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La investigación como estrategia de aprendizaje

      
No despierta admiración un maestro que está de pie frente a su clase y habla sin cesar, y luego ordena a sus alumnos a que memoricen párrafos de un libro de texto. Por eso pensamos que fue doble el mérito de los docentes que pudimos aprender y dar lo que no habíamos aprendido, sino simplemente imaginado, proyectado, y que hoy tratamos de hacer realidad. Porque, sin lugar a dudas, la enseñanza puede ser mucho más que un proceso de recepción automática, y convertirse en un proceso de toma y dame que se desarrolle en un ambiente en que no sólo los temas, sino la forma en que estos se manejen, permitan cautivar al estudiante y despertar en él un enamoramiento por el conocimiento que puede durar hasta el último día de su vida.<br/><br/> En la búsqueda incesante del qué, cómo , por qué, para qué y cuándo, algunos maestros y muchos investigadores educativos -que debieran ser lo mismo- hemos encontrado que el proceso de enseñanza-aprendizaje puede asumirse como una búsqueda, como una aventura, al final de la cual se encuentra algo querido, esperado y necesitado.<br/><br/> Desde este punto de vista, que permite generar una práctica docente diferente y que compartimos con muchos autores, el proceso de enseñanza-aprendizaje puede entenderse como un descubrimiento, como una investigación.<br/><br/> El aprendizaje visto como un descubrimiento no es algo nuevo. Dewey (1928) y sus seguidores vienen sosteniendo desde hace varios años que el aprendizaje hay que entenderlo como un hecho inducido (o bien espontáneo), y el trabajo, como la construcción concreta de una realidad distinta a la anterior -. <br/><br/> Los planteamientos de Dewey sobrepasan el mero aprendizaje académico; el autor insiste en convertir el aula en un laboratorio de la vida real, con un ambiente de aprendizaje que crea el docente para que el estudiante pueda resolver problemas mediante el trabajo en pequeños grupos y en interacción permanente. Éste es un aprendizaje que parte de la experiencia, porque en ésta el estudiante encuentra el impulso que lo mueve.<br/><br/> El ambiente es propiciado por el maestro, que plantea problemas e interrogantes que motivan la acción y la búsqueda de la respuesta; el alumno encuentra el conocimiento por su propio impulso, por su propio interés (Dewey, 1928).<br/><br/> Esta estrategia implica que las temáticas se aborden desde una perspectiva que involucre al alumno. Cuando éste se siente parte del problema o de su solución, cuando ve que lo planteado le atañe, entonces empieza a actuar. El interés y el esfuerzo, que generalmente caminan en sentidos contrarios en el proceso de enseñanza tradicional, se unen aquí para encontrar el conocimiento, y lo hacen de manera espontánea. Sin acción no hay motivación ni interés alguno (Dewey, 1928); en contrapartida, el esfuerzo -o la acción- es el interés que se expresa en forma activa. Cuando hay adecuación entre estos dos aspectos se produce el conocimiento: el conocimiento consciente, propuesto, no el fortuito.<br/><br/> Ahora bien, los cambios sociales, tecnológicos y científicos que se experimentan en nuestro país y en todo el mundo nos están exigiendo un cambio profundo en la educación. Por ello el docente de esta época se preocupa por buscar y poner en práctica estrategias apropiadas que faciliten la adquisición de un conocimiento cada vez más complejo y que comprenda, más que contenidos, instrumentos para comprender y entender el mundo y también para transformar la realidad cuando ésta no nos es útil, cuando no nos ayuda a vivir mejor, cuando no nos permite crecer como seres humanos.