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Ascensión Agudelo, la poetisa octogenaria y rebelde

      
Ascensión Agudelo Ladino cree en Dios, pero huye del resto. De su niñez lo recuerda todo. De su juventud opina que "menos mal pasó rápido". Sin embargo, las anécdotas de ambas épocas están consignadas en su primer libro <span style=font-style: italic;>Paloma Migratoria</span>, publicado por la editorial cubana Marti. <br/><br/>Su autobiografía se materializó en la Habana, porque -según ella- aquí nadie le paró bolas. "Hice varios intentos, pero me cerraron las puertas. Carecemos de fraternidad", dice esta llanera de 81 años, al referirse a los editores colombianos que visitó y se hicieron los de la vista gorda. <br/><br/>Ascensión dejó su natal Acacías (Meta) desplazada por los asentamientos guerrilleros en los Llanos. "Era el 9 de abril de 1948 cuando salí con mi hija mayor en brazos, que a penas tenía unos meses de nacida, para venirnos a Bogotá", recuerda. <br/><br/><span style=font-weight: bold;></span><br/>Cruzó los potreros a pie y esquivó los alambres de púas que encontró a su paso. En la carretera paró un camión y le pidió al conductor que las llevara. "Viajamos encima de la carga y en la mitad del camino dijeron que Bogotá estaba ardiendo", narra la poetisa. <br/><br/>Como continuar era peligroso, se quedó en Caqueza (Cundinamarca) unos días, mientras terminaba el 'Bogotazo'. "Llegamos a la ciudad, pero fue peor: no teníamos dinero ni conociamos a nadie". <br/><br/>Recorrió barrios enteros, buscando trabajo en el servicio doméstico. Ninguna puerta se abrió, al final de la jornada estaba en el Hospital San Juan de Dios, por culpa de la anemia y el paludismo, que la perseguían desde Acacías.   <br/><br/>"Las enfermeras me preguntaron mi nombre y lo escribieron detrás de la historia clínica". Ella guardó como una reliquia aquellos papeles y al salir lo primero que hizo fue buscar y recortar en la prensa las letras que conformaban su nombre. En un cuaderno de colegio repitió los trazos y así comenzó…<br/><br/>En 1994 por invitación de un amigo de la Escuela Magnetico Espiritual de la Comuna Universal, organización que infunde la enseñanza de facultades y potencias del espíritu,  Ascensión viajó a la Habana. <br/><br/>Hasta la tierra de Fidel Castro llevaría su poesía contestaría, cargada de una alta dosis de filosofía y de necesidad de cambio. <br/><br/>A su regreso entró a trabajar como empleada doméstica. En su juventud había tenido un pequeño restaurante. <br/><br style=font-weight: bold;/><span style=font-weight: bold;><br/></span>La necesidad me hizo ingeniosa, dice Ascensión Agudelo. "Cuando uno es adulto y ve que carece de algo se preocupa por alcanzarlo", explica. <br/><br/>Ella aprendió a leer, a escribir y aunque no ha podido con la tecnología es considerada en Cuba como una "enciclopedia andante". En su memoría guarda 50 poemas de varios autores del siglo pasado y 25 de su autoría. <br/><br/>En su biblioteca, que ya se acerca a los 300 titulos, está la filosofía de Giordano Bruno, de Sófocles, Platón, Carlos Marx, Hegel, Descartes, la lista puede ser interminable.<br/><br/>Admite que siempre quiso profundizar sobre el origen de las cosas y sobre el propósito del hombre en el mundo. Ese mismo deseo está latente en su versos floridos y repletos de puyas a la sociedad y a la juventud de estos tiempos. <br/><br/>"Persevero por que haya un cambio radical en la educación de la niñez y la juventud", sostiene la poetisa llanera, que ha visitado varios países de Latinoamérica, gracias a su literatura.<br/><br/>"El público me exigía cuando declamaba que les dejara algo escrito". A sus 81 años tiene dos libros y un cuatro de ausencia y melancolía en el carboncillo de su lápiz.
Ascensión Agudelo Ladino cree en Dios, pero huye del resto. De su niñez lo recuerda todo. De su juventud opina que "menos mal pasó rápido". Sin embargo, las anécdotas de ambas épocas están consignadas en su primer libro Paloma Migratoria, publicado por la editorial cubana Marti.

Su autobiografía se materializó en la Habana, porque -según ella- aquí nadie le paró bolas. "Hice varios intentos, pero me cerraron las puertas. Carecemos de fraternidad", dice esta llanera de 81 años, al referirse a los editores colombianos que visitó y se hicieron los de la vista gorda.

Ascensión dejó su natal Acacías (Meta) desplazada por los asentamientos guerrilleros en los Llanos. "Era el 9 de abril de 1948 cuando salí con mi hija mayor en brazos, que a penas tenía unos meses de nacida, para venirnos a Bogotá", recuerda.


Cruzó los potreros a pie y esquivó los alambres de púas que encontró a su paso. En la carretera paró un camión y le pidió al conductor que las llevara. "Viajamos encima de la carga y en la mitad del camino dijeron que Bogotá estaba ardiendo", narra la poetisa.

Como continuar era peligroso, se quedó en Caqueza (Cundinamarca) unos días, mientras terminaba el 'Bogotazo'. "Llegamos a la ciudad, pero fue peor: no teníamos dinero ni conociamos a nadie".

Recorrió barrios enteros, buscando trabajo en el servicio doméstico. Ninguna puerta se abrió, al final de la jornada estaba en el Hospital San Juan de Dios, por culpa de la anemia y el paludismo, que la perseguían desde Acacías.  

"Las enfermeras me preguntaron mi nombre y lo escribieron detrás de la historia clínica". Ella guardó como una reliquia aquellos papeles y al salir lo primero que hizo fue buscar y recortar en la prensa las letras que conformaban su nombre. En un cuaderno de colegio repitió los trazos y así comenzó…

En 1994 por invitación de un amigo de la Escuela Magnetico Espiritual de la Comuna Universal, organización que infunde la enseñanza de facultades y potencias del espíritu,  Ascensión viajó a la Habana.

Hasta la tierra de Fidel Castro llevaría su poesía contestaría, cargada de una alta dosis de filosofía y de necesidad de cambio.

A su regreso entró a trabajar como empleada doméstica. En su juventud había tenido un pequeño restaurante.


La necesidad me hizo ingeniosa, dice Ascensión Agudelo. "Cuando uno es adulto y ve que carece de algo se preocupa por alcanzarlo", explica.

Ella aprendió a leer, a escribir y aunque no ha podido con la tecnología es considerada en Cuba como una "enciclopedia andante". En su memoría guarda 50 poemas de varios autores del siglo pasado y 25 de su autoría.

En su biblioteca, que ya se acerca a los 300 titulos, está la filosofía de Giordano Bruno, de Sófocles, Platón, Carlos Marx, Hegel, Descartes, la lista puede ser interminable.

Admite que siempre quiso profundizar sobre el origen de las cosas y sobre el propósito del hombre en el mundo. Ese mismo deseo está latente en su versos floridos y repletos de puyas a la sociedad y a la juventud de estos tiempos.

"Persevero por que haya un cambio radical en la educación de la niñez y la juventud", sostiene la poetisa llanera, que ha visitado varios países de Latinoamérica, gracias a su literatura.

"El público me exigía cuando declamaba que les dejara algo escrito". A sus 81 años tiene dos libros y un cuatro de ausencia y melancolía en el carboncillo de su lápiz.
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