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Huertas familiares, claves en la restitución de tierras

      
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Huertas familiares: una forma de trabajar la tierra y la integración de la comunidad.
Así lo aseguró Orlando Rangel, botánico y profesor del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UN, al evaluar los resultados del trabajo de maestría de Néstor David Jiménez Escobar.

“Tenemos que ser creativos. No se trata solo de restituir la tierra. Se deben crear mecanismos que logren que la comunidad tenga sentido de pertenencia y apego a la tierra. Con el sistema de huertos familiares se lograría que una comunidad se vincule y tenga objetivos comunes. Los huertos, al ser un trabajo de todos, se convertirían en una fuente básica de suministros para la dieta y, desde el punto de vista social, se lograría que la gente se integre cada vez más”, asegura Rangel.

Además de la discusión actual sobre la restitución de tierras, el docente recomienda este modelo por los resultados que arrojó la investigación de Jiménez Escobar, que, mediante el estudio del uso de árboles en la comunidad campesina de la bahía de Cispatá (Córdoba), logró establecer las relaciones de las personas con los árboles.

El biólogo, que estudio los huertos familiares durante su investigación, constató su importancia en la comunidad. “Los huertos de esta región suplen gran parte de sus necesidades básicas y, en la actualidad, son fundamentales para la seguridad alimentaria de los pobladores. Este hecho se refleja en la riqueza, la abundancia y la importancia cultural que le dan los pobladores a las especies comestibles”, afirma.

Jiménez Escobar encontró que, aunque por lo general en los huertos la mayoría de especies son introducidas, en el caso de esta comunidad hay un mayor número de especies nativas. Para el biólogo, este es un fenómeno interesante desde el punto de vista de conservación porque, en el futuro, se pueden desarrollar planes de manejo de los árboles existentes.

 
Resultados de la investigación

“Esta comunidad cuenta con una larga tradición de cultivo. Cuando llegaron a estas tierras, que antiguamente no se podían cultivar por ser lugares salinos, desarrollaron un sistema para que la agricultura fuera viable. Empezaron con el arroz, siguieron con el coco y, poco a poco, plantearon estrategias para ampliar las áreas de cultivo. Es un ejemplo de cómo en condiciones tan difíciles se pueden suplir las necesidades de consumo”, anota Jiménez.

En el estudio se encontraron 21 especies propias nativas del manglar y 83 especies de árboles en los huertos. Una de las conclusiones a las que llegó el biólogo es que, a pesar de no poseer especies que faciliten la seguridad alimentaria, el manglar es vital para esta comunidad porque de allí se extraen las principales maderas para la construcción. Para su alimentación se basan en el huerto.

Entre las especies promisorias que se encontraron está el corozo (Bactris guineensis) y la palma de coroza (Elaeis oleífera). Además, en los huertos se pueden hallar especies maderables, como roble (Tabebuia rosea), cedro (Cedrela odorata) y caoba (Swietenia macrophylla). El mangle colorado es el árbol más importante para esta comunidad porque, aunque no se cultiva, garantiza la obtención de la leña y la materia prima para herramientas y la construcción de viviendas.

El coco tiene un significado especial para los habitantes de la bahía Cispatá: para las mujeres es un alimento base en la cocina; para el hombre, un instrumento para la construcción. La mujer tiene un papel activo en esta comunidad, pues es, por lo general, la encargada de los huertos. Los hombres, por su parte, se encargan de otras labores, como las obras y la edificación.

“Las huertas familiares, además de proveer productos fundamentales para el sostenimiento del núcleo familiar, son espacios vitales, generadores de procesos que fortalecen el tejido social. Es un lugar donde hay intercambio de productos agrícolas, donde juegan los niños y donde hay un flujo constante de saberes entre los pobladores”, puntualiza Jiménez Escobar. Además, resalta la importancia de rescatar la tradición de los huertos y considera que estos son una herramienta para estudiar la biodiversidad de la cual pueden surgir planes de manejo y conservación.

Rangel,
codirector de la investigación, destacó que el 90% del contenido del estudio ha sido divulgado en artículos científicos y dijo que una de las virtudes de este trabajo es que incorpora nuevas tendencias: “No es solo ver la utilidad de las plantas. Es estudiar y entender su significado para la comunidad y cuál es su relación con esos huertos y el medio natural. Así lograremos convencer acerca de la necesidad de conservar áreas naturales de donde salgan los recursos para estos”.


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