<br/><br/> Podemos afirmar, entonces, que aprender a investigar es indispensable para madurar intelectual y personalmente; este proceso también es necesario para conseguir que se entienda que el aprendizaje es un proceso que dura hasta el fin de la vida.<br/><br/> De todo lo expuesto anteriormente queda claro que consideramos que el aprendizaje por investigación es el modelo didáctico ideal porque nos permite acceder de manera lúdica al conocimiento. El impulso del placer es algo connatural al hombre, por eso éste siempre tiende a hacer aquellas cosas que le parecen interesantes, útiles, placenteras, y nosotros como maestros no debemos hacer otra cosa que convertir el aprendizaje en un proceso interesante y divertido.<br/><br/> Si todo ser humano, y los niños en particular, disfrutan con una historia, con un cuento, ¿por qué no hacer de la educación una búsqueda del tesoro? Esto no es una invención; es una realidad. El aprendizaje es una búsqueda, y la educación es un tesoro; bien lo dice Delors. Sólo hay que hacérselo ver a los estudiantes.<br/><br/> Nosotros los maestros, y en general los sistemas educativos (fraguados por nosotros mismos) convertimos la educación en un procedimiento bancario. En un principio no fue así. Los recuentos sobre historia de la educación que tenemos nos hacen caer en la cuenta de que el sistema de educación antiguo era muy diferente. Se aprendía de la naturaleza, de la observación, del comportamiento humano... y también, durante la Edad Media , se aprendía en un taller, del padre o de un maestro. El aprendizaje estaba fundamentado en por la acción, por la experiencia, por la investigación; por eso mismo, tanto el maestro como el aprendiz eran artesanos, eran actores dentro del proceso.<br/><br/> Consideramos, entonces, que devolverle al aprendizaje su carácter de investigación es un deber de conciencia, una deuda que nosotros, los maestros, debemos pagar, no sólo a nuestros alumnos, sino a la sociedad y a la historia. Somos nosotros, autónomos en nuestro quehacer pedagógico y en virtud de normas más abiertas, los que debemos cambiar la realidad educativa para convertir el aprendizaje en un proceso interesante y divertido, no en un proceso obligado, sino consentido y buscado, que como los grandes amores nos acompañe hasta el final de nuestros días.<br/><br/> *Licenciada de Educación Infantil. Especialista en Pedagogía Infantil de la Universidad del Norte y en Evaluación Educativa de la Universidad Santo Tomás. Candidata a Magíster en Educación. Docente de la Escuela Normal Superior La Hacienda y de las universidades del Norte y del Atlántico.<br/><br/><br/>
No despierta admiración un maestro que está de pie frente a su clase y habla sin cesar, y luego ordena a sus alumnos a que memoricen párrafos de un libro de texto. Por eso pensamos que fue doble el mérito de los docentes que pudimos aprender y dar lo que no habíamos aprendido, sino simplemente imaginado, proyectado, y que hoy tratamos de hacer realidad. Porque, sin lugar a dudas, la enseñanza puede ser mucho más que un proceso de recepción automática, y convertirse en un proceso de toma y dame que se desarrolle en un ambiente en que no sólo los temas, sino la forma en que estos se manejen, permitan cautivar al estudiante y despertar en él un enamoramiento por el conocimiento que puede durar hasta el último día de su vida.

