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La economía de la educación

      
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Felipe Barrera Osorio es actualmente Profesor Asistente de la Escuela de Educación en Harvard.
Hasta mediados de 2011 trabajó como economista senior del Banco Mundial, evaluando programas en Chile, Colombia, Kenya, Ghana y Pakistán. También fue subdirector de Fedesarrollo. En 2008 obtuvo la medalla Juan Luis Londoño por sus trabajos de investigación en el país. Es economista de la Universidad de los Andes y obtuvo un PhD en economía de la Universidad de Maryland, College Park. Ha analizado las transferencias condicionadas, las alianzas público-privadas, incentivos a maestros, y gratuidad, entre muchos otros. Actualmente es Profesor Asistente de la Escuela de Educación en Harvard.  
 
 
¿Qué significa para usted ser nombrado como profesor asistente en Harvard?

Thomas Jefferson dijo: “Pareciera que entre más duro trabajo, más suerte tengo”. Llegar a Harvard significa que he tenido mucha suerte. Es un sitio en el cual personas de mucha capacidad técnica y de gran creatividad están desarrollando todo tipo de ideas. Estar inmerso en este ambiente es altamente estimulante: representa la increíble oportunidad de obtener retroalimentación de diversas ciencias y perspectivas, todas en la frontera del conocimiento, que pueden enriquecerme inmensamente. Lo cual significa que tengo que esforzarme mucho más de lo que lo he hecho hasta ahora.
 
 
Las temáticas relacionadas con la educación, la pobreza y la protección social le han llevado, entre otras cosas, a recibir el Premio Medalla Juan Luis Londoño de la Cuesta. ¿Por qué se interesó en estos temas?

Yo vengo de una larga tradición colombiana de economistas que comenzaron a trabajar en los años sesenta en el país y que tenían un fuerte talante de servicio. Gente como Rodrigo Botero, Carlos Caballero, Miguel Urrutia, Rudy Hommes, Antonio Barrera (mi padre), Juan Luis Londoño y Ulpiano Ayala son claros exponentes de esa tradición. Entiendo mi trabajo de investigación de un modo práctico, me interesa entender cómo crear políticas eficaces para mejorar el bienestar social del país. Mi trabajo refleja mi preocupación teórica y de servicio al país.
 
 
¿Es la educación una problemática personal o estatal? ¿Sobre quién debería recaer la responsabilidad de la misma?

Soy un ferviente creyente de las decisiones que toman los individuos y las familias dentro de las posibilidades que tienen. Así disponen sobre qué tanta educación acumular. Por supuesto, existen algunas circunstancias en las cuales los individuos no pueden tomar las decisiones óptimas debido a que, o bien no poseen la mejor información, o no tienen acceso a recursos para acumular capital humano. En este caso, el Estado tiene un papel muy importante. Es más, dado que los beneficios de la educación van mucho más allá que los beneficios individuales –un país, como un todo, se beneficia de tener ciudadanos más educados—. Sin embargo, esto no quiere decir que el Estado tiene que proveer educación; lo que tiene que hacer es garantizar que cualquier individuo pueda tener igualdad de oportunidades al tomar decisiones de educación. El Estado puede financiarla y los privados proveerla de muy buena calidad, como ocurre con los colegios de concesión en Bogotá. Los colegios de concesión son educación pública.
 
 
¿Qué piensa de la educación en Colombia? ¿Qué haría falta para mejorarla?

Colombia está haciendo las políticas adecuadas. Se ha ganado mucho terreno en términos de acceso por medio de programas importantes como las transferencias condicionadas a educación de Familias en Acción –en el plano nacional— y Subsidio Condicionado a la Asistencia Escolar –en Bogotá–. Asimismo el país y los municipios han desarrollado programas innovadores que van desde los colegios de concesión hasta la nutrición. Por otro lado, se han realizado acciones importantes para mejorar la calidad. Por ejemplo, el Estatuto Docente de 2003 es un gran avance que instaura un sistema de incentivos a los mejores profesores, un escalafón por méritos y mejores remuneraciones. Por supuesto, existe un gran trecho por recorrer en términos de calidad: si el país quiere dar un salto significativo tiene que mejorar de manera igualmente significativa el perfil de los profesores, la capacitación pedagógica y el sistema de incentivos. Esto a su vez requiere mejorar sustancialmente el sistema de evaluación –también se está avanzando en esta dirección— y se tiene que pensar cómo usar la información de resultados en pruebas para generar mecanismos de rendición de cuentas de colegios e involucrar más a las familias en la educación de los niños.
 
 
¿De qué forma la Universidad de los Andes influyó en su visión del mundo?

La entrada a los Andes significo un shock “técnico” fundamental para mí. Mi cohorte de entrada fue un grupo de personas tremendamente inteligentes y mucho mejor preparadas que yo. Mis compañeros fueron personas que me empujaron a estudiar mucho y a enfrentar problemas de forma creativa. Por otro lado, tuve acceso a profesores altamente técnicos, que me dieron no solo instrumentos para poder analizar problemas muy concretos de Colombia, sino que me abrieron las puertas para entrar a trabajar a sitios muy interesantes (como Fedesarrollo y el Banco Interamericano de Desarrollo) y para aplicar a estudios de doctorado fuera del país.
 
 
¿A quién o quiénes recuerda de Los Andes como maestros y egresados modelo para la nueva generación de economistas de su facultad?

De mis primeros años me acuerdo de Alejandro Sanz de Santamaría, al cual le debo la capacidad de ver con una lente crítica el método científico; Miguel Gandour me enseñó a escribir; Ramón de Zubiría me regaló la pasión por aprender; Mauricio Reina me indicó que el orden mental es un ejercicio de disciplina diario. En mis años posteriores mi formación técnica se profundizó gracias a otro puñado de profesores: Alberto Carrasquilla me mostró la rigurosidad y la ética profesional; Eduardo Sarmiento me reveló la importancia de dudar del conocimiento previo; Oskar Landerreche me manifestó el poder y la belleza de las matemáticas aplicadas; Miguel Urrutia me enseñó que la microeconomía podía ser supremamente interesante. Claramente dejo por fuera mucho otros: la gran mayoría de mis profesores fueron muy buenos.

¿Qué mensaje daría a estas nuevas generaciones?

Que estudien algo que les produzca mucha pasión. Y que trabajen fuerte, muy fuerte. De pronto les llega la misma suerte que a mí me llegó.


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