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Noticias

Personajes de la Universidad del Rosario

      
<b>El recuerdo de una fe que aún se siente</b><br/><br/>En los oídos de Leonidas Muet, hoy auxiliar de Capellanía del Claustro, aún resuena el estridente ruido de las máquinas de escribir, en las cuales los estudiantes de la década de los 70 hacían sus trabajos de clase, mezclado con el eco de los gritos de júbilo estudiantil, cuando llegó el primer computador al Claustro.<br/><br/> Por algunos momentos comprime sus manos y cierra los ojos, proyectando la nostalgia propia de quien evoca una época a la que aún sigue atado. Abre los ojos para retornar al presente y preguntar que cómo es posible, ahora, encontrar en los almacenes pantalones rotos. <br/><br/> Yo pensé que los muchachos los rompían, no que los compraban así, expresa. Se devuelve de nuevo a otra época, mientras describe emocionado el vestuario pulcro de los estudiantes rosaristas y el peluqueado obligatorio de ese entonces, aclarando que, pese al choque experimentado con la variación de la moda, los rosaristas de hoy siguen reluciendo por su preparación académica. <br/><br/> 40 años en la institución le dan autoridad de sabio para aludir a los hábitos propios del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, cuando era un internado. Los estudiantes debían cumplir unos horarios: se levantaban a las 5 de la mañana, asistían a misa todos los días y debían acostarse a las 9 de la noche. Además, agrega que en el momento de las comidas diarias siempre había una persona leyendo pasajes de la Biblia.<br/><br/> Él tiene claro el protagonismo del Rosario en la vida pública del país, pero resalta que los estudiantes siempre se han manifestado de forma pacífica, sin ninguna actitud revolucionaria. <br/><br/> La rotación por diferentes áreas de la Universidad como la cafetería, servicios generales y, en la actualidad, la Capellanía, le ha permitido a Leonidas acercarse a los estudiantes de las diferentes generaciones, de quienes destaca - independientemente de su forma de vestir, de la moda, del peinado y de otros detalles - el pacifismo, el respeto y la visión de país, promulgadas por cada una de las promociones del Rosario. <br/><br/><b><br/>Campana, chocolate y corbartín</b><br/><br/> Para los estudiantes contemporáneos resultaría irrisorio pensar que los rosaristas de antaño asistían a clase uniformados con corbatín y saco azul. No obstante, don Felipito, como es llamado cariñosamente el actual auxiliar de la Gerencia Comercial y de Mercadeo, Felipe Chala, describe la distinción propia otorgada por esta indumentaria. Los estudiantes llegaban a la universidad elegantes, bien peluqueados, afirma. <br/><br/> Él fija la mirada en un solo punto como recorriendo cada escena del pasado, hasta terminar en la campana, esa que anunciaba el término de las clases en la década de los 70 y de los 80. Don Felipe recuerda que él fue el encargado en alguna época de tocarla y confiesa con una sonrisa, que en algunas ocasiones olvidaba tocarla a tiempo, lo cual despertaba malestar en los estudiantes y en los profesores, quienes optaban por salir a recordarle que ya había terminado la clase. <br/><br/> Esa misma campana fue la que un día cayó, cuando don Felipito iba a anunciar el cambio de clase. Esboza una sonrisa al recordarlo, pero inmediatamente adquiere una expresión seria, pues agrega que, por su peso, (aproximadamente dos arrobas) podría haber lesionado a alguien que pasara. <br/><br/> Por fortuna, el corredor estaba desierto. Ese fue el final literal de la campana, porque, pese a que el rector la reemplazó, el sonido jamás fue igual al anterior. Ello llevó a la institución a prescindir de esta herramienta. El sonido fúnebre de la muerte de la campana, se pierde con el aroma del chocolate santafereño. Sí, ese que, según Felipe, caracterizaba los desayunos de la Semana Rosarista realizada en octubre que, aunque hoy sobrevive, ha cambiado sus rituales. <br/><br/> Con ella, retornan a la memoria los cánticos de las tunas y todas las programaciones culturales desarrolladas en esta época. Hoy, don Felipito, después de 36 años de trabajo en la universidad, toma café, en vez de chocolate, y entiende que las salidas de clase dependen de la hora y del flujo de personal. No obstante, aún escucha el sonar de la campana y aspira el aroma del chocolate santafereño, con los cuales