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El derecho de castigo a la mujer en la Colonia

      
¿Cómo reaccionaría una mujer de hoy en Colombia, si le dijeran que su esposo tiene derecho de corregirla y de castigarla, incluso físicamente, cuando, por ejemplo, la descubre conversando con otro hombre, o cuando visita a su mamá?

El marido tenía la potestad y, al mismo tiempo el deber de dominar la personalidad de su cónyuge, para que su conducta se ajustara a los patrones vigentes de comportamiento público y privado.

Vista con ojos actuales, la situación aparecería como inconcebible, indignante, aberrante y otros calificativos de ese tenor. Pero hace apenas 150 años, nadie cuestionaba el derecho de los varones de castigar a su mujer dentro de un contexto cultural y social en el que el género femenino se clasificaba como un grupo humano inferior. El marido tenía la potestad y, al mismo tiempo el deber de dominar la personalidad de su cónyuge, para que su conducta se ajustara a los patrones vigentes de comportamiento público y privado.

La investigación de María Teresa Mojica, (una de las dos partes del trabajo), busca la comprensión de las bases sociales y culturales que le dieron legitimidad y legalidad al castigo de la mujer a manos del marido en la Nueva Granada, durante los siglos XVII, XVIII y comienzos del siglo XIX. La autora estudió 108 procesos por sevicia y 61 por uxoricidio (homicidio del cónyuge), identificados en el Archivo General de la Nación.

Entre moderación y exceso

Durante la Colonia en nuestro país, el castigo masculino se aceptaba como algo natural y se revestía de moralidad. Lo que no permitía la ley era el exceso, aunque nunca se definió el límite entre un castigo moderado y uno excesivo. Cuando eran requeridos por la justicia, los esposos reconocían sin problemas haber golpeado a sus mujeres, se justificaban en los comportamientos de ellas y siempre negaban haber incurrido en excesos.

Las acusaciones contra las mujeres no requerían pruebas ni sustentaciones, pues se suponía su mal comportamiento dada su naturaleza "alevosa, ignorante, invencible, indómita, soberbia, desobediente, escandalosa, vocinglera, altiva, pendenciera y vengativa". Según los moralistas de la época las mujeres requerían corrección severa permanente. Juan Luis Vives les recomendaba: "en el amor conyugal debe haber una fuerte mezcla de culto, de reverencia, de obediencia y acatamiento: En todo linaje de animales, las hembras están sujetas a los machos, los siguen y les halagan, y llevan con paciencia ser castigadas y golpeadas por ellos... Calla y sufre; ello te reportará gran gloria entre los hombres y mérito muy subido ante Dios. Y si por vicio suyo o en un arrebato de locura pusiere sus manos en ti, piensa que es Dios quien te castiga y que esto sucede por tus pecados, de los que por aquella vía haces penitencia".


Relatos de horror


"En todo linaje de animales, las hembras están sujetas a los machos, los siguen y les halagan, y llevan con paciencia ser castigadas y golpeadas por ellos… "

Con un denominador común, el de la ira incontrolable de los maridos, adobada con alcohol, los testimonios de las mujeres hallados son de gran crudeza: el esposo que duerme con el cuchillo debajo de la almohada; el que quema a su mujer en distintas partes del cuerpo con un haz de paja ardiente; uno que la desnuda, la amarra de una viga, la azota y la obliga a pasar la noche a la intemperie, porque sospecha de su amistad con otro. Se practicó el encierro por varios días, con y sin comida. Rejos, dagas, frenos de las mulas y agua caliente también fueron instrumentos de agresión conyugal. Los acusados se defendían diciendo que habían usado instrumentos lícitos, como unas riendas. Un abogado defensor anotaba "mi parte no usó cosa distinta que el arma con que la naturaleza dotó al hombre, el puño".

Y, aunque la justicia le otorgaba una mayor importancia a las agresiones físicas, la agresión verbal, la injuria, el abandono, la no provisión de necesidades y el hecho de tener concubinas, incluso dentro de la misma casa, fueron otras formas de castigo aceptadas socialmente.

