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Entrevista

Actos terroristas: ¿qué vinculación tienen los jóvenes?

      
Actos terroristas: ¿qué vinculación tienen los jóvenes?

Italia Samudio Reyes

Antropóloga. Investigadora y analista especializada en memoria y conflicto armado, pedagogía de paz y narrativas de las víctimas. 

Autora de publicaciones sobre Territorio, Memoria, Desarrollo, Paz y Derechos Humanos en Montes de María, Magdalena Medio y Sur de Bolívar, Italia Samudio es actualmente consultora para la Comunidad Europea en políticas de ordenamiento territorial con el Ministerio de Medio ambiente en Perú. Universia la entrevistó para ver cuál era su opinión acerca de los jóvenes y su vinculación con los actos terroristas.

 

• ¿Se podría afirmar que el número de jóvenes que se involucra y participa en actos terroristas ha crecido o crecerá en los próximos 5 años?

La juventud, entendida como el tránsito de todo ser humano hacia la madurez emocional, se ve absolutamente determinada por el contexto en el cual cada individuo construye su propia identidad social, política, económica. En contextos de profunda y estructural violencia como nuestras urbes y nuestros campos, los referentes para que esa construcción sean equilibrados, éticos, solidarios, autónomos y dignos, brillan todos por su ausencia.

Mientras esas realidades no sean transformadas, seguiremos siendo una sociedad partera de sujetos violentos, observadora de más y más acciones contra una sociedad que ha traicionado la posibilidad y el derecho de cualquier sujeto a construirse en función de su bienestar y del bienestar colectivo. Podremos firmar la paz, pero somos hijos de la guerra y mientras no desaprendamos eso que nos hace hoy tan tolerantes a hacernos daño, nuestros jóvenes no podrán entender que la violencia nunca es una opción.


• ¿A quién le corresponde erradicar los actos terroristas en distintos países?

Hay que entender primero que el terrorismo es un producto social. Hacer daño infundiendo terror a los demás y justificándose a sí mismo, es el resultado de una profunda y arraigada falla estructural en el ethos de cualquier individuo.

Los Estados y sus brazos armados intentan -muchas veces de manera infructuosa- controlar esas acciones de daño masivo, disminuyendo su impacto y adoptando medidas preventivas, pero no puede controlar el hecho de que en cualquier rincón del mundo surjan más y más sujetos dispuestos a matar por odio, sea este político, religioso o racial.

Y el odio es la expresión humana del miedo. Miedo a que el mundo no sea lo que cada sujeto cree (ciegamente) que debe ser, porque sus referentes no le permiten entender que vivir con otro/a implica reconocerlo, valorarlo, aceptarlo a su vez como sujeto.

Las transformaciones sociales auténticas, en este sentido, no pueden tener lugar, y en su lugar, emerge la idea de la eliminación del otro como el camino más efectivo para controlar sus temores, deshumanizando a ese otro, convirtiéndolo en un objetivo a eliminar. Y así también funcionan las estructuras antiterroristas, buscan la eliminación de quienes representan un riesgo potencial para el resto de la sociedad. Es un callejón sin salida que además se reproduce a sí mismo.

Las alternativas, sin duda alguna, deben provenir de otros lados, más complejos, menos ágiles, pero definitivamente más éticos. En Colombia, por ejemplo, debemos repensarnos nuevamente como sociedad, y entender nuestro papel individual dentro de lo colectivo como bien común, hacer surgir nuestro lugar en el mundo desde la dignidad, la libertad, la solidaridad, la confianza. Entonces, las alternativas son pedagógicas. Desaprender para reinventarnos. Y eso no lo resuelve ninguna estrategia militar antiterrorista.

 

• ¿Cuáles cree que deban ser las medidas y/o acciones que la sociedad civil debe realizar para enfrentar el terrorismo?

Uno se pregunta por las medidas adoptadas por cualquier Estado para asumir el reto de mirarse a sí mismo en la cadena de reproducción del terror. Estados que ignoran el reconocimiento de las mujeres, que demonizan a quienes difieren en sus credos, que convencen a sus ciudadanos de que solo hay una forma de ser y habitar el mundo, que consideran la diferencia y quienes son diferentes como adversarios y no como parte todos de un solo mundo social, que utilizan la fe como estrategia de coacción social, son Estados condenados a la reproducción de formas cada vez más violentas de daño social, precisamente porque el terror cumple su función como generador de miedo. Entre más violenta sea una acción contra el otro/a, el riesgo de ser yo mismo como sujeto la próxima víctima, me hace justificar la acción violenta contra ese que me genera temor. No hay límites.

Nuestras sociedades deben preguntarse a sí mismas por su idea de futuro, por sus proyectos de vida, y entender que no podremos nunca realizarnos como individuos si no lo hacemos desde nuestros propios yo-colectivos. ¿Qué hacer como sociedad para que ello ocurra? Hay muchos caminos creados hasta hoy, y en su mayoría han entendido que la labor pedagógica, de pedagogía para la vida, y para la vida en comunidad, es el camino correcto. Pero son apuestas aún muy desconectadas, aisladas entre ellas mismas, sin respaldos ni apoyos estatales. Hay programas juveniles en Colombia, que sorprendentemente han surgido (y sobrevivido porque se convierten en objetivos para los guerreros) en territorios donde la partitura de la guerra impera, y donde el ruido del odio, del dolor y de la venganza están incrustados en cada hogar. Y sin embargo en Montes de María, en Cauca, en el Valle, en Nariño, en el Oriente Antioqueño, esas iniciativas de pedagogía transformadora, de formación ciudadana, de diálogo y construcción comunitaria, dirigidas en su mayoría a los jóvenes, hoy dan resultados. Esa es la esperanza.


