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El investigador científico y la imaginación

      
La respuesta a estas preguntas es, al menos en apariencia, fácil: nada parece más ajeno al rigor de un buen protocolo de investigación en cualquiera de las ciencias que la imaginación, entendida como fantasía y particularmente, la facultad de los artistas para crear-, definición del diccionario de María Moliner, en la cual parece entenderse que se trata de crear cosas inexistentes.<br/><br/> Pero una breve reflexión pone las cosas en otro plano, porque la misma fuente afirma que también se llama imaginación a la facultad del espíritu por la que pueden representarse cosas reales-, formando en la mente las imágenes respectivas aunque los objetos no estén presentes ante la vista o algún otro de los sentidos, lo cual puede ser un valioso instrumento de trabajo en muchas circunstancias.<br/><br/> Es apenas lógico afirmar que la persona que se encamina hacia el exigente mundo de los laboratorios de investigación debe profundizar en sus conocimientos más de lo que necesitan otros profesionales de su misma rama; igualmente, se le exigirá sólida trama ética que sea garantía para el resultado de sus trabajos; en cambio, el pretender que se despoje de la imaginación para dedicarse solamente a la frialdad de los hechos y las cifras concretas puede llevar a una actitud mental esterilizante y más perjudicial que benéfica.<br/><br/> Las facultades del intelecto, entre ellas la imaginación, pueden usarse de modo adecuado o inadecuado para unas circunstancias específicas. Las representaciones mentales, las imágenes, pueden ser fantasías o ilusiones sin fundamento pero también pueden ser construcciones elaboradas con base en resultados concretos de investigación, figuras de invención o visiones que se adelanten a la realidad y tal vez señalen nuevos caminos al científico o le sugieran métodos diferentes de los ordinarios para su labor.<br/><br/> Hace algunas semanas tuve oportunidad de asistir en Madrid, en el hermoso palacio del Marqués de Salamanca que es la sede de la Fundación Banco de Bilbao y Vizcaya Argentaria (el BBVA conocido también en gran parte de nuestra América hispana), a una conferencia patrocinada por esa fundación y dictada por el doctor en física Gerald Holton, profesor famoso de la Universidad de Harvard e investigador ampliamente respetado en su campo; el tema era precisamente La imaginación científica- y su posición fue clara en favor de lo que podríamos llamar el buen uso científico de la imaginación.<br/><br/> Con ejemplos traídos de los trabajos de Albert Einstein, Enrico Fermi y otros descubridores de la misma talla, ilustró su afirmación de que el joven científico necesita que se le estimule su imaginación -eso sí, enseñándole también a poner y usar las riendas y controles indispensables- si se quiere que llegue al máximo de su productividad tanto en cantidad como en calidad de investigaciones; aún lo que llamamos corazonada- puede ser, en las manos adecuadas, una faceta de la creatividad.<br/><br/> Fue muy interesante ver a personajes de la ciencia española, presentes en el recinto, coincidir con las apreciaciones del doctor Holton y recalcar que la imaginación puede ofrecer a la inteligencia despierta y empeñada en algún trabajo serio, imágenes útiles que todavía no corresponden a resultados de esos trabajos pero están muy lejos de ser simples quimeras o fábulas desechables.<br/><br/><br/>
La respuesta a estas preguntas es, al menos en apariencia, fácil: nada parece más ajeno al rigor de un buen protocolo de investigación en cualquiera de las ciencias que la imaginación, entendida como fantasía y "particularmente, la facultad de los artistas para crear-, definición del diccionario de María Moliner, en la cual parece entenderse que se trata de crear cosas inexistentes.

Pero una breve reflexión pone las cosas en otro plano, porque la misma fuente afirma que también se llama imaginación a la "facultad del espíritu por la que pueden representarse cosas reales-, formando en la mente las imágenes respectivas aunque los objetos no estén presentes ante la vista o algún otro de los sentidos, lo cual puede ser un valioso instrumento de trabajo en muchas circunstancias.

Es apenas lógico afirmar que la persona que se encamina hacia el exigente mundo de los laboratorios de investigación debe profundizar en sus conocimientos más de lo que necesitan otros profesionales de su misma rama; igualmente, se le exigirá sólida trama ética que sea garantía para el resultado de sus trabajos; en cambio, el pretender que se despoje de la imaginación para dedicarse solamente a la frialdad de los hechos y las cifras concretas puede llevar a una actitud mental esterilizante y más perjudicial que benéfica.

Las facultades del intelecto, entre ellas la imaginación, pueden usarse de modo adecuado o inadecuado para unas circunstancias específicas. Las representaciones mentales, las imágenes, pueden ser fantasías o ilusiones sin fundamento pero también pueden ser construcciones elaboradas con base en resultados concretos de investigación, figuras de invención o visiones que se adelanten a la realidad y tal vez señalen nuevos caminos al científico o le sugieran métodos diferentes de los ordinarios para su labor.

Hace algunas semanas tuve oportunidad de asistir en Madrid, en el hermoso palacio del Marqués de Salamanca que es la sede de la Fundación Banco de Bilbao y Vizcaya Argentaria (el BBVA conocido también en gran parte de nuestra América hispana), a una conferencia patrocinada por esa fundación y dictada por el doctor en física Gerald Holton, profesor famoso de la Universidad de Harvard e investigador ampliamente respetado en su campo; el tema era precisamente "La imaginación científica- y su posición fue clara en favor de lo que podríamos llamar el buen uso científico de la imaginación.

Con ejemplos traídos de los trabajos de Albert Einstein, Enrico Fermi y otros descubridores de la misma talla, ilustró su afirmación de que el joven científico necesita que se le estimule su imaginación -eso sí, enseñándole también a poner y usar las riendas y controles indispensables- si se quiere que llegue al máximo de su productividad tanto en cantidad como en calidad de investigaciones; aún lo que llamamos "corazonada- puede ser, en las manos adecuadas, una faceta de la creatividad.

Fue muy interesante ver a personajes de la ciencia española, presentes en el recinto, coincidir con las apreciaciones del doctor Holton y recalcar que la imaginación puede ofrecer a la inteligencia despierta y empeñada en algún trabajo serio, imágenes útiles que todavía no corresponden a resultados de esos trabajos pero están muy lejos de ser simples quimeras o fábulas desechables.


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