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"El asunto Mesutti": anticomunismo y espionaje soviético en Uruguay

      
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"El asunto Mesutti": anticomunismo y espionaje soviético en Uruguay. Foto: Universia
Desde 1954, Oscar Mesutti era uno de los funcionarios más competentes y capacitados en el archivo de la cancillería uruguaya. Su compromiso trascendía lo habitual: cumplía funciones fuera de hora e inclusive llevaba trabajo a su casa. Cuatro años después, su esposa, habitualmente maltratada por Oscar y al igual que él, consumidora de estupefacientes, denunció que su marido entregaba documentos a la embajada soviética. Corría el año 1958 y el “asunto Mesutti” había estallado, transformándose desde allí en una “novela” de espionaje que ocupó por casi dos años la atención de la prensa conservadora nacional.

Para dar cuenta de aquellos hechos, este artículo se sustenta prioritariamente en documentación1 del Servicio de Inteligencia y Enlace (SIE) de la policía uruguaya, cuyos orígenes se remontan al inicio de la Guerra Fría.

> Uruguay y la “ofensiva soviética”


Cuando las primeras derivaciones del sonado caso de espionaje se publicitaron a través de la prensa, la situación del país –en lo político, social y económico– no era precisamente calma.“La crisis que vive el país es una crisis económica y financiera” pero también “institucional y moral”: “políticamente, el país vive sujeto a un orden cuya quiebra real se ha producido hace ya mucho tiempo”, explicaba un lúcido editorial del independiente y prestigioso semanario Marcha.

Se trataba de un momento de quiebre, confirmado poco después con la victoria electoral del opositor Partido Nacional en las elecciones nacionales, un hecho que rompería la hegemonía histórica del Partido Colorado, cuyos dirigentes, cada vez más desprestigiados, buscaban soluciones a la grave situación económica. En ese marco, y examinando salidas alternativas para los tradicionales productos de exportación, el parlamento uruguayo se encaminaba a ratificar un Convenio Comercial y de Pagos con la Unión Soviética (URSS). Su trámite se encontraba pendiente desde 1956.

Las acciones soviéticas dirigidas en esa dirección formaban parte de una nueva “ofensiva” en América Latina. Como resultado, fueron varias las misiones rusas que llegaron a la región buscando fortalecer los intercambios comerciales. El año 1958 fue novedoso en ese sentido con el arribo de 15 delegados soviéticos a Brasil, Uruguay, Chile y Argentina. La visita tenía un carácter simbólico indudable: los parlamentarios llegaban como representantes del Estado soviético y “no como comunistas”, atemperando los prejuicios ideológicos de las elites locales. En el primero de los países, cumplieron una amplia gama de actividades, siendo recibidos por el presidente Juscelino Kubitschek; el gobernador –y más tarde sucesor en la presidencia–, Janio Quadros; y el también más tarde presidente, Joao Goulart. Además, concretaron un Tratado Cultural6.
 
Uruguay estaba incluido en la agenda de los emisarios soviéticos. Retribuían, de esa manera, la visita previa de una delegación de parlamentarios uruguayos que acudieron a Moscú en julio-agosto de 1956. Desde entonces, pero muy especialmente durante 1958, el incremento del comercio bilateral era notorio, según informaba el banco estatal uruguayo. Era una razón de peso y el oficialismo bregó por la pronta aprobación del Convenio, inspirándose en el pragmático principio de “vender a quien nos compre”: “no podemos ser más realistas que el rey” y “vender a quien nos compra no es un simple ‘slogan’ […] sino una realidad que nos golpea todos los días”.

Tales consideraciones también respondían a la cordialidad expresada por los parlamentarios de la URSS en Montevideo. Como subrayaron los comunistas uruguayos, además de la reciprocidad y camaradería, el objetivo de la visita era profundizar las crecientes relaciones comerciales entre ambos países. En ese marco, sostenían que la aprobación del Tratado de Comercio y Navegación así como los Convenios Comercial y de Pagos “abrirían perspectivas más amplias para la colaboración económica”.

Las categóricas y favorables estadísticas, motivaron un pronunciamiento de la Comisión de Asuntos Internacionales de la Cámara de Representantes: “juzgamos favorable para el país ampliar los horizontes […] comprando a quien nos compra, diversificando y multiplicando en lo posible los mercados adquirentes de nuestra producción, en general casi unilateral”. Por esa razón, los miembros de la Comisión parlamentaria opinaban ante sus pares que “la ratificación parlamentaria colocará al país en condiciones de incrementar sus exportaciones a la URSS –particularmente en materia de lanas y también de carnes- y de multiplicar sus importaciones de ese mercado”.

Con la inminencia del trámite parlamentario; la celebración del XVII Congreso del Partido Comunista del Uruguay (PCU) y la visita de los representantes soviéticos a Montevideo como telón de fondo, un “decepcionado” “fotógrafo” de El Popular irrumpió en la escena pública.

Dos hechos motivaron su desvinculación. Una tarea que un diplomático moscovita, al que había conocido en el Instituto Cultural Uruguayo Soviético (ICUS), le propuso; y, que “un compañero de trabajo en el diario comunista” le había pedido que realizara unas “reproducciones fotográficas de la Biblioteca Artigas-Washington que habían sido conseguidas con mucho secreto por una chica”. Cuando el ruso Sidorenkov “me propuso esa gestión”, “le contesté que […] no me prestaba a esa maniobra” porque “estoy convencido de que el partido comunista local no busca electores” sino “personas de confianza” en su lucha “contra los Estados Unidos”.

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