matiza el presente, ratificando que puede definirse como un auténtico Nova et Vetera, pues así como el Claustro acogió sus nuevas sedes, el adoptó costumbres contemporáneas, sin desprenderse de la tradición. <br/><br/><b><br/>29 años para recordar egresados</b><br/><br/> Sofía Piedrahita, una de las empleadas más recordadas por los egresados, estuvo 29 años prestándole servicios al Colegio Mayor. Aquí, numerosos estudiantes la conocieron y hoy la recuerdan por su atención constante en los cargos que ocupó. Sofía, a su vez, tuvo la oportunidad de interactuar con los estudiantes, a quienes recuerda por sus personalidades y por el recorrido en la institución de algunos de ellos. <br/><br/> Doña Sofía fue, en la primera etapa de su labor rosarista, la administradora de la cafetería de la universidad. Posteriormente, y hasta el año de su retiro, trabajó en servicios generales. Dice que fueron tantas anécdotas que difícilmente podría recordarlas todas, pero que, sin duda, lo más destacable fue el trato con los rectores y con los demás funcionarios del Rosario. <br/><br/> Sofía Piedrahita ayudó a criar a cientos de estudiantes que pasaron por los pasillos de esta institución en las tres décadas de su labor, tanto así que recuerda a Hans Peter Knudsen, primero como estudiante y luego como rector. <br/><br/> De Andrés Pastrana Arango evoca la inquietud que lo caracterizaba. A los egresados, Sofía les desea lo mejor de la vida y los felicita por su paso por la Universidad del Rosario, es una verdadera dicha. <br/><br/> Su mayor deseo para este encuentro de profesionales rosaristas es tener una foto de todos aquellos que conoció. En cuanto a los estudiantes que están actualmente en la Universidad, afirma que entrar al Rosario fue la mejor decisión. <br/><br/><b><br/>30 años de Gloria</b><br/><br/> Al rector, al vicerrector, al síndico y al decano del Medio Universitario, entre otros, los conozco desde que eran muy jóvenes, así recuerda Gloria Cuevas, aquellas épocas cuando la Universidad del Rosario contaba, en promedio, con 700 estudiantes y todo el mundo se conocía entre sí. <br/><br/> Hoy, casi 30 años después de su ingreso a esta institución, se ha desempeñado como secretaria de la Facultad de Administración y Economía - cuando éstas eran todavía una sola facultad - como secretaria de la Facultad de Administración, como supernumeraria, como secretaria en el departamento de presupuesto y de cartera y, en la actualidad, como coordinadora de planta física. Durante este periodo ha visto cómo el Rosario pasó a ser una universidad de siete mil estudiantes que se proyecta a futuro. <br/><br/> No le teme al cambio, de hecho, es una mujer que se mantiene radiante y enterada de las últimas tendencias de la moda. Sus tacones y su excelente forma de vestir dejan ver que se acopla fácilmente a la vanguardia de la época. Por esa razón, cuando se le pregunta qué piensa acerca del nuevo campus alterno del Rosario, responde con convicción que es necesario, si la universidad quiere perdurar en el tiempo. <br/><br/> Nostalgia, eso sentiré el día que deje de recorrer los pasillos de este Claustro, que han hecho parte de mi vida, pero eso no me detendrá para acompañar a la Universidad en esta nueva etapa, agrega. <br/><br/> Recibe un código por su radio teléfono al cual responde con mucha agilidad, le timbra el teléfono celular y contesta una llamada. Hace 30 años quién iba a pensar que estos aparatos iban a ser mis principales herramientas de trabajo, yo manejaba una máquina de escribir y un montón de archivos. <br/><br/> Al final de la tarde, la vienen a buscar porque tiene una reunión. Se despide con una amplia sonrisa como evidencia de que, después de tanto tiempo, se goza lo que hace. No en vano, el próximo 7 de julio cumplirá 30 años de estar vinculada al Rosario, ese día, espera poder hacer sonar las copas y decir ¡salud!, por otros 30 años más de gloria. <b><br/><br/></b><b><br/>Toda una vida siendo rosarista</b><br/><br/> Durante 33 años Inés Román trabajó en varias dependencias de la Universidad del Rosario, y son muchos los invaluables recuerdos que acumuló en su tiempo de labor. Inés inició su trabajo en la universidad en 1973, siendo secretaria del decano de la Facultad de Jurisprudencia. Después de ser secretaria general de postgrados, desempeñó una destacable tarea como secretaria del rector Álvaro Tafur. <br/><br/> Inés recuerda que era muy