text.compare.title

text.compare.empty.header

Noticias

Europa y Colombia: en el borde de las oportunidades

      
El escritor Gabriel García Márquez, a quien por estos días la opinión pública mundial le rinde homenaje por sus espléndidas contribuciones a las letras, sostiene que la misión histórica de los latinoamericanos, en todos los tiempos, ha sido buscar la felicidad.<br/><br/> En esa dirección, hemos ensayado diversos caminos. En unos de ellos hemos andado solos, sin más linterna que la del propio viaje; en algunos hemos tenido que echar mano del menaje de otros, porque la sed regional o la ambición transnacional nos dejaron sin más opciones.<br/><br/> Pero cada pasaje de nuestra historia de colores ha dejado lecciones que en la magia de la búsqueda nos han hecho de alguna forma felices, pues parodiando al escritor Jorge Luis Borges no pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso. El interrogante, en los mismos tiempos, ha sido sobre cuánto nos ha costado cada uno de sus instantes y, más allá, cuánto han perdurado las sensaciones.<br/><br/> Esas pesquisas nos han llevado a coexistir con varios mundos, si entendemos la diversidad del planeta a partir de todos los momentos que le ha tocado vivir.<br/><br/> Las Indias fueron halladas, en efecto, cuando el continente descubridor escribía una de las transiciones más convulsionadas de toda su historia. Y la colonia se consolidó como proceso político, en momentos en que el continente madre se disputaba la soberanía de las tierras conquistadas y los pueblos por conquistar.<br/><br/> Hasta estas tierras llegaron los ecos de las guerras frías y calientes que ensalzaban la vanidad de los imperios y en nuestras propias naciones tuvieron lugar confrontaciones, en el campo político y militar, que aún retumban en las montañas como testimonio de pasados que se niegan a morir.<br/><br/> La economía fue, en América Latina, lo que el mundo quiso que fuera o lo que el continente dispuso emular. Las piezas del dominó hicieron ruido en nuestras propias empresas, cuando los vientos de las crisis financieras soplaron desde latitudes lejanas.<br/><br/> Y cuando el planeta decidió que encerrarse no era la opción, que ya habíamos acogido y aplicado con rigor, tuvimos que abrir las fronteras para dejar pasar los flujos comerciales que, desde los nuevos postulados, significaban la real alternativa para volver eficiente los sistemas productivos locales.<br/><br/> ¿Para qué tanto Estado, se preguntaron desde instancias multilaterales, si su intervención excesiva necea los mercados y se interpone en las virtuosas acciones del capital? Y surgió el boom de las privatizaciones.<br/><br/> ¿Para qué tanta nación si el derrumbe de las fronteras impone la configuración de un Estado supranacional que eleva a esa condición todos los intereses territoriales en juego? Y nos volvimos un estado globalizado.<br/><br/> Como se puede ver, hemos estado buscando la casa de la felicidad como los borrachos de Voltaire: en algún lugar debía estar aunque no sabíamos donde.<br/><br/> Así nos encontramos con la Europa de hoy que, inmersa en sus propios rastreos, localizó en sí misma el optimismo que debía llevarla a estadios superiores. Los historiadores señalan que allá tampoco fue fácil. En procura de las hegemonías perdidas con los antiguos imperios, el viejo continente vivió hasta hace poco una confrontación permanente que dividió naciones enteras y sometió a otras. Debilitadas por las guerras, las economías europeas tuvieron que plegarse al aliento que les quedaba a las naciones más poderosas. Y cuando la política y los mercados hablaron un lenguaje común, hubo que derrotar los sentimientos encontrados de lo local y lo continental, que para muchos aún hoy sigue siendo una amenaza. A decir del sociólogo alemán Ulrico Beck , la salida inevitable era la unión, lo cual implicaba que los países tuvieran que renunciar a la soberanía nacional y concebirse como estados transnacionales cooperantes. Europa así lo hizo.