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¿Cómo escribir sobre ciencia para gente común?

      
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Texto escrito por @cdperiodismo y Colaboradores
Les doy un ejemplo: este año, un estudio publicado en la revista PLoS Biology dijo que habemos 8,7 millones de especies sobre la Tierra. ¿¡Pueden imaginarlo!? Somos 8,7 millones de seres distintos: diversos colores, diversas formas, diversas texturas y tamaños… y todos tenemos una función que cumplir para mantener este planeta en equilibrio.
 
Ese fue solo el primer suspiro. El segundo viene con que más del 80% de esas especies aún no están descritas, es decir, no las conocemos. Ah, y viene un tercer suspiro, la última actualización de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) dice que el 25% de los mamíferos están en peligro de extinción. Si eso es así con los mamíferos, que es el grupo que más se conoce, ¿cuántas especies van a desaparecer antes de saber que existen?
 
Eso me hace recordar un pequeño y pálido cangrejo que fue descubierto casi por accidente. El científico que lo describió participaba de una expedición geológica para estudiar las filtraciones de metano a través de las fisuras en el suelo marino.
 
¿Qué tiene que ver eso con el cangrejo? Resulta que el piloto del sumergible observó al cangrejo en una de las fisuras y lo recolectó. Más adelante se dieron cuenta que el crustáceo se encontraba allí –nada más y nada menos que a 1.000 metros de profundidad– para aprovechar las salidas de metano y sulfuro de hidrógeno, esto con el fin de proveer de energía a las bacterias que viven en su cuerpo, las cuales se comerá posteriormente. En otras palabras, este es un cangrejo que cultiva su propio alimento.
 
Tampoco lo descubrieron al otro lado del mundo. El cangrejo fue encontrado en mi país y por eso lo bautizaron como Kiwa puravida, referencia a la expresión “pura vida” que caracteriza a los costarricenses.
 
En América Latina, no solo se cuenta con “laboratorios al natural” sino que también se hace ciencia y de la buena, así que la materia prima está dada. Ahora, cuando Jorge Grandi, director regional ciencia para América Latina y el Caribe de la Unesco, me dijo que “ciencia es mucho más de lo publican Science y Nature” no solo supe que tenía el titular del artículo sino que esa frase reflejaba una realidad: una tendencia a la invisibilización de nuestro quehacer científico por estar enfocados en mirar hacia otro lado.
 
La mayoría de los científicos que publican en Science y Nature son europeos y estadounidenses. Es cierto, muchos latinoamericanos han publicado en estas prestigiosas revistas, pero no podemos tomar esas publicaciones como referencia de la totalidad del quehacer científico de la región.
 
Los medios de comunicación que solo reportan lo que sale publicado en Science y Nature se están perdiendo cantidad de conocimiento que se genera desde México hasta Chile y Argentina. Claro, también hay que cuidarse las espaldas y asegurarse que los estudios que se reportan en medios de prensa sean serios y ojala tengan revisión de pares.
 
Pero, si como periodistas nos quedamos sentados a esperar los boletines de prensa, solo nos llegarán comunicados de la agencia espacial estadounidense (NASA) y europea (ESA), las newsletters de Science y PNAS, las alertas de Eurekalert, entre otras, y muy pocos comunicados de centros de investigación latinoamericanos.
 
Una vez leí un KSJ Tracker de Pere Estupinyà donde decía que ya se deseaba en el Amazonas una oficina de comunicación como la de NASA y es cierto. Eso nos obliga a los periodistas a ir a tocar puertas a los laboratorios, ponernos botas de hule e irnos de gira de campo a contar murciélagos o pájaros, mirar a través del microscopio, husmear en las pizarras informativas que hay en las universidades, suscribirse a cuanta base de correos exista… y eso tampoco es algo fuera de las posibilidades.
 
Cierto, muchos científicos pondrán resistencia a abrir sus oficinas. En mi caso, estos han sido los menos y más bien, los investigadores están deseosos de relatar sus descubrimientos. A ellos también les gusta sorprenderse y suspirar, a fin de cuentas, los investigadores son gente común.
 
A Héctor Guzmán –investigador del Instituto de Investigaciones Tropicales Smithsonian (STRI)– lo conocía de referencia y la verdad es que me ilusionaba conversar con él. La oportunidad se presentó cuando describió una nueva especie de abanico de mar que vive en las aguas del Parque Nacional Coiba, en Panamá. Pensé que iba a ser más complicado conseguir una entrevista con él y sorpresa, a los diez minutos ya estaba entrevistándolo.
 
Hay que perderle el miedo a la fuente y al tema. Los científicos sabrán de muchas cosas y tendrán doctorados en ello, pero también hay otras materias que ignoran. En la medida que se pierde el miedo, se gana en sorpresa y curiosidad. En menos de lo que cree, se verá enfrascado en una conversación con sus amigos acerca de la partícula esencial o “partícula de dios” y cómo el centro de investigaciones que la estudia (el CERN) aparece en un libro que sirvió de inspiración para una serie de televisión que no duró más que una temporada (uff, lástima).
 
Ahora, en el caso de Guzmán, él trabaja en su país; pero hay otros científicos latinoamericanos que realizan sus investigaciones fuera de este y eso tampoco es impedimento para contactarlos. A muchos de los investigadores que entrevisté este año, los conocí porque tenían un vínculo con Costa Rica; ya fuera porque realizaron su investigación aquí o vinieron de visita. A otros, los contacté por correo electrónico, por redes sociales o por teléfono.
 
Cualquier oportunidad es buena y un periodista debe saber aprovecharla. A Roy Liu, lo conocí de casualidad en un viaje que hice a Miami. No esperaba encontrarme con un tico y ya ven, no solo fue bueno hablar español por un rato sino que su experiencia se tradujo en un artículo para el periódico.
 

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