lindo en todo sentido. Era, sin duda, todo un personaje. De la rectoría Inés pasó a ser la jefe de archivo y correspondencia, dependencia de la cual fue responsable durante 11 años. La recién creada Oficina de Cartera fue su siguiente departamento, estando seis años bajo su mando. Su largo tiempo de labor en la institución concluyó en Desarrollo Humano, donde fue encargada de los trámites de hojas de vida. <br/><br/> Inesita recuerda con mucho cariño el primer Seminario Internacional de Derecho Administrativo, pues fue un evento que ella ayudó a organizar y representó una agradable experiencia para todos. <br/><br/> Además de ceremonias, fiestas de secretarias y eventos como el seminario de derecho, recuerda algunos sustos que pasó trabajando de noche en la oficina de Jurisprudencia: sonidos extraños interrumpían su trabajo de repente, eran golpes o como si alguien estuviera barriendo, pero cuando se asomaba para revisar no había un alma en el lugar. Momentos como ése hicieron parte de los seis lustros de trabajo constante y comprometido de Inés. <br/><br/> Además de Álvaro Tafur, para Inés algunos personajes inolvidables fueron el ilustre y respetado Antonio Rocha Alvira, el rector Holguín, Eduardo Campo Soto (Consejero de Estado) y, claro, Andrés Pastrana, egresado célebre muy querido por ella. Otros estudiantes que menciona Inés con afecto son Gustavo Combatt (ex síndico de la universidad), Consuelo Sarria, Gabriel Silgado (actual Decano del Medio Universitario) y, por supuesto, Hans Peter Knudsen. <br/><br/> Inés desea encontrarse con todos los egresados, esperando volver a ver las tantas caras que conoció trabajando en la Universidad. Ahora, que no está en contacto directo con los estudiantes rosaristas, quiere recalcarles a todos la importancia de conservar las enseñanzas de los funcionarios y de los profesores. <br/><br/> La humildad y sobre todo la honestidad -valor que se ha perdido tanto últimamente- son principios que siempre deben estar presentes en los miembros de la comunidad rosarista, dice Inés enfáticamente. <br/><br/><b><br/>Las travesuras de Leopoldo en el Colegio de Primaria y Bachillerato</b><br/><br/> En la época de colegio siempre existe un cómplice estudiantil, aquel que infiltra los objetos olvidados, el que hace favores prohibidos y quien, de vez en cuando, avala una escapadita de clase. Esta es la descripción apropiada para Leopoldo Montes quien, gracias a su labor de portero en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y por el afecto a los estudiantes, siempre trató de complacerlos. <br/><br/> El paisita Montes, como lo llamaban cariñosamente los alumnos, ríe con un poco de vergüenza, al confesar que un día dejó salir a unos estudiantes que le rogaban ayuda para ello. Los muchachos, muy cumplidos, volvieron con un yogurt y una empanada para Leopoldo, quien agradecido se comió su fiambre, sin saber que los estudiantes le habían traído un yogurt vencido para gastarle una broma, por garoso, así se lo dijeron, mientras se reían al ver su cara pálida. <br/><br/> En fin…el yogurt generó un tremendo malestar estomacal al paisita, quien debió ausentarse de su puesto y, por ende, recibió un fuerte regaño del director de ese entonces. Aunque le confesó que estaba enfermo, jamás se atrevió a decirle el motivo. Leopoldo aprendió la lección. <br/><br/> Sin embargo, esto no lo hizo desistir de llevarle a los estudiantes los cuadernos olvidados, las onces, los zapatos de tennis… Tampoco dejó de comprarle pan a algunos costeños que le pedían ese favor todas las mañanas. <br/><br/> Don Leopoldo disfrutaba la salida a vacaciones de los estudiantes y el retorno de éstos, pues, cuando se iban, el colegio tomaba un matiz de almacén. Los muchachos sacaban sus cobijas o sus colchones y nos los vendían a bajo precio, porque de regreso traerían unos nuevos para sus cuartos. El retorno de ellos a la institución también era muy gratificante. Los estudiantes costeños nos traían queso de sus tierras, además de otros detalles de todo el país, comenta. <br/><br/> Hoy, desde la oficina de archivo de la Quinta de Mutis (lugar donde antes funcionaba el colegio) evoca estas escenas, mezclándolas con carcajadas de complacencia, pues afirma que en los últimos años al recibir la visita de algunos egresados, se vislumbra en sus conversaciones la misma confianza y complicidad de antaño.
El recuerdo de una fe que aún se siente