<br/><br/><br/><span style=font-weight: bold;>Europa en Uninorte<br/><br/></span> Los latinoamericanos siempre hemos visto a ese continente como la tierra del intelecto. En el otoño que le marca un ritmo a las pisadas o el verano que devuelve la sonrisa a los rostros, el continente ha sido siempre un referente para las causas políticas y culturales, que han inspirado por igual a estadistas y artistas. Pues, el encontronazo cultural del siglo XV evidentemente generó sometimiento, pero pensadores europeos también hicieron florecer las causas independentistas que nos liberaron de él. He ahí el contraste de nuestra relación común.<br/><br/> Por años, sin embargo, nuestras relaciones estuvieron gobernadas por un clima de desconfianza. Como consecuencia de la cercanía que algunos de nuestros gobernantes iniciaron con Norteamérica en el siglo XIX, producto de los explicables malestares históricos o las emergentes ambiciones futuras, fuimos perdiendo la ascendencia europea y ésta, a su vez, se fue concentrando en otras latitudes. Este cambio de orientación en el pensamiento, que implicaba una mudanza pragmática en la política, la economía, las artes, condujo a otra especie de división del mundo, en la que los imperios tendían líneas divisorias, como en las épocas de Alejandro VI, sin necesidad de bulas papales o tratados reales. <br/><br/> El historiador Hugo Fanzio Vengoa señaló que en tanto la mayor parte de los países latinoamericanos carecían de concertación política y adecuada proyección externa, los europeos no desarrollaron propiamente un proyecto para América Latina.<br/><br/> El alejamiento no fue el responsable de los ulteriores fenómenos, pero en tanto Europa consolidaba su unión, los latinoamericanos nos disgregamos en aldeas nacionales que anteponían razones patrióticas a cualquier asomo de integración. Por eso, el Tratado de Bruselas, firmado en 1965, degeneró en la Unión que hoy conocemos. Y el Pacto Andino, suscrito apenas cuatro años después, sigue siendo en muchos apartes un documento de buenas intenciones.<br/><br/> Hoy, sin embargo, estamos todos imbuidos en una especie de euforia alrededor del potencial de nuestras relaciones. Con una agenda que abarca lo político, lo económico y la cooperación al desarrollo, la Unión Europea está viendo a Colombia como un país líder dentro del continente, que podría jalonar, inclusive, las negociaciones en bloque con la Comunidad Andina.<br/><br/> Europa nos reconoce como un país estable en términos democráticos, jurídicos y económicos, lo que se traduce en la dinámica de un comercio bilateral que en la sola vía de nuestras exportaciones crece a tasas del 17% anual; y en un mayor inversión extranjera directa, que permitió contabilizar en el año 2005 algo más de 4.776 millones de dólares en suelo colombiano. Es muy significativo reconocer, además, que somos el segundo país latinoamericano que recibe recursos comunitarios para programas de desarrollo, con unos 350 millones de Euros en actuales proyectos de cooperación.<br/><br/> Colombia, por su parte, valora la calidad de las nuevas relaciones que construye con Europa. Al lado del interés económico, que en los tiempos de hoy permea cualquier trato entre naciones, hay un valor social agregado, que compromete a los europeos con las banderas de la pobreza, la democracia, los derechos humanos, la justicia, la resolución del conflicto. Si lo queremos, se trata de un despliegue de responsabilidad social, a partir de la cual los colombianos sentimos, amén del interés, una buena compañía.<br/><br/><br style=font-weight: bold;/><span style=font-weight: bold;>Cátedra Europa 2007<br/><br/></span> Ese es el gran mérito que quisiera ponderar alrededor de la Cátedra Europa. En una primera instancia la idea emergió como un programa institucional enmarcado en el proyecto de internacionalización de la Universidad del Norte, pero en los diez años, que cumplimos con esta versión, hemos sido una especie de gran mesa de intercambio cultural, político y económico, que esencialmente ha permitido conocernos mejor. Este ha sido nuestro aporte a la búsqueda de la felicidad.