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Déficit de "verde" en Bogotá

      
No obstante, en muchas de ellas falta largo camino por recorrer, como lo demuestran estos datos: según la Organización Mundial de la Salud, cada habitante debe contar con un mínimo de 9 metros cuadrados de espacio verde. Actualmente las ciudades latinoamericanas sólo ofrecen un promedio de 3.5 metros cuadrados por habitante, mientras que Bogotá proporciona 1.3 metros de zona verde y 0.06 árboles por ciudadano. <br/><br/> La información fue suministrada por el sociólogo Jair Preciado, cuyo ensayo Los árboles en la ciudad y la expansión de Bogotá: reflexiones para construir una calidad ambiental urbana está contenido en el libro Bosques urbanos en América Latina: usos, funciones, representaciones, editado por Sylvie Nail y publicado por la editorial del Externado, que reúne varios estudios realizados por expertos de distintas ciudades latinoamericanas. <br/><br/><b>Bosques urbanos en América Latina: nuevos significados</b><br/><br/> La publicación destaca cómo han surgido nuevos significados de los bosques en estas metrópolis, y menciona algunos casos: el de Cerro Blanco, en Santiago de Chile, donde la acción de los ciudadanos permitió, no sólo recuperar este espacio de culto sagrado indígena, sino la expedición de una ley que reconoce a los nativos y los legitima; una manera de superar la segregación vivida en esa nación, durante largos periodos, desde la colonia hasta el fin de la dictadura de Pinochet. <br/><br/> En Iquitos, Perú, la selva que circunda la ciudad se está convirtiendo en una nueva fuente económica gracias a su biodiversidad. Después de varios espejismos desarrollistas y de la expansión de la pobreza al 60% de la población, el presente y futuro de la ciudad está en el oro verde. En Mendoza, Argentina, se le ha dado al árbol valor patrimonial y turístico; en Caracas, Venezuela, el Parque Nacional El Ávila, crea lazos afectivos en los habitantes y logra desdibujar los límites socio-económicos establecidos por el concreto. <br/><br/> No obstante, la realidad no siempre es positiva. En Salvador de Bahía, Brasil, el crecimiento constante de la urbe y la especulación de la tierra le han arrebatado espacio a la vegetación y, de paso, a la práctica del Candomblé, ritual afrobrasileño que se sustenta en el uso de las plantas nativas. En Bogotá, años de abandono causaron un deterioro considerable en los humedales y las especies vegetales nativas de la ciudad, aunque recientemente autoridades y ciudadanía han hecho esfuerzos por revertir la tendencia con resultados significativos. <br/><br/><b>Participación ciudadana</b><br/><br/> En su artículo Chucuas bogotensis y sus vecinos urbanos: emergencia de una conciencia ecológica participante, incluido en la misma publicación, la investigadora del CIDS (Externado) Dolly Palacios, da cuenta, precisamente, de la rica experiencia de participación ciudadana, protagonizada por la Red de Humedales de la Sabana de Bogotá, cuyo primer paso fue el conocimiento experto sobre geografía, geología, biología y ecología de la Sabana para poder lograr objetivos de conservación y restauración de ecosistemas en vías de extinción por el avance de la ciudad sobre la zona rural circundante; después vinieron las acciones jurídicas y luego la estrategia política que les permitió a los ciudadanos participar en la toma de decisiones y la formulación de políticas públicas relacionadas con el tema ecológico de la ciudad.<br/><br/> El trabajo hecho en Bogotá, afirma la autora, puso en primer plano actores como los vecinos de los humedales, las organizaciones ciudadanas, las organizaciones internacionales no gubernamentales y la academia, en diálogo conjunto con las autoridades locales. Al final sostiene que este modelo de democracia participativa abre espacios de aprendizaje social y de habilidades de diálogo que en los modelos representativos son imposibles de aprehender.<br/><br/><br/>
No obstante, en muchas de ellas falta largo camino por recorrer, como lo demuestran estos datos: según la Organización Mundial de la Salud, cada habitante debe contar con un mínimo de 9 metros cuadrados de espacio verde. Actualmente las ciudades latinoamericanas sólo ofrecen un promedio de 3.5 metros cuadrados por habitante, mientras que Bogotá proporciona 1.3 metros de zona verde y 0.06 árboles por ciudadano.

La información fue suministrada por el sociólogo Jair Preciado, cuyo ensayo "Los árboles en la ciudad y la expansión de Bogotá: reflexiones para construir una calidad ambiental urbana" está contenido en el libro "Bosques urbanos en América Latina: usos, funciones, representaciones", editado por Sylvie Nail y publicado por la editorial del Externado, que reúne varios estudios realizados por expertos de distintas ciudades latinoamericanas.

Bosques urbanos en América Latina: nuevos significados

La publicación destaca cómo han surgido nuevos significados de los bosques en estas metrópolis, y menciona algunos casos: el de Cerro Blanco, en Santiago de Chile, donde la acción de los ciudadanos permitió, no sólo recuperar este espacio de culto sagrado indígena, sino la expedición de una ley que reconoce a los nativos y los legitima; una manera de superar la segregación vivida en esa nación, durante largos periodos, desde la colonia hasta el fin de la dictadura de Pinochet.

En Iquitos, Perú, la selva que circunda la ciudad se está convirtiendo en una nueva fuente económica gracias a su biodiversidad. Después de varios espejismos desarrollistas y de la expansión de la pobreza al 60% de la población, el presente y futuro de la ciudad está en el oro verde. En Mendoza, Argentina, se le ha dado al árbol valor patrimonial y turístico; en Caracas, Venezuela, el Parque Nacional El Ávila, crea lazos afectivos en los habitantes y logra desdibujar los límites socio-económicos establecidos por el concreto.

No obstante, la realidad no siempre es positiva. En Salvador de Bahía, Brasil, el crecimiento constante de la urbe y la especulación de la tierra le han arrebatado espacio a la vegetación y, de paso, a la práctica del Candomblé, ritual afrobrasileño que se sustenta en el uso de las plantas nativas. En Bogotá, años de abandono causaron un deterioro considerable en los humedales y las especies vegetales nativas de la ciudad, aunque recientemente autoridades y ciudadanía han hecho esfuerzos por revertir la tendencia con resultados significativos.

Participación ciudadana

En su artículo "Chucuas bogotensis y sus vecinos urbanos: emergencia de una conciencia ecológica participante", incluido en la misma publicación, la investigadora del CIDS (Externado) Dolly Palacios, da cuenta, precisamente, de la rica experiencia de participación ciudadana, protagonizada por la Red de Humedales de la Sabana de Bogotá, cuyo primer paso fue el "conocimiento experto sobre geografía, geología, biología y ecología de la Sabana para poder lograr objetivos de conservación y restauración de ecosistemas en vías de extinción por el avance de la ciudad sobre la zona rural circundante"; después vinieron las acciones jurídicas y luego la estrategia política que les permitió a los ciudadanos participar en la toma de decisiones y la formulación de políticas públicas relacionadas con el tema ecológico de la ciudad.

El trabajo hecho en Bogotá, afirma la autora, "puso en primer plano actores como los vecinos de los humedales, las organizaciones ciudadanas, las organizaciones internacionales no gubernamentales y la academia, en diálogo conjunto con las autoridades locales". Al final sostiene que "este modelo de democracia participativa abre espacios de aprendizaje social y de habilidades de diálogo que en los modelos representativos son imposibles de aprehender".


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