En los oídos de Leonidas Muet, hoy auxiliar de Capellanía del Claustro, aún resuena el estridente ruido de las máquinas de escribir, en las cuales los estudiantes de la década de los 70 hacían sus trabajos de clase, mezclado con el eco de los gritos de júbilo estudiantil, cuando llegó el primer computador al Claustro.

Por algunos momentos comprime sus manos y cierra los ojos, proyectando la nostalgia propia de quien evoca una época a la que aún sigue atado. Abre los ojos para retornar al presente y preguntar que cómo es posible, ahora, encontrar en los almacenes pantalones rotos.

"Yo pensé que los muchachos los rompían, no que los compraban así", expresa. Se devuelve de nuevo a otra época, mientras describe emocionado el vestuario pulcro de los estudiantes rosaristas y el peluqueado obligatorio de ese entonces, aclarando que, pese al choque experimentado con la variación de la moda, los rosaristas de hoy siguen reluciendo por su preparación académica.

40 años en la institución le dan autoridad de sabio para aludir a los hábitos propios del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, cuando era un internado. "Los estudiantes debían cumplir unos horarios: se levantaban a las 5 de la mañana, asistían a misa todos los días y debían acostarse a las 9 de la noche". Además, agrega que en el momento de las comidas diarias siempre había una persona leyendo pasajes de la Biblia.

Él tiene claro el protagonismo del Rosario en la vida pública del país, pero resalta que los estudiantes siempre se han manifestado de forma pacífica, sin ninguna actitud revolucionaria.

La rotación por diferentes áreas de la Universidad como la cafetería, servicios generales y, en la actualidad, la Capellanía, le ha permitido a Leonidas acercarse a los estudiantes de las diferentes generaciones, de quienes destaca - independientemente de su forma de vestir, de la moda, del peinado y de otros detalles - el pacifismo, el respeto y la visión de país, promulgadas por cada una de las promociones del Rosario.


Campana, chocolate y corbartín


Para los estudiantes contemporáneos resultaría irrisorio pensar que los rosaristas de antaño asistían a clase uniformados con corbatín y saco azul. No obstante, "don Felipito", como es llamado cariñosamente el actual auxiliar de la Gerencia Comercial y de Mercadeo, Felipe Chala, describe la distinción propia otorgada por esta indumentaria. "Los estudiantes llegaban a la universidad elegantes, bien peluqueados", afirma.

Él fija la mirada en un solo punto como recorriendo cada escena del pasado, hasta terminar en la campana, esa que anunciaba el término de las clases en la década de los 70 y de los 80. Don Felipe recuerda que él fue el encargado en alguna época de tocarla y confiesa con una sonrisa, que en algunas ocasiones olvidaba tocarla a tiempo, lo cual despertaba malestar en los estudiantes y en los profesores, quienes optaban por salir a recordarle que ya había terminado la clase.

Esa misma campana fue la que un día cayó, cuando "don Felipito" iba a anunciar el cambio de clase. Esboza una sonrisa al recordarlo, pero inmediatamente adquiere una expresión seria, pues agrega que, por su peso, (aproximadamente dos arrobas) podría haber lesionado a alguien que pasara.