<br/><br/> Los nuevos vínculos -por supuesto- tienen que ver con el remozado tono que Europa ha dado a su política de relaciones externas, que bien ha defendido el señor embajador-jefe de la Delegación Europea en Colombia, Adrianus Koetsenruijter. Pero en ese marco, la Cátedra le ha dado un acento cultural y científico al intercambio, lo que reviste de fondo perdurable las circunstancias de los vínculos comerciales, en el entendido de que el conocimiento es el único consumo que no se descompone.<br/><br/> Más de 140 profesores e investigadores europeos y 50 instituciones educativas nos han acompañado en esta década. Toda una movilización intelectual que da cuenta de la importancia mutua al evento.<br/><br/> Podríamos decir que la experiencia es un aporte cardinal a la universalidad de nuestro proyecto educativo y su objetivo de excelencia académica, que se plasma, por ejemplo, en el fortalecimiento de 35 acuerdos de cooperación con universidades europeas durante este tiempo. Mañana -otro ejemplo- estaremos instalando el Seminario de Educación Internacional Cátedra Europa: conexión Latinoamérica, que presentamos al lado de las universidades de Valencia, España; Mainz, de Alemania, y Paris XII, de Francia, y cuenta con el respaldo del Programa de educación de la Unión Europea Erasmus Mundus. Pero al convertirse en una opción de comunicación con ese vital centro de la cultura del mundo, debemos afirmar que la Cátedra Europa es realmente una estrategia de internacionalización de la educación superior colombiana y de la propia región Caribe.<br/><br/> De ello hay que agradecer a la Comisión de la Unión Europea en cabeza del Jefe de la Delegación el doctor Adrianus Koetsenruijter, que nos ha acompañado durante todos los años que ha estado en Colombia; a la Fundación Carolina, que concurre por tercera vez consecutiva, y en particular, a su Directora Adela Morales; a los embajadores que nos han honrado con su presencia, como hoy lo hacen los jefes de las misiones diplomáticas de Austria, Rumania, y Suiza y funcionarios de las embajadas de España, Suecia, Francia y del Instituto Italiano di Cultura.<br/><br/> De igual manera hacemos un reconocimiento a la Alianza Colombo Francesa por su constante apoyo. Esta vez contamos con la participación de la Asamblea de Cámaras Francesas de Comercio e Industria y de su representante, la doctora Jossette Bruffaert-Tomas, experta internacional en inteligencia económica, a quien le damos una cálida bienvenida. <br/><br/> Mención especial merecen los miembros de comité organizador de Cátedra Europa que han velado por la solidez académica de los encuentros, y muy especialmente la Secretaria Académica de la Universidad, la doctora Carmen Helena de Peña, que ha liderado este esfuerzo con afecto, dedicación y tesón.<br/><br/> En adelante, señoras y señores, tenemos retos ambiciosos. La Unión Europea sabe que las exportaciones colombianas, que con todo se limitan a insumos y materias primas, tienen que avanzar hacia la diversificación y la inclusión de productos con mayor valor agregado. Colombia espera, por su parte, una mayor corresponsabilidad de su socio, en temas como el tráfico de drogas, el terrorismo y el mismo conflicto armado.<br/><br/> Para ir contextualizando esas negociaciones, investigadores, profesores y personalidades de las dos latitudes, seguiremos aquí, en este escenario alegre del entendimiento y la hermandad, estrechando, sin parar, vínculos de concordia y alegría. Este año tendremos la primera versión de la Cátedra en Europa en Bogotá, contaremos con la presencia de la Asamblea de Cámaras de Comercio Francesas y realizaremos la XXXI Exposición Nuestra Herencia del Club de Jardinería, que desde ya engalana el coliseo, como también lo hacen los artistas de la exposición de pintura "El Caribe y sus pintores".<br/><br/> Pero debemos seguir adelante, para que el éxtasis que nos produce la dinámica de hoy no se transforme en la frustración que ya registraron las páginas de la historia. Bien decía el poeta y dramaturgo belga Maurice Maeterlinck, que cuando se es feliz es cuando hay que tener más miedo. <br/><br/> Muchas gracias.<br/><br/><br/>
El escritor Gabriel García Márquez, a quien por estos días la opinión pública mundial le rinde homenaje por sus espléndidas contribuciones a las letras, sostiene que la misión histórica de los latinoamericanos, en todos los tiempos, ha sido buscar la felicidad.

