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España: el falso paraíso

      
<p>El sueño de viajar y establecerse en tierras extranjeras ronda día a día la mente de cientos de colombianos, que con la esperanza de tener un mejor futuro y unas condiciones laborales y económicas más dignas, viajan de forma ilegal, al exponerse a numerosos riesgos.<br/><br/>Se emplean incluso en trabajos que están por debajo de su nivel académico y laboral. Para estos soñadores todo es válido a la hora de lograr su objetivo, sin embargo y para desgracia de muchos, las cosas no siempre salen como las planean.<br/><br/>Héctor Paniagua es uno de esos emigrantes que un día cualquiera decidió darle un rumbo distinto a su vida. Este hombre, de 48 años, contextura delgada, estatura mediana, aspecto amable y sencillo, delantal blanquísimo que contrasta con sus manos ennegrecidas por la tierra de las frutas y verduras que vende con magistral habilidad, se pone a punto para contar la historia de una plaza, pero al tiempo para narrar la historia de su vida.<br/><br/>Aproximadamente 38 años son los que tiene la plaza de la América, en el Occidente de Medellín, y Héctor ha vivido allí tres décadas. Durante las vacaciones, cuando tenía 14 años, viajaba desde Fredonia, en el Suroeste antioqueño, hacía Medellín para trabajar con sus tíos Ángel y Ramón Paniagua en la Plaza Cisneros, en el centro de la ciudad.<br/><br/>Cuando ésta se incendió, Ramón trasladó su puesto de trabajo a la naciente Plaza de La América, mientras que Héctor, una vez terminó su bachillerato en Fredonia, siguió sus estudios de apicultura y porcicultura en el SENA. Éramos muy pobres, vivíamos con mis diez hermanos trabajando en la finca de mi abuelo, pero él murió y allí no había posibilidades de nada. Nos vinimos para Medellín y compramos un lote en Envigado", cuenta Héctor.</p><p>Aunque a Héctor no le gustaba vender, era eso o dedicarse a la construcción. Así, en 1975 empezó a trabajar de lleno en la plaza. Todo era legumbrería, había una bodega grande de descarga, llegaban y salían camiones para diferentes sitios del departamento.<br/><br/>Trabajaba duro, pues debía llevar dinero a su casa, dado que era el mayor de sus hermanos. Pudo ahorrar y, en 1978, compró su primer puesto: el local 226 que le costó unos 7 pesos. Luego adquirió el número 227. Su negocio y sus sueños se expandieron de manera rápida.<br/><br/><br/><br/><strong>Un giro radical</strong></p><p><strong></strong><br/>No me voy a quedar toda la vida vendiendo plátanos y yucas, fue la idea que rondó la mente de Héctor, la misma que lo impulsó a dejar sus puestos en manos de su padre y hermanos y tomar, en 2001, una excursión a España, la que pagó con el dinero de la venta de su carro. Se escapó de la excursión y se reunió con unos amigos en Andalucía.<br/><br/>Hasta 1999, el crecimiento de emigrantes fue muy lento, pero durante el año 2000, el número se duplicó y se aceleró.<br/><br/>Al principió me costó mucho, afirma Héctor, al recordar que duró dos meses sin empleo, pues estaba en un país desconocido y los ahorros se le agotaron con el pasar de los días. Le pidió ayuda a un sacerdote de Lucena y un día cualquiera lo recogieron a las 10 de la mañana.<br/><br/>Su destino fue Córdoba. Era un pueblo blanquito. Todas las casas igualitas, como un cementerio. Era el único extranjero en ese pueblo. Todos me decían moro, creían que era marroquí. Me buscaron una casa cerca de un castillo árabe abandonado y los familiares de mis patrones me dieron nevera, fogón, ollas y una cama.<br/><br/>Según Adital noticias, cifras de enero de 2006 revelan que un 8,5 por ciento de la población de España es extranjera y uno de los flujos migratorios que en tiempos recientes ha contribuido a este aumento es el de los colombianos, situado en el cuarto lugar.<br/><br/>Héctor comenzó a recoger aceitunas en plena estación invernal. El primer mes fue muy duro. No entendía nada, me aburría porque me regañaban mucho, pero me regalaban mucha comida: pan, jamón, aceite de oliva y vino, lo típico de allá.<br/><br/>A pesar de lo extenuante de su trabajo se quedó un año. Sus jefes le ofrecieron empleo en las vendimias (cultivos de uvas), pero quería trabajar en la ciudad y se empleó durante siete meses en un aserrío en Málaga.<br/><br/>Nos explotaban mucho. Trabajaba con nigerianos. Era al único que me explicaban las cosas verbalmente. A los demás lo hacían con dibujos en un cuaderno. Vivía en una casa con peruanos y ecuatorianos, unos ocho desconocidos compartiendo un baño, una cocina… El grupo de emigrantes estaba compuesto en su mayoría por adultos, todos jóvenes (mujeres y hombres), con un nivel medio de educación.<br/><br/><br/><br/><strong>De regreso</strong></p><p><strong></strong><br/>La nostalgia de patria, sumada a las largas jornadas laborales y al estilo de vida español, bastante diferente al colombiano, influyeron en la decisión de regresar. Tras emplearse 15 días en una pizzería, Héctor volvió a Colombia en 2003, con la firme idea de trabajar en sus puestos y en la cooperativa Cooplaza. Así, en 2004, compró los locales 228 y 229.<br/><br/>Héctor se reunió con su familia, su esposa y sus dos hijas. Ahora aprecio más lo que tengo, aprendí mucho de la cultura española y trato de aplicar muchas cosas de ella como la rigurosidad, el manejo del tiempo, el orden y la disciplina para todo lo que hago".<br/><br/>Este hombre de origen campesino cumplió su sueño aventurero, pues en su travesía conoció la Costa del Sol e incluso Cuba. En España vivió alrededor de dos años como inmigrante y salió airoso para contarlo. Hizo amigos con los cuales aún se comunica por medio de cartas. Hasta le han hecho ofertas laborales.<br/><br/>Experimentó la ardua labor en tierras desconocidas y bajo extrañas costumbres. Además, comprobó que es preferible vender plátanos y yucas en su propio negocio y bajo sus propias reglas, pues como reza el viejo adagio y como los afirma Héctor: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.<br/><br/>Este hombre lo supo y lo pudo recuperar a tiempo. Hoy atiende sus cuatro locales de la galería número 7 en la Plaza de la América. </p><p></p>

