dialogo íntimo sobre el nacimiento de Siloé y las experiencias del parto de Magnolia. Ambas habían tenido partos en casa. Carolina, los de sus dos hijas con Procrear -la autoridad de partos en casa de Bogotá-. Magnolia, la mujer de Jorge, acababa de tener a su segunda hija en casa, con la ayuda de una abuela partera de las veredas de Villa de Leyva.

Entre su cama, y otros espacios de la casa, el trabajo de parto de Magnolia duró 19 horas. La abuela partera le preparaba infusiones de agua para calmarla y le hacía masajes en la barriga de vez en cuando para acomodar al bebé. “La respiración y la paciencia son claves -le contaba Magnolia a Carolina-. Yo estaba preparada para tener un parto con placer, como había leído, pero realmente esto del parto lleva mucho dolor”. La partera sólo estaba en los momentos más difíciles, el resto se desaparecía en la cocina o conversaba con Jorge para distraerlo. Fue largo, dice Magnolia, pero fue una experiencia que le hizo darse cuenta de su poder como mujer: “Haberlo hecho casi sola me hace sentir que soy capaz de cualquier cosa”.
 
 
Un llamado al Estado

Colombia carece de información y de formación en partería. Muchos países Latinoamericanos tienen más historia de partería, pero son los europeos los que han acogido sus prácticas con más seriedad y profesionalismo. Más que por tradición, Carolina Zuluaga, partera urbana de Bogotá, opina que lo han hecho para acatar actas y decretos de la Organización Mundial de la Salud en favor del parto respetado y humanizado. De hecho, en Europa hay varios países en los que la partería es una profesión reconocida.

En España, por ejemplo, existen cursos y másteres en partería y, en Holanda, 30% de los nacimientos ocurre en el hogar. En Suiza y Holanda, mamá y bebé son considerados una unidad y en los hospitales no se pueden separar, agrega Carolina.En Colombia, al bebé recién nacido se lo llevan a la unidad neonatal de 10 a 45 minutos o puede quedar hospitalizado mientras a su mamá la mandan a la casa. En Alemania, cuenta Mauricio Espinosa, médico partero fundador de Procrear, el lugar de nacimiento es anexo a la clínica, un espacio con lazos para sostenerse durante el trabajo de parto en el que se ofrece la opción de tener un parto en agua o en cuclillas.

En México se formó la Escuela Nacional de Parteras en Guanajuato en 1997. “Desde entonces se han graduado 58 profesionales”, informa la partera y directora Maricruz Coronado. Empezó como una escuela privada pero daba servicios gratuitos y ahora es una escuela pública reconocida por el Estado, dice Braulio, un papá Mexicano que quiere tener su hijo con Procrear. Ecuador y Argentina son otros países que practican la partería profesionalmente. En Argentina se promulgó en el 2004 la ley Nº 25.929 que protege los derechos de padres e hijos durante el proceso de gestación y nacimiento. Brasil y Argentina también ven a bebé y mamá como una unidad y en estos países, por ley, no se les puede separar en los hospitales.
 
 
Levantar la voz

En Colombia se están empezando a mover las primeras fuerzas para buscar que el parto y los tratos hospitalarios sean más acordes con las recomendaciones dictadas por la OMS. En 2009, la senadora Dilian Francisca Toro pasó un proyecto de ley que aún espera ser aprobado y uno de los colectivos encargados del movimiento en favor de este tema es Artemisa, la primera escuela de partería informal de Bogotá. La batalla legal implica energía y riesgo, dice Carolina Zuluaga, una de las fundadoras, y agrega que esa energía la necesita para consolidar a Artemisa. “Estamos en un limbo rarísimo, puedes atender un parto si eres médico o si eres de una comunidad indígena o afro. Las parteras rurales no somos reconocidas por el Estado, no existe una mirada seria frente a los niños que nacen por fuera del programa de salud", dice Carolina.

El problema más grande radica en que el certificado de 'nacido vivo', un antecedente para el registro civil, solo puede ser llenado por un profesional de la salud. Las parteras, como Carolina, no están legalmente autorizadas.Por eso, los niños que nacen en casa deben ser registrados con una declaración de parto extra hospitalario. El problema es que con este extra juicio es probable que la licencia de maternidad sea negada.


Parteras urbanas

Carolina Zuluaga lleva su pelo negro en dos trenzas. Sus ojos bien abiertos son de un brillante oscuro. En su dedo anular hay un anillo de plata y tiene puesto un pequeño collar de conchas blancas. Está mirando su computador. Gran parte de su trabajo lo hace por Internet. “La red es un medio de trabajo”, dice. Le sirve para acompañar el proceso de las mamás y, dado que le gusta seguir presente después del nacimiento de sus pacientes, comenta las fotos en Facebook, les envía correos a las mamás y actualiza su sitio de Internet. Ese día ella visitará en casa a las mujeres que acompaña en su proceso de gestación, hará manteo –una especie de masaje– a una mujer y dictará una clase de yoga a mamás y papás. El PBB (Parent, Babyes & Beyond), su centro principal de trabajo en el norte de Bogotá, es la sede de Unkay, (una asociación de parteras urbanas de la que ella es una de las fundadoras).

Estando en la sala del PBB, Carolina cuenta su caminar hacia la partería. Fisioterapeuta del Rosario, conoce las clínicas y su ambiente pues realizó su práctica en Teletón, en el Hospital Roosevelt y en la Fundación Neurológica Colombiana. En estos lugares se dio cuenta de que “son ambientes de jerarquías, egos y agresiones y los que en últimas reciben todo esto son los pacientes”. Por esto decidió dejar de trabajar en hospitales y empezar su propio camino.

