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Monserrate, patrimonio mayor de Bogotá

      
Secretaría Distrital de Cultura, Recración y Deporte. Por Gloria Inés Peláez, Observatorio de Culturas
Secretaría Distrital de Cultura, Recración y Deporte. Por Gloria Inés Peláez, Observatorio de Culturas
Coronando uno de los Cerros tutelares de Bogotá, al que los muiscas llamaban “la pata del abuelo”, se emplaza el santuario de Monserrate como una imagen que identifica la ciudad, simple en sus formas cuando lo miramos desde lejos pero lleno de significados y ofrecimientos a sus visitantes. Monserrate no sólo identifica el presente de la ciudad: es también la muestra viva de un pasado que podría remontarse a los tiempos de la Colonia y que algunos intuyen se mezcla con olvidadas tradiciones indígenas.

La construcción del santuario como lo observamos hoy, tiene su origen en el año 1.650 cuando se construyó una capilla en los Cerros dedicada a la “Virgen Morena de Monserrate”, a semejanza de un santuario que todavía existe en una cadena montañosa de Barcelona, con el mismo nombre. Para acompañar a la virgen, se encargó a Don Pedro de Lugo y Albarracín la escultura del “Santo Cristo caído a los azotes y clavado en la Cruz”, quien recibió por su trabajo 40 patacones. Contigua a la capilla existía un convento de los monjes Recoletos de San Agustín. La capilla posteriormente fue destruida por un terremoto en 1.917. Se volvería a construir en 1.925, en esta oportunidad con la participación de los peregrinos que subían el cerro, quienes portaban un ladrillo como donación para su construcción, y finalmente el santuario de estilo neogótico que observamos en los Cerros.

Ubicado a una altura de 3.152 metros sobre el nivel del mar, esta iglesia está rodeada de una vegetación alta y cerrada de bosque andino. Por el acceso difícil que le dan esas condiciones naturales, se allanó el camino que usaron antaño los peregrinos, y actualmente también se cuenta con la comodidad del teleférico y el funicular como medio para integrarse al paisaje, en un empinado pero fascinante recorrido hacia la cumbre.

Las condiciones del paisaje y la altura constituyen una atracción para el visitante, como sin duda lo fue también en los tiempos de la Colonia. No es casual que en el s. XVII se determinara ubicar allí un santuario, en el lugar que debió ser espacio sagrado para los indígenas. Fue una estrategia de colonización que aprovechaba los espacios sacralizados de los nativos para erigir iglesias.

Esta preferencia indígena por las alturas obedece a que las montañas y las lagunas han ocupado un lugar de privilegio en las creencias y prácticas rituales del mundo andino, al ser concebidas como moradas de divinidades y espíritus ancestrales, asociadas con la fertilidad y las lluvias. De Monserrate provenían muchos ríos y nacimientos de agua que corrían y atravesaban el emplazamiento de la antigua Santa Fe de Bogotá.

Hoy Monserrate es un legado del pasado y se constituye en un patrimonio cultural al que se le atribuye especial interés histórico, pero también nos representa como emblema de la ciudad moderna, de la misma manera como El Cristo Redentor del Corcovado identifica a Río de Janeiro, la estatua de la Libertad a Nueva York, incluso la Torre Eiffel a París. No es ajeno para nadie que Monserrate relaciona de inmediato el imaginario con Bogotá.

Por el sendero de los peregrinos

Quienes no quieren subir al Santuario por medios mecánicos, ya sea teleférico o funicular, lo pueden hacer a través del sendero de los peregrinos. Los caminantes se aventuran a subir el cerro, muchas veces con la ganancia de obtener el favor santo que les procura la penitencia. Un sendero que se encuentra habilitado desde el pasado 17 de noviembre, cuando fue entregado por la Alcaldesa Mayor (D) Clara López Obregón, en compañía de las autoridades distritales y eclesiásticas.

En cumplimiento de una promesa, algunos con estatuillas de cera como ofrendas, o con maíz en los zapatos, suben a semejanza del “Señor Caído camino a la Cruz”, los 3 kilómetros del sendero. Otros hacen el recorrido como una práctica deportiva que les fortifica el cuerpo y los prepara, muy temprano en la mañana para sus actividades cotidianas. O simplemente es el paseo familiar que permite gozar del ascenso para llegar al mirador desde donde se divisa toda la inmensidad bogotana.

Cuatro siglos de peregrinación, sin embargo, se interrumpieron por derrumbes en el camino que obligaron a efectuar una estabilización de tierras y tratamiento de aguas. Más de dos largos años en que turistas y habitantes de la ciudad se han visto obligados a interrumpir su ascenso.

Para entrega de la ciudadanía, el trayecto del camino que le corresponde mantener y cuidar al Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) ha sido intervenido con la canalización de aguas, adoquín, barreras de contención de tierras y rediseño del paisaje, con la siembra de 450 plantas de 19 especies nativas y 1.500 unidades de 6 especies diferentes de plantas de jardín.

Monserrate representa el pasado de una Bogotá primitiva y aldeana que se renueva constantemente y adquiere nuevas representaciones; y hoy se mantiene como el mayor símbolo de una ciudad cosmopolita y diversa, pero también apegada a las tradiciones. De allí la gran responsabilidad de todos de mantener toda la belleza del Cerro, con todo su vigor y la capacidad de seguir sirviendo de punto turístico, religioso y hasta de práctica recreo-deportiva a todos aquellos que lo visitan cada domingo.


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