Por fortuna, el corredor estaba desierto. Ese fue el final literal de la campana, porque, pese a que el rector la reemplazó, el sonido jamás fue igual al anterior. Ello llevó a la institución a prescindir de esta herramienta. El sonido fúnebre de la muerte de la campana, se pierde con el aroma del chocolate santafereño. Sí, ese que, según Felipe, caracterizaba los desayunos de la Semana Rosarista realizada en octubre que, aunque hoy sobrevive, ha cambiado sus rituales.

Con ella, retornan a la memoria los cánticos de las tunas y todas las programaciones culturales desarrolladas en esta época. Hoy, "don Felipito", después de 36 años de trabajo en la universidad, toma café, en vez de chocolate, y entiende que las salidas de clase dependen de la hora y del flujo de personal. No obstante, aún escucha el sonar de la campana y aspira el aroma del chocolate santafereño, con los cuales matiza el presente, ratificando que puede definirse como un auténtico "Nova et Vetera", pues así como el Claustro acogió sus nuevas sedes, el adoptó costumbres contemporáneas, sin desprenderse de la tradición.


29 años para recordar egresados


Sofía Piedrahita, una de las empleadas más recordadas por los egresados, estuvo 29 años prestándole servicios al Colegio Mayor. Aquí, numerosos estudiantes la conocieron y hoy la recuerdan por su atención constante en los cargos que ocupó. Sofía, a su vez, tuvo la oportunidad de interactuar con los estudiantes, a quienes recuerda por sus personalidades y por el recorrido en la institución de algunos de ellos.

Doña Sofía fue, en la primera etapa de su labor rosarista, la administradora de la cafetería de la universidad. Posteriormente, y hasta el año de su retiro, trabajó en servicios generales. Dice que fueron tantas anécdotas que difícilmente podría recordarlas todas, pero que, sin duda, lo más destacable fue el trato con los rectores y con los demás funcionarios del Rosario.

Sofía Piedrahita ayudó a "criar" a cientos de estudiantes que pasaron por los pasillos de esta institución en las tres décadas de su labor, tanto así que recuerda a Hans Peter Knudsen, primero como estudiante y luego como rector.

De Andrés Pastrana Arango evoca la inquietud que lo caracterizaba. A los egresados, Sofía les desea lo mejor de la vida y los felicita por su paso por la Universidad del Rosario, "es una verdadera dicha".

Su mayor deseo para este encuentro de profesionales rosaristas es tener una foto de todos aquellos que conoció. En cuanto a los estudiantes que están actualmente en la Universidad, afirma que entrar al Rosario fue "la mejor decisión".


30 años de Gloria


"Al rector, al vicerrector, al síndico y al decano del Medio Universitario, entre otros, los conozco desde que eran muy jóvenes", así recuerda Gloria Cuevas, aquellas épocas cuando la Universidad del Rosario contaba, en promedio, con 700 estudiantes y todo el mundo se conocía entre sí.

Hoy, casi 30 años después de su ingreso a esta institución, se ha desempeñado como secretaria de la Facultad de Administración y Economía - cuando éstas eran todavía una sola facultad - como secretaria de la Facultad de Administración, como supernumeraria, como secretaria en el departamento de presupuesto y de cartera y, en la actualidad, como coordinadora de planta física. Durante este periodo ha visto cómo el Rosario pasó a ser una universidad de siete mil estudiantes que se proyecta a futuro.

No le teme al cambio, de hecho, es una mujer que se mantiene radiante y enterada de las últimas tendencias de la moda. Sus tacones y su excelente forma de vestir dejan ver que se acopla fácilmente a la vanguardia de la época. Por esa razón, cuando se le pregunta qué piensa acerca del nuevo campus alterno del Rosario, responde con convicción que es necesario, si la universidad quiere perdurar en el tiempo.

"Nostalgia, eso sentiré el día que deje de recorrer los pasillos de este Claustro, que han hecho parte de mi vida, pero eso no me detendrá para acompañar a la Universidad en esta nueva etapa", agrega.

Recibe un código por su radio teléfono al cual responde con mucha agilidad, le timbra el teléfono celular y contesta una llamada. "Hace 30 años quién iba a pensar que estos aparatos iban a ser mis principales herramientas de trabajo, yo manejaba una máquina de escribir y un montón de archivos".