En esa dirección, hemos ensayado diversos caminos. En unos de ellos hemos andado solos, sin más linterna que la del propio viaje; en algunos hemos tenido que echar mano del menaje de otros, porque la sed regional o la ambición transnacional nos dejaron sin más opciones.

Pero cada pasaje de nuestra historia de colores ha dejado lecciones que en la magia de la búsqueda nos han hecho de alguna forma felices, pues parodiando al escritor Jorge Luis Borges no pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso. El interrogante, en los mismos tiempos, ha sido sobre cuánto nos ha costado cada uno de sus instantes y, más allá, cuánto han perdurado las sensaciones.

Esas pesquisas nos han llevado a coexistir con varios mundos, si entendemos la diversidad del planeta a partir de todos los momentos que le ha tocado vivir.

Las Indias fueron halladas, en efecto, cuando el continente descubridor escribía una de las transiciones más convulsionadas de toda su historia. Y la colonia se consolidó como proceso político, en momentos en que el continente madre se disputaba la soberanía de las tierras conquistadas y los pueblos por conquistar.

Hasta estas tierras llegaron los ecos de las guerras frías y calientes que ensalzaban la vanidad de los imperios y en nuestras propias naciones tuvieron lugar confrontaciones, en el campo político y militar, que aún retumban en las montañas como testimonio de pasados que se niegan a morir.

La economía fue, en América Latina, lo que el mundo quiso que fuera o lo que el continente dispuso emular. Las piezas del dominó hicieron ruido en nuestras propias empresas, cuando los vientos de las crisis financieras soplaron desde latitudes lejanas.

Y cuando el planeta decidió que encerrarse no era la opción, que ya habíamos acogido y aplicado con rigor, tuvimos que abrir las fronteras para dejar pasar los flujos comerciales que, desde los nuevos postulados, significaban la real alternativa para volver eficiente los sistemas productivos locales.

¿Para qué tanto Estado, se preguntaron desde instancias multilaterales, si su intervención excesiva necea los mercados y se interpone en las virtuosas acciones del capital? Y surgió el boom de las privatizaciones.

¿Para qué tanta nación si el derrumbe de las fronteras impone la configuración de un Estado supranacional que eleva a esa condición todos los intereses territoriales en juego? Y nos volvimos un estado globalizado.

Como se puede ver, hemos estado buscando la casa de la felicidad como los borrachos de Voltaire: en algún lugar debía estar aunque no sabíamos donde.

Así nos encontramos con la Europa de hoy que, inmersa en sus propios rastreos, localizó en sí misma el optimismo que debía llevarla a estadios superiores. Los historiadores señalan que allá tampoco fue fácil. En procura de las hegemonías perdidas con los antiguos imperios, el viejo continente vivió hasta hace poco una confrontación permanente que dividió naciones enteras y sometió a otras. Debilitadas por las guerras, las economías europeas tuvieron que plegarse al aliento que les quedaba a las naciones más poderosas. Y cuando la política y los mercados hablaron un lenguaje común, hubo que derrotar los sentimientos encontrados de lo local y lo continental, que para muchos aún hoy sigue siendo una amenaza. A decir del sociólogo alemán Ulrico Beck , la salida inevitable era la unión, lo cual implicaba que los países tuvieran que renunciar a la soberanía nacional y concebirse como estados transnacionales cooperantes. Europa así lo hizo.