Los motivos

Según la investigadora, que hace parte del Centro de Investigaciones sobre Dinámica Social del Externado, la mayoría de los casos corresponde a agresiones que no estuvieron motivadas por un comportamiento concreto. El 30% el motivo se relaciona con la moral sexual de la mujer. El 25% corresponde a faltas con las obligaciones domésticas, desatención al marido o cortarse el pelo sin su permiso. Siguen los procesos en los que el conflicto es motivado por las relaciones de la mujer con su familia, que muchas veces se le prohibían desde el día de su matrimonio.

Al igual que el derecho penal en la monarquía absoluta, el derecho de castigo no observó ninguna correspondencia entre la naturaleza de la falta y la gravedad de la pena. No había procedimiento para establecer la verdad de la culpa, no se exigían indicios o pruebas. El motivo primordial del uxoricidio (homicidio del cónyuge), fue el adulterio principalmente cuando la mujer era sorprendida in fraganti; el segundo, fue dado por las mujeres que no se resignaron a no volver a ver sus padres y hermanos.

Callarse o vencer el miedo

La autora del estudio sostiene que este derecho de castigo es un antecedente de peso para la difusión de una cultura del maltrato intrafamiliar en el país.

No obstante, las denuncias eran escasas: por una parte, el miedo a las represalias paralizaba a las mujeres; tampoco les fue fácil superar su formación respecto de la obediencia, respeto y sumisión al esposo. Además, en ciertos círculos era mal visto acudir a la justicia. Y, una vez iniciado un juicio surgía un problema adicional cuando se confiscaban los bienes del individuo procesado de manera que la mujer quedaba desprotegida económicamente. Así, no pocas decidían perdonarlos anticipadamente. En el 15% de los casos, las partes llegaron a un acuerdo antes de dictarse la sentencia.

Según uno de los relatos Eugenia Rosalía, vecina de Oiba, tuvo que perdonar a su esposo por motivos económicos. El esposo había sido detenido tres veces por los excesos cometidos contra ella y contra sus hijos. 13 años más tarde, esta mujer murió a causa de la última paliza propinada por su marido.


La situación de los niños


A partir de la irrupción La ilustración, las cosas comienzan a cambiar. Y, aunque se da un cambio lento y paulatino de la valoración sobre el castigo doméstico y sus excesos, no se presenta un viraje sobre su legitimidad. En Colombia, el castigo a las esposas se tornará ilegítimo en la segunda mitad del siglo XIX cuando queda sin piso la figura de la potestad conyugal.

Todo ello se enmarca dentro de una cultura del castigo corporal cuya lógica define Foucault: "Debe haber en esa liturgia de la pena una afirmación enfática del poder y de su superioridad intrínseca y esta superioridad no es simplemente la del derecho, sino la de la fuerza física del soberano que se abate sobre el cuerpo de su adversario y lo domina: Para mostrarlo marcado, vencido y quebrado: El suplicio no restablecía la justicia, reactivaba el poder".

La autora del estudio sostiene que este derecho de castigo es un antecedente de peso para la difusión de una cultura del maltrato intrafamiliar en el país. Por otro lado, asegura que la situación vivida por las mujeres en la colonia puede equipararse a la de los niños -antes y ahora- en la medida en que se los considera seres inferiores, naturalmente malos o inclinados al mal, cuya conducta debe ser amaestrada por medio del castigo como secularmente ha ocurrido, también, con los indios, los negros y las mujeres. A pesar de que en 1911 se prohibieron lo castigos corporales en las escuelas, no desaparece la fe en su eficacia.

Y remata la investigadora: "Mientras existan potestades absolutas de unas personas sobre las otras en virtud de vínculos sagrados como el matrimonio ayer y el de la consanguinidad hoy, que fundamenten derechos de corrección, no será posible exterminar el maltrato y la violencia intrafamiliar".
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