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Estudio analizó manuales de urbanidad colombianos del siglo XIX

      
Eructar, bostezar, rascarse la cabeza o los oídos llegó a ser en la Colombia decimonónica sinónimo de barbarie. De hecho, poner en práctica refranes como "el pollo y el marrano se cogen con la mano" significaba estar 'poseído' por un animal salvaje y, en consecuencia, hacerse acreedor del repudio general. <br/><br/> Según las pesquisas de este estudio, después de la Independencia el país quiso hacer parte de los países civilizados y se propuso importar la modernidad de Europa. Para los gobernantes de la época, difundir los buenos modales fue, entonces, una vía para alcanzar el primer mundo: refinado y glamoroso. <br/><br/> Encontró 22 manuales de urbanidad publicados en el siglo XIX, de ellos estudió a fondo cinco. Los había a manera de catecismo, con fábulas e incluso en verso, para facilitar la memorización. Pero para estar a tono con el modelo de ciudadano civilizado no bastaba con aprender las reglas, había que interiorizarlas para que parecieran innatas. <br/><br/> De estos manuales Vanegas extrajo el modelo de hombre y de mujer que se pretendió implantar en el país. Según sus conclusiones los roles descritos configuraron un hombre protagonista de la esfera pública mientras a la mujer se le suscribió a la privada: ella debía ser excelente ama de casa, madre, esposa e hija, mientras el hombre debía distinguirse por ser trabajador, buen conversador y respetuoso. <br/><br/> El objetivo de fondo fue también político, pues además de fortalecer el sistema educativo y refinar las costumbres, los dirigentes garantizaban el statu quo, explica Vanegas. Al prescribir y homogenizar el comportamiento, siempre asociado a la moral católica, el Gobierno quiso asegurarse del respeto hacia las instituciones y la legitimación de su poder político. <br/><br/> Después de 200 años, muchas de estas reglas, por obsoletas, causarían risa. Sin embargo, la idea de "ser educado" permanece. De hecho, las últimas generaciones de colombianos todavía recuerdan cómo en el colegio les enseñaron modales con el clásico manual de Carreño.<br/><br/><br/><br/>
Eructar, bostezar, rascarse la cabeza o los oídos llegó a ser en la Colombia decimonónica sinónimo de barbarie. De hecho, poner en práctica refranes como "el pollo y el marrano se cogen con la mano" significaba estar 'poseído' por un animal salvaje y, en consecuencia, hacerse acreedor del repudio general.

Según las pesquisas de este estudio, después de la Independencia el país quiso hacer parte de los países civilizados y se propuso importar la modernidad de Europa. Para los gobernantes de la época, difundir los buenos modales fue, entonces, una vía para alcanzar el primer mundo: refinado y glamoroso.

Encontró 22 manuales de urbanidad publicados en el siglo XIX, de ellos estudió a fondo cinco. Los había a manera de catecismo, con fábulas e incluso en verso, para facilitar la memorización. Pero para estar a tono con el modelo de ciudadano civilizado no bastaba con aprender las reglas, había que interiorizarlas para que parecieran innatas.

De estos manuales Vanegas extrajo el modelo de hombre y de mujer que se pretendió implantar en el país. Según sus conclusiones los roles descritos configuraron un hombre protagonista de la esfera pública mientras a la mujer se le suscribió a la privada: ella debía ser excelente ama de casa, madre, esposa e hija, mientras el hombre debía distinguirse por ser trabajador, buen conversador y respetuoso.

"El objetivo de fondo fue también político, pues además de fortalecer el sistema educativo y refinar las costumbres, los dirigentes garantizaban el statu quo", explica Vanegas. Al prescribir y homogenizar el comportamiento, siempre asociado a la moral católica, el Gobierno quiso asegurarse del respeto hacia las instituciones y la legitimación de su poder político.

Después de 200 años, muchas de estas reglas, por obsoletas, causarían risa. Sin embargo, la idea de "ser educado" permanece. De hecho, las últimas generaciones de colombianos todavía recuerdan cómo en el colegio les enseñaron modales con el clásico manual de Carreño.



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