• ¿Cómo ha afectado nuestra manera de vivir? ¿Cuáles son las consecuencias más representativas en nuestra vida cotidiana y cuáles serán para las generaciones futuras?

El miedo y el odio como su correlato, hacen parte de la naturaleza humana. Todos los individuos podemos encontrarnos atrapados en uno de estos estadios en algún momento y actuar en consecuencia. A menos que el andamiaje ético que nos defina nos permita lidiar individualmente de manera responsable.

Pero es justamente la ausencia de esa estructura que nos soporta, la que finalmente termina por convertir nuestra voluntad en una reacción de daño, a nosotros mismos y a los demás. En Colombia, nuestros hijos crecerán pensando de manera equivocada que rebelarse o disentir no es una opción porque se ha convertido en un sinónimo de terrorismo, de bandalismo, de guerrilla. Y muchos más creerán que la única manera de controlar ese foco de “desorden” es aniquilando a sus protagonistas. Pero el daño es más profundo y perverso aún.

Si vamos a las estructuras sociales y económicas, nuestros hijos crecerán pensando que el ejercicio del poder es sinónimo de sacar ventaja individual de ese papel y no una práctica de servicio a la sociedad. Entonces la corrupción, que es la partera de la guerra, seguirá haciendo parte de nuestra cotidianidad. Tampoco aprenderán que el diálogo como opción a la violencia es legítimo, porque dialogar en nuestro país es sinónimo de debilidad cuando la sed de venganza impone la eliminación del otro.

Nuestros hijos con hambre no sabrán que el trabajo, la salud, la educación, la vivienda, son derechos, y creerán que es son favores de algún político en campaña. Nuestros jóvenes pensarán que sin dinero y sin poder es imposible lograr (identificarse) con lo que la sociedad valora como la cúspide de la realización individual, como sinónimo de progreso, de desarrollo. Todas estas realidades tienen lugar hoy y tendrán su lugar asegurado en el futuro de nuestro país. A menos claro, que el proceso de pedagogía transformadora se abra paso.


• De acuerdo con su perspectiva, ¿a qué se le considera un acto terrorista y qué características debe tener para clasificarse como tal?

En primer lugar, el término “terrorista” se ha pretendido llenar de tantos contenidos, precisamente para justificar tantas venganzas y más violencias, que hoy ya es un lugar saturado de sinsentidos. Podríamos hablar de tantos horrores protagonizados por quienes son considerados “terroristas”, como de quienes han reaccionado contra ellos. Es por ello que el terror y el miedo son dos caras de la misma moneda. El terror impuesto a otros es una reacción. Un mecanismo de control y sumisión dirigido contra quienes (se considera) son un factor de riesgo, porque generan miedo, miedo a la eliminación o a la pérdida de un bien preciado, como el territorio, como la fe, como la identidad. Es un asunto identitario en el cual dejar de ser por otros no es una opción y para lo cual, en cambio, la desaparición del otro resulta ser el camino más efectivo, incluso si en esa empresa se sacrifica la vida misma.

En segundo lugar, el terrorismo tiene un componente relevante que es el miedo y su efecto expansivo. Una vez ejercido a través de una acción violenta que se hace pública (en la plaza, la carretera, la televisión, internet, todos escenarios donde ocurre lo público en una sociedad local o global), el efecto del miedo se multiplica no solo en la víctima sino en todos los testigos, los sobrevivientes, que además lo son por decisión única del victimario. De allí que el eco mediático o público de un acto terrorista sea uno de los más eficaces métodos de los terroristas. El o los victimarios infunden temor como estrategia de defensa haciendo gala de su capacidad de daño, factor que a su vez los protege de muchos, menos de aquellos que también tienen capacidad de hacer daño, incluso, con más contundencia. El terrorista no teme morir, es fanático, porque piensa que mientras su identidad dependa de sí mismo y no de un otro, hasta la muerte propia se justifica, se hace “necesaria” para el logro del fin último que es la eliminación del adversario.

En tercer lugar, la deshumanización del adversario, la reducción de su identidad a la mínima expresión es una condición básica del perpetrador. Frente a él no se encuentra un ser humano, lo despoja de cualquier identidad por medio de la cual sea posible identificarse con la víctima y así poder proceder con frialdad y sevicia. Analistas como Elizabeth Jelin, consideran que el terror ejercido contra el cuerpo de la víctima es la evidencia de los profundos niveles de crueldad a los que se puede llegar cuando es el miedo el condicionante y motor del victimario.

Finalmente, el hecho de tener lugar en un momento y en unos escenarios imposibles de predecir, que hace muy compleja la capacidad de anticiparse para proteger a la o las víctimas, hace del terrorismo un arma perversa con capacidad para hacer daños más allá del lugar de los hechos y más allá del tiempo de la acción. Ese efecto expansivo temporal y espacial aunado al hecho de su ubicuidad, provoca el miedo colectivo en cadena. Y este, es uno de los motores de más y más violencia.



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