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El horizonte de los emprendedores

      
Digamos, primero, que la búsqueda de una formación universitaria tiene un fondo filosófico. Los jóvenes se preparan para ser productivos, lo que de alguna manera significa participar como actores de la producción en su más amplio sentido. Producir maquinaria o producir comunicación, crear arte o ser artífice de cambios políticos, generar riqueza para sí y para un grupo o comunidad, o prestar un servicio a los demás con sentido de desprendimiento.<br/><br/>En todos los casos, se trata, creo yo, de una estimación de la productividad no sólo por los beneficios que otorga sino además por la participación en la creación del mundo. Por encima de todo, hay un deseo profundo de realizarse, de alcanzar felicidad mediante la autonomía, porque un ser productivo es, en sentido filosófico, un ser que puede hacer las cosas por sí mismo sin necesidad de que otro las haga por él. <br/><br/>En un segundo plano, esa filosofía de la vida se traduce a términos más pragmáticos cuando nos encontramos en sociedades de mercado en donde se gana autonomía y felicidad en la medida en que se sabe hacer algo. La utilidad del saber de una persona es mucho más gratificante para ella cuando siente que sabe emprender obras. El emprendimiento, por eso, se ha convertido en un atractivo para los individuos y para las sociedades porque articula lo que un individuo sabe hacer con lo que una sociedad necesita para crecer y desarrollarse. <br/><br/>En palabras comunes, en los medios universitarios se está hablando con énfasis de la urgencia de formar a los jóvenes con base en conocimientos pero también en competencias y habilidades. La Unión europea promueve la política de preparar más y más a los estudiantes para el mundo del trabajo. Se quiere que los jóvenes tengan conocimientos útiles que los vuelvan productivos en los mercados. <br/><br/>Esas tendencias pueden pecar de utilitaristas, pero se podría decir que el proyecto de esa clase de formación se salva cuando se mira el espectro de oportunidades para formarse. Se puede ser profesional pero también se puede acompañar esa formación para ser útil y ganarse la vida de manera productiva eligiendo otra carrera paralela o un postgrado más humanista. Por ejemplo, un estudiante que se prepara como administrador o financista, puede obtener un título de post-grado como historiador o realizar en paralelo una carrera como violinista.<br/><br/>Lo que me interesa resaltar es el carácter emprendedor que se le quiere dar a la formación universitaria. Se pensaba que el emprendedor, es decir, el empresario era parte de un grupo reducido de personas que llegaban a tener una empresa grande y exitosa, o a manejar las empresas de otros que son sus dueños. En ese esquema, la mayoría de los empresarios son en realidad empleados, porque los dueños son muy pocos en sociedades de desarrollo relativo como la nuestra. <br/><br/>Pero cuando el concepto de empresario se liga al espíritu emprendedor de una persona nos estamos saliendo del estrecho marco que se refiere a los dueños o gerentes de empresas para entrar en un campo más abierto que es el emprendimiento, en el cual deberían formarse todos los jóvenes en el mundo actual. <br/><br/>Al afirmar lo anterior no me estoy basando en unos cuantos casos sino en tendencias mundiales que se están desarrollando en universidades tan disímiles como la de Stanford, Santiago de Compostela, London Business School o el Tecnológico de Monterrey (ITESM). <br/><br/>Como el espacio se me acaba, volveré sobre este tema que me parece apasionante. <br/><font size=1><br/><br/>* Tomado de El Heraldo</font><br/><br/><br/><br/><br/><span style=font-weight: bold;>Un poco más sobre el emprendimiento<br/><br/></span>En la columna que escribí la semana pasada propuse el emprendimiento como componente de la formación de los jóvenes universitarios. Esta vez, quisiera redondear unas ideas sobre la forma como puede operar desde las aulas el entrenamiento para llegar a ser emprendedor o empresario en sentido más amplio.<br/><br/>En una visita que hice el Massachusetts Institute of Technology en Boston, en noviembre del año 2006, pude estudiar el enfoque que esa universidad le da a los estudios superiores modernos. El caso es que el MIT enfoca la productividad teniendo como base la innovación tecnológica. Pero lo interesante es que sus profesores y estudiantes desarrollan la educación en un contexto de economía del conocimiento, en el que la competencia se mide por los inventos, por tanto, por las patentes sobre invenciones reconocidas por el Estado. <br/><br/>A primera vista, se cree que es menos importante la formación básica en las ciencias. Pero no es así. Formar emprendedores no es culto a la práctica que deja atrás la formación fundamental. Llega por el contrario a complementar la formación teórica, que sigue siendo necesaria para fijar los fundamentos científicos, con entrenamiento en talleres y seminarios que hacen que la ciencia esté conectada con la realidad económica y social. <br/><br/>Con la formación de emprendedores se está buscando la pertinencia de incorporar en los planes de estudio de las distintas carreras cursos relacionados con la creación y el desarrollo de nuevas empresas, nuevas organizaciones sociales y culturales y nuevos negocios dentro de empresas existentes. Tenemos que fijarnos bien que no se busca la formación del empresario en sentido utilitarista, lo cual es legítimo, sino que se tiende a abrir oportunidades para que los profesionales sean emprendedores en sectores menos 'rentables', en términos de lucro, como el trabajo con las organizaciones sociales o en las instituciones culturales. <br/><br/>En una perspectiva de región como la Costa Caribe, incorporar la formación de emprendedores puede ir sentando las bases de una nueva concepción del desarrollo económico que integra el crecer materialmente con el desarrollo intelectual y cultural, lo que da la posibilidad de que los individuos se desenvuelvan en su región de manera creativa y socialmente útil, pues aportan al crecimiento y desarrollo de la colectividad. ¿No necesita mucho esto la Costa, en donde hay una brecha tan grande entre ricos y pobres? <br/><br/>Se puede volver viable la formación para el emprendimiento, si se comienza por incluir en los planes de estudio espacios para el desarrollo de las competencias emprendedoras en términos de conocimientos, habilidades y actitudes. Sin el conocimiento, la universidad no es científica, pero sin el entrenamiento en habilidades se vuelve teórica, y si no busca cambiar las actitudes, para que se aprovechen las oportunidades, renuncia a ofrecer procesos en donde los estudiantes adquieren nuevas visiones sobre el mundo inmediato, y el más lejano, lleno de oportunidades y amenazas. Del modo como se afronten esas oportunidades es de donde salen los negocios y las empresas sociales y culturales. <br/><br/>Damos por descontado que las metas de la formación emprendedora refuerzan lo que hacen las universidades: educar en el planeamiento y control; en presupuestar y cumplir objetivos; en obtener y organizar recursos; en trabajar en equipo; en negociar y generar redes y en mejorar las habilidades comunicativas, entre otros. Pero con la mirada puesta en la formación emprendedora, estas rutinas académicas pueden abrir horizontes de realización personal y colectiva a muchos jóvenes. <br/><br/><font size=1><br/>* Tomado de El Heraldo</font><br/><br/><br/><br/><br/>
Digamos, primero, que la búsqueda de una formación universitaria tiene un fondo filosófico. Los jóvenes se preparan para ser productivos, lo que de alguna manera significa participar como actores de la producción en su más amplio sentido. Producir maquinaria o producir comunicación, crear arte o ser artífice de cambios políticos, generar riqueza para sí y para un grupo o comunidad, o prestar un servicio a los demás con sentido de desprendimiento.

