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El parapente, vértigo y emoción a cielo abierto

      
El azul del cielo en la Mesa de Ruitoque, ubicada en el municipio de Floridablanca, Santander, se torna de mil colores los fines de semana, cuando los parapentistas inician su jornada de vuelos cada tarde. De mil colores son también las emociones de quienes llegan a este lugar; todos lucen radiantes y con sonrisas de oreja a oreja se asoman a la ladera de la montaña que se constituye la pista de aterrizaje de la zona utilizada por el club 'Vuelo libre'. Miran hacia el cielo donde se divisan los parapentes en vuelo, por unos segundos sólo contemplan el paisaje a su alrededor y luego, con los ojos en tierra, toman sus decisiones hacia el encuentro con la aventura. <br/><br/> ¿Quién va primero?, dice Martha, ¿a qué no se le miden?, continúa retando a sus otros tres compañeros, que han subido con ella hasta 'La Mesa'. Se escuchan risas: Al lado, una pareja de novios muy 'amelcochaditos' disfrutan de su paseo de fin de semana y unos pasos más adelante, otro grupo de personas, sentadas sobre el pasto, espera a Laura. Allá viene, dice una señora que la alcanza a ver, y cuando está más cerca, grita: Déle más vueltas, eso, eso, más vueltas. Un parapentista ha aterrizado y Samuel, un estudiante universitario que acaba de llegar sale rápidamente a su encuentro, con un listo, a lo que vine. <br/><br/> En la Mesa de Ruitoque, cada fin de semana llegan a pasear por el cielo santandereano, niños, jóvenes y adultos, de esta región y otros lugares del país, así como extranjeros. 'Vuelo libre', integrado por cerca de 30 pilotos, en su mayoría formados en el mismo club, ofrece este 'tour' en un trayecto que dura de 10 a 12 minutos, dependiendo de las condiciones metereológicas, a un precio de $30.000 por persona. <br/><br/> Laura Olejua, una estudiante de Diseño Industrial de la Universidad Industrial de Santander, UIS, llega al sitio donde se encuentra su familia esperándola: Estaba muerta del susto y por eso pedí un vuelo suave. Ya había volado en 'Las Águilas' (otro sector de parapente en Santander), y cada vez salgo más encantada, para mi es como columpiarse en el cielo, dice. <br/><br/> Al rato, el decidido Samuel David García, estudiante de Telecomunicaciones de las Unidades Tecnológicas de Santander, aterriza y muy serio dice: Pensé que me iba a dar miedo, pues es mi primera vez, pero no, ha sido muy relajante. Y también llega el primero del grupo de jóvenes que acompaña a Martha; es Gustavo Maya, un paisa de 27 años, ingeniero de petróleos que ha volado en parapente en San Gil, Santander; Medellín y en Sopó, cerca de Bogotá: Aquí me ha parecido muy bueno el vuelo, no hay muchas corrientes de aire y se disfruta la travesía, aseguró. <br/><br/> Mientras el parapentista inicia el trabajo de poner la vela en posición de despegue, la persona que desee volar es alistada con el casco y sujetada a la silla con el respectivo arnés, que a su vez está asegurado al ala y al arnés del piloto. Se le dice de donde sujetarse y luego que corra junto al deportista hasta que se eleven. <br/><br/> Y al parecer en el aire, los temores desaparecen. Arriba uno no siente ni frío, sólo la brisa constante sobre la cara y ver el paisaje, la montaña, una cascadita que hay allí detrás, expresó Juan Manuel Arenas, un estudiante de bachillerato de 13 años, quien agrega: Cuando ya íbamos a aterrizar el piloto me dijo que si quería vuelticas y yo dije que sí, y me parecieron muy bacanas. <br/><br/> Lea el artículo completo en el subportal de cultura y entretenimiento <b>Extroversia</b> o haciendo clic en este <a target=_blank href=https://extroversia.universia.net.co/html/reportajes/rep2006/parapente/p_01.htm>enlace</a>.<a href=https://extroversia.universia.net.co/html/reportajes/rep2006/parapente/p_01.htm><b> </b></a><br/><br/>
El azul del cielo en la Mesa de Ruitoque, ubicada en el municipio de Floridablanca, Santander, se torna de mil colores los fines de semana, cuando los parapentistas inician su jornada de vuelos cada tarde. De mil colores son también las emociones de quienes llegan a este lugar; todos lucen radiantes y con sonrisas de oreja a oreja se asoman a la ladera de la montaña que se constituye la pista de aterrizaje de la zona utilizada por el club 'Vuelo libre'. Miran hacia el cielo donde se divisan los parapentes en vuelo, por unos segundos sólo contemplan el paisaje a su alrededor y luego, con los ojos en tierra, toman sus decisiones hacia el encuentro con la aventura.

¿Quién va primero?, dice Martha, ¿a qué no se le miden?, continúa retando a sus otros tres compañeros, que han subido con ella hasta 'La Mesa'. Se escuchan risas: Al lado, una pareja de novios muy 'amelcochaditos' disfrutan de su paseo de fin de semana y unos pasos más adelante, otro grupo de personas, sentadas sobre el pasto, espera a Laura. "Allá viene, dice una señora que la alcanza a ver, y cuando está más cerca, grita: "Déle más vueltas, eso, eso, más vueltas". Un parapentista ha aterrizado y Samuel, un estudiante universitario que acaba de llegar sale rápidamente a su encuentro, con un "listo, a lo que vine".

En la Mesa de Ruitoque, cada fin de semana llegan a pasear por el cielo santandereano, niños, jóvenes y adultos, de esta región y otros lugares del país, así como extranjeros. 'Vuelo libre', integrado por cerca de 30 pilotos, en su mayoría formados en el mismo club, ofrece este 'tour' en un trayecto que dura de 10 a 12 minutos, dependiendo de las condiciones metereológicas, a un precio de $30.000 por persona.

Laura Olejua, una estudiante de Diseño Industrial de la Universidad Industrial de Santander, UIS, llega al sitio donde se encuentra su familia esperándola: "Estaba muerta del susto y por eso pedí un vuelo suave. Ya había volado en 'Las Águilas' (otro sector de parapente en Santander), y cada vez salgo más encantada, para mi es como columpiarse en el cielo", dice.

Al rato, el decidido Samuel David García, estudiante de Telecomunicaciones de las Unidades Tecnológicas de Santander, aterriza y muy serio dice: "Pensé que me iba a dar miedo, pues es mi primera vez, pero no, ha sido muy relajante". Y también llega el primero del grupo de jóvenes que acompaña a Martha; es Gustavo Maya, un paisa de 27 años, ingeniero de petróleos que ha volado en parapente en San Gil, Santander; Medellín y en Sopó, cerca de Bogotá: "Aquí me ha parecido muy bueno el vuelo, no hay muchas corrientes de aire y se disfruta la travesía", aseguró.

Mientras el parapentista inicia el trabajo de poner la vela en posición de despegue, la persona que desee volar es alistada con el casco y sujetada a la silla con el respectivo arnés, que a su vez está asegurado al ala y al arnés del piloto. Se le dice de donde sujetarse y luego que corra junto al deportista hasta que se eleven.

Y al parecer en el aire, los temores desaparecen. "Arriba uno no siente ni frío, sólo la brisa constante sobre la cara y ver el paisaje, la montaña, una cascadita que hay allí detrás", expresó Juan Manuel Arenas, un estudiante de bachillerato de 13 años, quien agrega: "Cuando ya íbamos a aterrizar el piloto me dijo que si quería vuelticas y yo dije que sí, y me parecieron muy bacanas".

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