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Europeos al pie del Caribe

      
Europa queda muy lejos si se mide la distancia en horas de avión. Pero está muy cerca en nuestro imaginario, en las ideas, en la sangre y en la lengua indoeuropea que hablamos. Un gran abrazo, que ha pasado por el Levante, Grecia, los países del Este y de Occidente, y los ibéricos, nos recorre para incluirnos con su aliento. No somos europeos en sentido estricto, somos hijos de Europa, mezclados con la corriente indígena y africana que se metió afortunada en los recintos de nuestros ancestros.<br/><br/> Hace diez años, un grupo de académicos, y de soñadores, pensamos que debíamos atraer a los europeos a esta tierra canicular. Empezamos con una cátedra que se llamó Europa, y desde entonces nos han acompañado su cuerpo diplomático acreditado en Colombia y han cruzado el Atlántico hacia acá, rectores de universidades, profesores venerables y de profundo sentido humano, algunos fallecidos pero no esfumados en el recuerdo, expertos en educación, filósofos, literatos, científicos, investigadores de ciencias que se reparten sin cesar por el firmamento del saber.<br/><br/> Cumplimos una década organizando esta semana en el mes de marzo, cuando las brisas soplan con más furia, anunciando su final antes de las lluvias de Semana Santa que caen en abril. El comité que se mueve para darle forma a esos siete días de intenso debate y variada programación para todos los gustos, ha estado encabezado sin falta por Carmen de Peña que le ha puesto el alma a esta especie de fiesta de la cultura en clave académica que es la Cátedra Europa de la Universidad del Norte.<br/><br/> Antes sonaba a exotismo que los europeos vinieran a la Costa a hablar y compartir con nosotros todo lo que saben sobre asuntos innumerables, y nosotros a decirles en contrapunto todo lo que conocemos y creemos que nos diferencia sin distanciarnos. Ahora tenemos una semana de encuentro familiar, que esperamos todo el año, para volver a ver a los amigos que siempre regresan y para estrechar las manos de quienes vienen por primera vez con las variantes que ha tomado el discurso del feminismo, del desarrollo humano, de la educación superior, de las técnicas y la geografía, de la salud infantil y la cinematografía, de la literatura y al arte, del derecho internacional humanitario y el medio ambiente, de la inteligencia económica y del emprendimiento.<br/><br/> Los estamos escuchando en estos días y a su vez ellos oyen nuestra versión, nuestra interpretación, en un diálogo que hace siglos empezó con timidez, acaso sin reparos cuando Nariño tradujo del francés la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en los albores de nuestra independencia. Hoy, cuando la Unión Europea es una comunidad de naciones que crece y se consolida, fortalece sus lazos de cooperación con Latinoamérica.<br/><br/> Hacen más ruido las inversiones en tiempos de mercados libres, pero el intercambio cultural, la cooperación académica, la movilización de profesores y estudiantes, que van y vienen de un lado al otro del Atlántico, son más fuertes, hunden sus raíces en nuestra común cultura, quedan grabados como fraternidad que tiene el rostro de una revolución silenciosa. En el Caribe, donde ese crisol de encuentros americanos y europeos resuena con intensidad, pesan con firmeza por estos días la convicción y el sentimiento de que Europa está a la vuelta y nosotros más cerca que nunca.<br/><br/><br/>
Europa queda muy lejos si se mide la distancia en horas de avión. Pero está muy cerca en nuestro imaginario, en las ideas, en la sangre y en la lengua indoeuropea que hablamos. Un gran abrazo, que ha pasado por el Levante, Grecia, los países del Este y de Occidente, y los ibéricos, nos recorre para incluirnos con su aliento. No somos europeos en sentido estricto, somos hijos de Europa, mezclados con la corriente indígena y africana que se metió afortunada en los recintos de nuestros ancestros.

Hace diez años, un grupo de académicos, y de soñadores, pensamos que debíamos atraer a los europeos a esta tierra canicular. Empezamos con una cátedra que se llamó Europa, y desde entonces nos han acompañado su cuerpo diplomático acreditado en Colombia y han cruzado el Atlántico hacia acá, rectores de universidades, profesores venerables y de profundo sentido humano, algunos fallecidos pero no esfumados en el recuerdo, expertos en educación, filósofos, literatos, científicos, investigadores de ciencias que se reparten sin cesar por el firmamento del saber.

Cumplimos una década organizando esta semana en el mes de marzo, cuando las brisas soplan con más furia, anunciando su final antes de las lluvias de Semana Santa que caen en abril. El comité que se mueve para darle forma a esos siete días de intenso debate y variada programación para todos los gustos, ha estado encabezado sin falta por Carmen de Peña que le ha puesto el alma a esta especie de fiesta de la cultura en clave académica que es la Cátedra Europa de la Universidad del Norte.

Antes sonaba a exotismo que los europeos vinieran a la Costa a hablar y compartir con nosotros todo lo que saben sobre asuntos innumerables, y nosotros a decirles en contrapunto todo lo que conocemos y creemos que nos diferencia sin distanciarnos. Ahora tenemos una semana de encuentro familiar, que esperamos todo el año, para volver a ver a los amigos que siempre regresan y para estrechar las manos de quienes vienen por primera vez con las variantes que ha tomado el discurso del feminismo, del desarrollo humano, de la educación superior, de las técnicas y la geografía, de la salud infantil y la cinematografía, de la literatura y al arte, del derecho internacional humanitario y el medio ambiente, de la inteligencia económica y del emprendimiento.

Los estamos escuchando en estos días y a su vez ellos oyen nuestra versión, nuestra interpretación, en un diálogo que hace siglos empezó con timidez, acaso sin reparos cuando Nariño tradujo del francés la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en los albores de nuestra independencia. Hoy, cuando la Unión Europea es una comunidad de naciones que crece y se consolida, fortalece sus lazos de cooperación con Latinoamérica.

Hacen más ruido las inversiones en tiempos de mercados libres, pero el intercambio cultural, la cooperación académica, la movilización de profesores y estudiantes, que van y vienen de un lado al otro del Atlántico, son más fuertes, hunden sus raíces en nuestra común cultura, quedan grabados como fraternidad que tiene el rostro de una revolución silenciosa. En el Caribe, donde ese crisol de encuentros americanos y europeos resuena con intensidad, pesan con firmeza por estos días la convicción y el sentimiento de que Europa está a la vuelta y nosotros más cerca que nunca.


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