El sueño de viajar y establecerse en tierras extranjeras ronda día a día la mente de cientos de colombianos, que con la esperanza de tener un mejor futuro y unas condiciones laborales y económicas más dignas, viajan de forma ilegal, al exponerse a numerosos riesgos.

Se emplean incluso en trabajos que están por debajo de su nivel académico y laboral. Para estos soñadores todo es válido a la hora de lograr su objetivo, sin embargo y para desgracia de muchos, las cosas no siempre salen como las planean.

Héctor Paniagua es uno de esos emigrantes que un día cualquiera decidió darle un rumbo distinto a su vida. Este hombre, de 48 años, contextura delgada, estatura mediana, aspecto amable y sencillo, delantal blanquísimo que contrasta con sus manos ennegrecidas por la tierra de las frutas y verduras que vende con magistral habilidad, se pone a punto para contar la historia de una plaza, pero al tiempo para narrar la historia de su vida.

Aproximadamente 38 años son los que tiene la plaza de la América, en el Occidente de Medellín, y Héctor ha vivido allí tres décadas. Durante las vacaciones, cuando tenía 14 años, viajaba desde Fredonia, en el Suroeste antioqueño, hacía Medellín para trabajar con sus tíos Ángel y Ramón Paniagua en la Plaza Cisneros, en el centro de la ciudad.

Cuando ésta se incendió, Ramón trasladó su puesto de trabajo a la naciente Plaza de La América, mientras que Héctor, una vez terminó su bachillerato en Fredonia, siguió sus estudios de apicultura y porcicultura en el SENA. "Éramos muy pobres, vivíamos con mis diez hermanos trabajando en la finca de mi abuelo, pero él murió y allí no había posibilidades de nada. Nos vinimos para Medellín y compramos un lote en Envigado", cuenta Héctor.