En todos los casos, se trata, creo yo, de una estimación de la productividad no sólo por los beneficios que otorga sino además por la participación en la creación del mundo. Por encima de todo, hay un deseo profundo de realizarse, de alcanzar felicidad mediante la autonomía, porque un ser productivo es, en sentido filosófico, un ser que puede hacer las cosas por sí mismo sin necesidad de que otro las haga por él.

En un segundo plano, esa filosofía de la vida se traduce a términos más pragmáticos cuando nos encontramos en sociedades de mercado en donde se gana autonomía y felicidad en la medida en que se sabe hacer algo. La utilidad del saber de una persona es mucho más gratificante para ella cuando siente que sabe emprender obras. El emprendimiento, por eso, se ha convertido en un atractivo para los individuos y para las sociedades porque articula lo que un individuo sabe hacer con lo que una sociedad necesita para crecer y desarrollarse.

En palabras comunes, en los medios universitarios se está hablando con énfasis de la urgencia de formar a los jóvenes con base en conocimientos pero también en competencias y habilidades. La Unión europea promueve la política de preparar más y más a los estudiantes para el mundo del trabajo. Se quiere que los jóvenes tengan conocimientos útiles que los vuelvan productivos en los mercados.

Esas tendencias pueden pecar de utilitaristas, pero se podría decir que el proyecto de esa clase de formación se salva cuando se mira el espectro de oportunidades para formarse. Se puede ser profesional pero también se puede acompañar esa formación para ser útil y ganarse la vida de manera productiva eligiendo otra carrera paralela o un postgrado más humanista. Por ejemplo, un estudiante que se prepara como administrador o financista, puede obtener un título de post-grado como historiador o realizar en paralelo una carrera como violinista.