En la búsqueda incesante del qué, cómo , por qué, para qué y cuándo, algunos maestros y muchos investigadores educativos -que debieran ser lo mismo- hemos encontrado que el proceso de enseñanza-aprendizaje puede asumirse como una búsqueda, como una aventura, al final de la cual se encuentra algo querido, esperado y necesitado.

Desde este punto de vista, que permite generar una práctica docente diferente y que compartimos con muchos autores, el proceso de enseñanza-aprendizaje puede entenderse como un descubrimiento, como una investigación.

El aprendizaje visto como un descubrimiento no es algo nuevo. Dewey (1928) y sus seguidores vienen sosteniendo desde hace varios años que " el aprendizaje hay que entenderlo como un hecho inducido (o bien espontáneo), y el trabajo, como la construcción concreta de una realidad distinta a la anterior -.

Los planteamientos de Dewey sobrepasan el mero aprendizaje académico; el autor insiste en convertir el aula en un laboratorio de la vida real, con un ambiente de aprendizaje que crea el docente para que el estudiante pueda resolver problemas mediante el trabajo en pequeños grupos y en interacción permanente. Éste es un aprendizaje que parte de la experiencia, porque en ésta el estudiante encuentra el impulso que lo mueve.

El ambiente es propiciado por el maestro, que plantea problemas e interrogantes que motivan la acción y la búsqueda de la respuesta; el alumno encuentra el conocimiento por su propio impulso, por su propio interés (Dewey, 1928).

Esta estrategia implica que las temáticas se aborden desde una perspectiva que involucre al alumno. Cuando éste se siente parte del problema o de su solución, cuando ve que lo planteado le atañe, entonces empieza a actuar. El interés y el esfuerzo, que generalmente caminan en sentidos contrarios en el proceso de enseñanza tradicional, se unen aquí para encontrar el conocimiento, y lo hacen de manera espontánea. Sin acción no hay motivación ni interés alguno (Dewey, 1928); en contrapartida, el esfuerzo -o la acción- es el interés que se expresa en forma activa. Cuando hay adecuación entre estos dos aspectos se produce el conocimiento: el conocimiento consciente, propuesto, no el fortuito.

Ahora bien, los cambios sociales, tecnológicos y científicos que se experimentan en nuestro país y en todo el mundo nos están exigiendo un cambio profundo en la educación. Por ello el docente de esta época se preocupa por buscar y poner en práctica estrategias apropiadas que faciliten la adquisición de un conocimiento cada vez más complejo y que comprenda, más que contenidos, instrumentos para comprender y entender el mundo y también para transformar la realidad cuando ésta no nos es útil, cuando no nos ayuda a vivir mejor, cuando no nos permite crecer como seres humanos.

Podemos afirmar, entonces, que aprender a investigar es indispensable para madurar intelectual y personalmente; este proceso también es necesario para conseguir que se entienda que el aprendizaje es un proceso que dura hasta el fin de la vida.

De todo lo expuesto anteriormente queda claro que consideramos que el aprendizaje por investigación es el modelo didáctico ideal porque nos permite acceder de manera lúdica al conocimiento. El impulso del placer es algo connatural al hombre, por eso éste siempre tiende a hacer aquellas cosas que le parecen interesantes, útiles, placenteras, y nosotros como maestros no debemos hacer otra cosa que convertir el aprendizaje en un proceso interesante y divertido.

Si todo ser humano, y los niños en particular, disfrutan con una historia, con un cuento, ¿por qué no hacer de la educación una búsqueda del tesoro? Esto no es una invención; es una realidad. El aprendizaje es una búsqueda, y la educación es un tesoro; bien lo dice Delors. Sólo hay que hacérselo ver a los estudiantes.

Nosotros los maestros, y en general los sistemas educativos (fraguados por nosotros mismos) convertimos la educación en un procedimiento bancario. En un principio no fue así. Los recuentos sobre historia de la educación que tenemos nos hacen caer en la cuenta de que el sistema de educación antiguo era muy diferente. Se aprendía de la naturaleza, de la observación, del comportamiento humano... y también, durante la Edad Media , se aprendía en un taller, del padre o de un maestro. El aprendizaje estaba fundamentado en por la acción, por la experiencia, por la investigación; por eso mismo, tanto el maestro como el aprendiz eran artesanos, eran actores dentro del proceso.

Consideramos, entonces, que devolverle al aprendizaje su carácter de investigación es un deber de conciencia, una deuda que nosotros, los maestros, debemos pagar, no sólo a nuestros alumnos, sino a la sociedad y a la historia. Somos nosotros, autónomos en nuestro quehacer pedagógico y en virtud de normas más abiertas, los que debemos cambiar la realidad educativa para convertir el aprendizaje en un proceso interesante y divertido, no en un proceso obligado, sino consentido y buscado, que como los grandes amores nos acompañe hasta el final de nuestros días.

*Licenciada de Educación Infantil. Especialista en Pedagogía Infantil de la Universidad del Norte y en Evaluación Educativa de la Universidad Santo Tomás. Candidata a Magíster en Educación. Docente de la Escuela Normal Superior La Hacienda y de las universidades del Norte y del Atlántico.


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