Aunque a Héctor no le gustaba vender, era eso o dedicarse a la construcción. Así, en 1975 empezó a trabajar de lleno en la plaza. "Todo era legumbrería, había una bodega grande de descarga, llegaban y salían camiones para diferentes sitios del departamento".

Trabajaba duro, pues debía llevar dinero a su casa, dado que era el mayor de sus hermanos. Pudo ahorrar y, en 1978, compró su primer puesto: el local 226 que le costó unos 7 pesos. Luego adquirió el número 227. Su negocio y sus sueños se expandieron de manera rápida.



Un giro radical


"No me voy a quedar toda la vida vendiendo plátanos y yucas", fue la idea que rondó la mente de Héctor, la misma que lo impulsó a dejar sus puestos en manos de su padre y hermanos y tomar, en 2001, una excursión a España, la que pagó con el dinero de la venta de su carro. Se escapó de la excursión y se reunió con unos amigos en Andalucía.

Hasta 1999, el crecimiento de emigrantes fue muy lento, pero durante el año 2000, el número se duplicó y se aceleró.

"Al principió me costó mucho", afirma Héctor, al recordar que duró dos meses sin empleo, pues estaba en un país desconocido y los ahorros se le agotaron con el pasar de los días. Le pidió ayuda a un sacerdote de Lucena y un día cualquiera lo recogieron a las 10 de la mañana.

Su destino fue Córdoba. "Era un pueblo blanquito. Todas las casas igualitas, como un cementerio. Era el único extranjero en ese pueblo. Todos me decían moro, creían que era marroquí. Me buscaron una casa cerca de un castillo árabe abandonado y los familiares de mis patrones me dieron nevera, fogón, ollas y una cama".

Según Adital noticias, cifras de enero de 2006 revelan que un 8,5 por ciento de la población de España es extranjera y uno de los flujos migratorios que en tiempos recientes ha contribuido a este aumento es el de los colombianos, situado en el cuarto lugar.

Héctor comenzó a recoger aceitunas en plena estación invernal. "El primer mes fue muy duro. No entendía nada, me aburría porque me regañaban mucho, pero me regalaban mucha comida: pan, jamón, aceite de oliva y vino, lo típico de allá".

A pesar de lo extenuante de su trabajo se quedó un año. Sus jefes le ofrecieron empleo en las vendimias (cultivos de uvas), pero quería trabajar en la ciudad y se empleó durante siete meses en un aserrío en Málaga.

"Nos explotaban mucho. Trabajaba con nigerianos. Era al único que me explicaban las cosas verbalmente. A los demás lo hacían con dibujos en un cuaderno. Vivía en una casa con peruanos y ecuatorianos, unos ocho desconocidos compartiendo un baño, una cocina…" El grupo de emigrantes estaba compuesto en su mayoría por adultos, todos jóvenes (mujeres y hombres), con un nivel medio de educación.



De regreso


La nostalgia de patria, sumada a las largas jornadas laborales y al estilo de vida español, bastante diferente al colombiano, influyeron en la decisión de regresar. Tras emplearse 15 días en una pizzería, Héctor volvió a Colombia en 2003, con la firme idea de trabajar en sus puestos y en la cooperativa Cooplaza. Así, en 2004, compró los locales 228 y 229.

Héctor se reunió con su familia, su esposa y sus dos hijas. "Ahora aprecio más lo que tengo, aprendí mucho de la cultura española y trato de aplicar muchas cosas de ella como la rigurosidad, el manejo del tiempo, el orden y la disciplina para todo lo que hago".

Este hombre de origen campesino cumplió su sueño aventurero, pues en su travesía conoció la Costa del Sol e incluso Cuba. En España vivió alrededor de dos años como inmigrante y salió airoso para contarlo. Hizo amigos con los cuales aún se comunica por medio de cartas. Hasta le han hecho ofertas laborales.

Experimentó la ardua labor en tierras desconocidas y bajo extrañas costumbres. Además, comprobó que es preferible vender plátanos y yucas en su propio negocio y bajo sus propias reglas, pues como reza el viejo adagio y como los afirma Héctor: "nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde".

Este hombre lo supo y lo pudo recuperar a tiempo. Hoy atiende sus cuatro locales de la galería número 7 en la Plaza de la América.

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