Lo que me interesa resaltar es el carácter emprendedor que se le quiere dar a la formación universitaria. Se pensaba que el emprendedor, es decir, el empresario era parte de un grupo reducido de personas que llegaban a tener una empresa grande y exitosa, o a manejar las empresas de otros que son sus dueños. En ese esquema, la mayoría de los empresarios son en realidad empleados, porque los dueños son muy pocos en sociedades de desarrollo relativo como la nuestra.

Pero cuando el concepto de empresario se liga al espíritu emprendedor de una persona nos estamos saliendo del estrecho marco que se refiere a los dueños o gerentes de empresas para entrar en un campo más abierto que es el emprendimiento, en el cual deberían formarse todos los jóvenes en el mundo actual.

Al afirmar lo anterior no me estoy basando en unos cuantos casos sino en tendencias mundiales que se están desarrollando en universidades tan disímiles como la de Stanford, Santiago de Compostela, London Business School o el Tecnológico de Monterrey (ITESM).

Como el espacio se me acaba, volveré sobre este tema que me parece apasionante.


* Tomado de El Heraldo





Un poco más sobre el emprendimiento

En la columna que escribí la semana pasada propuse el emprendimiento como componente de la formación de los jóvenes universitarios. Esta vez, quisiera redondear unas ideas sobre la forma como puede operar desde las aulas el entrenamiento para llegar a ser emprendedor o empresario en sentido más amplio.

En una visita que hice el Massachusetts Institute of Technology en Boston, en noviembre del año 2006, pude estudiar el enfoque que esa universidad le da a los estudios superiores modernos. El caso es que el MIT enfoca la productividad teniendo como base la innovación tecnológica. Pero lo interesante es que sus profesores y estudiantes desarrollan la educación en un contexto de economía del conocimiento, en el que la competencia se mide por los inventos, por tanto, por las patentes sobre invenciones reconocidas por el Estado.

A primera vista, se cree que es menos importante la formación básica en las ciencias. Pero no es así. Formar emprendedores no es culto a la práctica que deja atrás la formación fundamental. Llega por el contrario a complementar la formación teórica, que sigue siendo necesaria para fijar los fundamentos científicos, con entrenamiento en talleres y seminarios que hacen que la ciencia esté conectada con la realidad económica y social.

Con la formación de emprendedores se está buscando la pertinencia de incorporar en los planes de estudio de las distintas carreras cursos relacionados con la creación y el desarrollo de nuevas empresas, nuevas organizaciones sociales y culturales y nuevos negocios dentro de empresas existentes. Tenemos que fijarnos bien que no se busca la formación del empresario en sentido utilitarista, lo cual es legítimo, sino que se tiende a abrir oportunidades para que los profesionales sean emprendedores en sectores menos 'rentables', en términos de lucro, como el trabajo con las organizaciones sociales o en las instituciones culturales.

En una perspectiva de región como la Costa Caribe, incorporar la formación de emprendedores puede ir sentando las bases de una nueva concepción del desarrollo económico que integra el crecer materialmente con el desarrollo intelectual y cultural, lo que da la posibilidad de que los individuos se desenvuelvan en su región de manera creativa y socialmente útil, pues aportan al crecimiento y desarrollo de la colectividad. ¿No necesita mucho esto la Costa, en donde hay una brecha tan grande entre ricos y pobres?

Se puede volver viable la formación para el emprendimiento, si se comienza por incluir en los planes de estudio espacios para el desarrollo de las competencias emprendedoras en términos de conocimientos, habilidades y actitudes. Sin el conocimiento, la universidad no es científica, pero sin el entrenamiento en habilidades se vuelve teórica, y si no busca cambiar las actitudes, para que se aprovechen las oportunidades, renuncia a ofrecer procesos en donde los estudiantes adquieren nuevas visiones sobre el mundo inmediato, y el más lejano, lleno de oportunidades y amenazas. Del modo como se afronten esas oportunidades es de donde salen los negocios y las empresas sociales y culturales.

Damos por descontado que las metas de la formación emprendedora refuerzan lo que hacen las universidades: educar en el planeamiento y control; en presupuestar y cumplir objetivos; en obtener y organizar recursos; en trabajar en equipo; en negociar y generar redes y en mejorar las habilidades comunicativas, entre otros. Pero con la mirada puesta en la formación emprendedora, estas rutinas académicas pueden abrir horizontes de realización personal y colectiva a muchos jóvenes.


* Tomado de El Heraldo





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