Europa en Uninorte

Los latinoamericanos siempre hemos visto a ese continente como la tierra del intelecto. En el otoño que le marca un ritmo a las pisadas o el verano que devuelve la sonrisa a los rostros, el continente ha sido siempre un referente para las causas políticas y culturales, que han inspirado por igual a estadistas y artistas. Pues, el encontronazo cultural del siglo XV evidentemente generó sometimiento, pero pensadores europeos también hicieron florecer las causas independentistas que nos liberaron de él. He ahí el contraste de nuestra relación común.

Por años, sin embargo, nuestras relaciones estuvieron gobernadas por un clima de desconfianza. Como consecuencia de la cercanía que algunos de nuestros gobernantes iniciaron con Norteamérica en el siglo XIX, producto de los explicables malestares históricos o las emergentes ambiciones futuras, fuimos perdiendo la ascendencia europea y ésta, a su vez, se fue concentrando en otras latitudes. Este cambio de orientación en el pensamiento, que implicaba una mudanza pragmática en la política, la economía, las artes, condujo a otra especie de división del mundo, en la que los imperios tendían líneas divisorias, como en las épocas de Alejandro VI, sin necesidad de bulas papales o tratados reales.

El historiador Hugo Fanzio Vengoa señaló que en tanto la mayor parte de los países latinoamericanos carecían de concertación política y adecuada proyección externa, los europeos no desarrollaron propiamente un proyecto para América Latina.

El alejamiento no fue el responsable de los ulteriores fenómenos, pero en tanto Europa consolidaba su unión, los latinoamericanos nos disgregamos en aldeas nacionales que anteponían razones patrióticas a cualquier asomo de integración. Por eso, el Tratado de Bruselas, firmado en 1965, degeneró en la Unión que hoy conocemos. Y el Pacto Andino, suscrito apenas cuatro años después, sigue siendo en muchos apartes un documento de buenas intenciones.

Hoy, sin embargo, estamos todos imbuidos en una especie de euforia alrededor del potencial de nuestras relaciones. Con una agenda que abarca lo político, lo económico y la cooperación al desarrollo, la Unión Europea está viendo a Colombia como un país líder dentro del continente, que podría jalonar, inclusive, las negociaciones en bloque con la Comunidad Andina.

Europa nos reconoce como un país estable en términos democráticos, jurídicos y económicos, lo que se traduce en la dinámica de un comercio bilateral que en la sola vía de nuestras exportaciones crece a tasas del 17% anual; y en un mayor inversión extranjera directa, que permitió contabilizar en el año 2005 algo más de 4.776 millones de dólares en suelo colombiano. Es muy significativo reconocer, además, que somos el segundo país latinoamericano que recibe recursos comunitarios para programas de desarrollo, con unos 350 millones de Euros en actuales proyectos de cooperación.

Colombia, por su parte, valora la calidad de las nuevas relaciones que construye con Europa. Al lado del interés económico, que en los tiempos de hoy permea cualquier trato entre naciones, hay un valor social agregado, que compromete a los europeos con las banderas de la pobreza, la democracia, los derechos humanos, la justicia, la resolución del conflicto. Si lo queremos, se trata de un despliegue de responsabilidad social, a partir de la cual los colombianos sentimos, amén del interés, una buena compañía.


Cátedra Europa 2007

Ese es el gran mérito que quisiera ponderar alrededor de la Cátedra Europa. En una primera instancia la idea emergió como un programa institucional enmarcado en el proyecto de internacionalización de la Universidad del Norte, pero en los diez años, que cumplimos con esta versión, hemos sido una especie de gran mesa de intercambio cultural, político y económico, que esencialmente ha permitido conocernos mejor. Este ha sido nuestro aporte a la búsqueda de la felicidad.