Empezó haciendo cursos de ayurveda y de drenaje linfático. Luego, de acupuntura, terapia neural y, finalmente, de osteopatía. Pero el curso más importante y el que la encaminó de forma contundente fue su propia maternidad, con Mauricio Espinosa en Procrear. Trabajó con él durante tres años, salió y empezó algo nuevo. “Mi idea no es competir sino crear más alternativas para las familias” dice Carolina. Junto a Laura Leongómez, Alejandra Montes y más recientemente Camila Barrera, Carolina ha creado una comunidad de aprendizaje, de estudio y de servicio de partería “desde una forma más femenina”.

Carolina lleva casi dos años por su cuenta, con Unkay y Artemisa de la mano. Estando en Procrear asistió 350 partos y ahora en Unkay lleva 60, lo que le da cinco años de mucha experiencia. Ella y sus compañeras son parteras empíricas y no les importa no estar acreditadas. Desde el principio sabían que serían pioneras. "Empezar de cero es duro, pero siempre es necesario que alguien dé los primeros pasos, y en este campo de parteras urbanas, nos tocó a nosotras -dice Carolina-. Así ayudamos a que Colombia cambie. Es triste que nadie levante la voz frente a los abusos del sistema de salud".

 
Procrear

En el segundo piso de la torre II de los edificios del Parque Central Bavaria se encuentra la oficina de Procrear. Es el centro de Bogotá y el ruido del tráfico se escucha por la ventana. Mauricio recibe parejas, hace consultas y realiza clases de acompañamiento. Esa mañana de abril recibe a una pareja que busca información, les pregunta a qué se dedican y ella, Natalia, le cuenta que hasta hace 20 días llegó a Bogotá: estaba en la Guajira realizando un mapa cultural del departamento. Tiene una barriga de 24 semanas y la consiente con su mano mientras habla de su trabajo. Braulio es coordinador de la Universidad de México y se conocieron hace siete años en un encuentro de geógrafos. Están esperando un niño y le quieren poner Darién, que significa sorpresa en Nawa. Fueron a Procrear porque no quieren tener a su hijo en un hospital y una amiga les habló de Mauricio. Muchas mamás prefieren ir a Procrear porque Mauricio es médico ginecólogo obstetra y ese título les da mucha seguridad -al menos eso dice Natalia mientras le coge la mano a Braulio-. “La idea es conocernos y esto es lo que nos orienta para el proceso que vamos a tener -afirma Mauricio- lo otro es secundario”.

Mauricio Espinosa se presenta como un seguidor de una obstetricia diferente
. Como su padre, estudió ginecología en la Universidad Nacional de Colombia. Describe su profesión con las palabras de su papá: la mezcla entre “ciencia, conciencia y mucha paciencia”. Mauricio es bajito, de pelo grisáceo y se deja bigote. Viste un pantalón de pana azul y un saco rojo. Se acuerda de aquella época en la que su padre y sus compañeros médicos esperaban a los pacientes en los hospitales por la noche. Hoy, “en este mundo de la velocidad, el poder y el dinero, los médicos ya no lo hacen ni esperan 18 horas de un nacimiento. Lo hacen en 2 horas o hasta en 15 minutos con una cesárea. Ahora casi todos los partos son programados, antes de Navidad o Semana Santa es increíble la cantidad de cesáreas que se practican".

En la gestación, como en todo, también hay maremotos, le advierte el médico-partero a la pareja: el proceso se puede complicar. Para estos casos debemos agradecer que vivimos en el siglo XXI y gracias a los avances científicos existen las cesáreas, los fórceps o el pitocin- un medicamento que sirve para inducir el parto-. Para Mauricio, “una cesárea bien hecha es un nacimiento natural”, pues cuando hay complicaciones lo natural es que los conocimientos se apliquen. Sin embargo, según él, en instituciones pertenecientes a las EPS, 55% de los partos son por cesárea. En los hospitales públicos la cifra es de 40% y en los hospitales privados oscila entre 70 y 90%. "Una cosa es necesitar la cesárea y otra muy diferente es usarla para salir de forma rápida de un parto", concluye.

 
El acompañamiento pre-parto

En la sala de conferencias de uno de los edificios del Parque Central Bavaria, en la mañana, las ventanas están cubiertas con blackout y 32 ojos miran la película Parir y Nacer, dirigida por Karin Berghammer, comadrona y directora de cine austríaca. En una esquina del salón, una joven está recostada contra la pared y mientras observa las imágenes sus ojos brillan y una lágrima resbala por su mejilla. En su pierna está recostado un joven de Medellín, alto y delgado, que la consciente mientras sonríe. Tanto ellos como las otras siete parejas están allí como parte de su preparación.

Después de la película entra Espinosa. Comenta la película y dicta un pequeño curso de anatomía. Dibuja la vagina y los músculos pubo-coxígeos, las membranas ovulares, el himen, la placenta y el cuello uterino. Luego explica las fases del parto. Las contracciones frecuentes e intensas son las que inician el trabajo de parto, explica. Gracias a las contracciones se da el proceso de dilatación y puede llegar a durar de 2 a 3 días. “Inducir el parto es la cosa más estúpida del mundo” reitera, este proceso natural es perfecto en sí mismo y al igual que para una carrera, es necesario empezar calentando y estirando. Por último se da el alumbramiento: “Sentir el cuerpo y aceptar sus procesos nos lleva a una vida plena y consciente”.
 

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