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Upegui Benítez, su lápiz y sus anteojos viven ahora en EAFIT

      
Foto: Universidad EAFIT
Alberto Upegui Benítez empezó a leer antes que a caminar. Con apenas 19 años fue nombrado director de la Biblioteca Municipal Santander, la que convirtió en uno de los centros culturales más importantes del país.
Sentada en sus piernas lo escuchaba atenta, mientras él le explicaba con paciencia cómo en la poesía de García Lorca lo que está connotado se oye, por el mismo ritmo del lenguaje. La niña de solo seis o siete años lo miraba atónita al mismo tiempo que él le señalaba con declamaciones la música que contenían las palabras.

Ese es el recuerdo al que alude Lía Cristina Upegui cuando lee a Lorca o a Rubén Darío. Cierra los ojos y recuerda el sonido de los caballos o el agua enfurecida que escuchaba por medio de los versos que le recitaba su papá, el periodista Alberto Upegui Benítez, cuyo archivo personal le fue entregado a la Sala de Patrimonio Documental del Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas de EAFIT.

La nueva colección contiene, entre otros documentos, recortes de prensa de los artículos periodísticos de este intelectual antioqueño nacido en Medellín en 1921, sus columnas, crónicas, textos originales, libretos para radio, escritos mecanografiados, números de revistas que dirigió o fundó como Gentes, Occidente, Revista Antioquia, etc. Así mismo, cuenta con traducciones de obras extranjeras y sus libros en primera edición Guayaquil, una ciudad dentro de otra y Los anteojos y el lápiz.

La colección la donó su hija Lía Upegui a EAFIT porque considera que en la Institución se la van a cuidar y hay muchas personas que la pueden aprovechar. “Mi papá se preocupó siempre por elevar el nivel cultural de los ciudadanos, así que eso sería lo mínimo que podría hacer por él. Quizá es lo que más hubiera querido”.

Lecturas y creaciones
Alberto Upegui Benítez empezó a leer antes que a caminar. Con apenas 19 años fue nombrado director de la Biblioteca Municipal Santander, la que convirtió en uno de los centros culturales más importantes del país. Fue bibliotecario, periodista, editor, jefe de redacción, crítico literario, libretista y director radial, traductor y educador.

Y claro, por tener una vida dedicada a las letras y aventurarse en menesteres un tanto peligrosos, alguna vez corrió un rumor de su supuesta muerte, lo que aún recuerda su hija entre risas: “En una ocasión, en la primera página de un periódico salió publicado el anuncio fúnebre de la muerte de mi papá. Al ser un intelectual conocido la noticia causó revuelo”.


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