Los nuevos vínculos -por supuesto- tienen que ver con el remozado tono que Europa ha dado a su política de relaciones externas, que bien ha defendido el señor embajador-jefe de la Delegación Europea en Colombia, Adrianus Koetsenruijter. Pero en ese marco, la Cátedra le ha dado un acento cultural y científico al intercambio, lo que reviste de fondo perdurable las circunstancias de los vínculos comerciales, en el entendido de que el conocimiento es el único consumo que no se descompone.

Más de 140 profesores e investigadores europeos y 50 instituciones educativas nos han acompañado en esta década. Toda una movilización intelectual que da cuenta de la importancia mutua al evento.

Podríamos decir que la experiencia es un aporte cardinal a la universalidad de nuestro proyecto educativo y su objetivo de excelencia académica, que se plasma, por ejemplo, en el fortalecimiento de 35 acuerdos de cooperación con universidades europeas durante este tiempo. Mañana -otro ejemplo- estaremos instalando el Seminario de Educación Internacional Cátedra Europa: conexión Latinoamérica, que presentamos al lado de las universidades de Valencia, España; Mainz, de Alemania, y Paris XII, de Francia, y cuenta con el respaldo del Programa de educación de la Unión Europea Erasmus Mundus. Pero al convertirse en una opción de comunicación con ese vital centro de la cultura del mundo, debemos afirmar que la Cátedra Europa es realmente una estrategia de internacionalización de la educación superior colombiana y de la propia región Caribe.

De ello hay que agradecer a la Comisión de la Unión Europea en cabeza del Jefe de la Delegación el doctor Adrianus Koetsenruijter, que nos ha acompañado durante todos los años que ha estado en Colombia; a la Fundación Carolina, que concurre por tercera vez consecutiva, y en particular, a su Directora Adela Morales; a los embajadores que nos han honrado con su presencia, como hoy lo hacen los jefes de las misiones diplomáticas de Austria, Rumania, y Suiza y funcionarios de las embajadas de España, Suecia, Francia y del Instituto Italiano di Cultura.

De igual manera hacemos un reconocimiento a la Alianza Colombo Francesa por su constante apoyo. Esta vez contamos con la participación de la Asamblea de Cámaras Francesas de Comercio e Industria y de su representante, la doctora Jossette Bruffaert-Tomas, experta internacional en inteligencia económica, a quien le damos una cálida bienvenida.

Mención especial merecen los miembros de comité organizador de Cátedra Europa que han velado por la solidez académica de los encuentros, y muy especialmente la Secretaria Académica de la Universidad, la doctora Carmen Helena de Peña, que ha liderado este esfuerzo con afecto, dedicación y tesón.

En adelante, señoras y señores, tenemos retos ambiciosos. La Unión Europea sabe que las exportaciones colombianas, que con todo se limitan a insumos y materias primas, tienen que avanzar hacia la diversificación y la inclusión de productos con mayor valor agregado. Colombia espera, por su parte, una mayor corresponsabilidad de su socio, en temas como el tráfico de drogas, el terrorismo y el mismo conflicto armado.

Para ir contextualizando esas negociaciones, investigadores, profesores y personalidades de las dos latitudes, seguiremos aquí, en este escenario alegre del entendimiento y la hermandad, estrechando, sin parar, vínculos de concordia y alegría. Este año tendremos la primera versión de la Cátedra en Europa en Bogotá, contaremos con la presencia de la Asamblea de Cámaras de Comercio Francesas y realizaremos la XXXI Exposición "Nuestra Herencia" del Club de Jardinería, que desde ya engalana el coliseo, como también lo hacen los artistas de la exposición de pintura "El Caribe y sus pintores".

Pero debemos seguir adelante, para que el éxtasis que nos produce la dinámica de hoy no se transforme en la frustración que ya registraron las páginas de la historia. Bien decía el poeta y dramaturgo belga Maurice Maeterlinck, que cuando se es feliz es cuando hay que tener más miedo.

Muchas gracias.


  • Fuente:

Tags:

Aviso de cookies: Usamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, para análisis estadístico y para mostrarle publicidad. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso en los términos establecidos en la Política de cookies.