Al final de la tarde, la vienen a buscar porque tiene una reunión. Se despide con una amplia sonrisa como evidencia de que, después de tanto tiempo, se goza lo que hace. No en vano, el próximo 7 de julio cumplirá 30 años de estar vinculada al Rosario, ese día, espera poder hacer sonar las copas y decir ¡salud!, por otros 30 años más de gloria.


Toda una vida siendo rosarista


Durante 33 años Inés Román trabajó en varias dependencias de la Universidad del Rosario, y son muchos los invaluables recuerdos que acumuló en su tiempo de labor. Inés inició su trabajo en la universidad en 1973, siendo secretaria del decano de la Facultad de Jurisprudencia. Después de ser secretaria general de postgrados, desempeñó una destacable tarea como secretaria del rector Álvaro Tafur.

Inés recuerda que era "muy lindo en todo sentido. Era, sin duda, todo un personaje". De la rectoría Inés pasó a ser la jefe de archivo y correspondencia, dependencia de la cual fue responsable durante 11 años. La recién creada Oficina de Cartera fue su siguiente departamento, estando seis años bajo su mando. Su largo tiempo de labor en la institución concluyó en Desarrollo Humano, donde fue encargada de los trámites de hojas de vida.

"Inesita" recuerda con mucho cariño el primer Seminario Internacional de Derecho Administrativo, pues fue un evento que ella ayudó a organizar y representó una agradable experiencia para todos.

Además de ceremonias, fiestas de secretarias y eventos como el seminario de derecho, recuerda algunos sustos que pasó trabajando de noche en la oficina de Jurisprudencia: sonidos extraños interrumpían su trabajo de repente, eran golpes o como si alguien estuviera barriendo, pero cuando se asomaba para revisar "no había un alma en el lugar". Momentos como ése hicieron parte de los seis lustros de trabajo constante y comprometido de Inés.

Además de Álvaro Tafur, para Inés algunos personajes inolvidables fueron el ilustre y respetado Antonio Rocha Alvira, el rector Holguín, Eduardo Campo Soto (Consejero de Estado) y, claro, Andrés Pastrana, egresado célebre muy querido por ella. Otros estudiantes que menciona Inés con afecto son Gustavo Combatt (ex síndico de la universidad), Consuelo Sarria, Gabriel Silgado (actual Decano del Medio Universitario) y, por supuesto, Hans Peter Knudsen.

Inés desea encontrarse con todos los egresados, esperando volver a ver las tantas caras que conoció trabajando en la Universidad. Ahora, que no está en contacto directo con los estudiantes rosaristas, quiere recalcarles a todos la importancia de conservar las enseñanzas de los funcionarios y de los profesores.

"La humildad y sobre todo la honestidad -valor que se ha perdido tanto últimamente- son principios que siempre deben estar presentes en los miembros de la comunidad rosarista", dice Inés enfáticamente.


Las "travesuras" de Leopoldo en el Colegio de Primaria y Bachillerato


En la época de colegio siempre existe un cómplice estudiantil, aquel que infiltra los objetos olvidados, el que hace favores prohibidos y quien, de vez en cuando, avala una "escapadita de clase". Esta es la descripción apropiada para Leopoldo Montes quien, gracias a su labor de portero en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y por el afecto a los estudiantes, siempre trató de complacerlos.

"El paisita Montes", como lo llamaban cariñosamente los alumnos, ríe con un poco de vergüenza, al confesar que un día dejó salir a unos estudiantes que le rogaban ayuda para ello. Los muchachos, muy cumplidos, volvieron con un yogurt y una empanada para Leopoldo, quien agradecido se comió su fiambre, sin saber que los estudiantes le habían traído un yogurt vencido para gastarle una broma, "por garoso", así se lo dijeron, mientras se reían al ver su cara pálida.

En fin…el yogurt generó un tremendo malestar estomacal al "paisita", quien debió ausentarse de su puesto y, por ende, recibió un fuerte regaño del director de ese entonces. Aunque le confesó que estaba enfermo, jamás se atrevió a decirle el motivo. Leopoldo aprendió la lección.

Sin embargo, esto no lo hizo desistir de llevarle a los estudiantes los cuadernos olvidados, las onces, los zapatos de tennis… Tampoco dejó de comprarle pan a algunos costeños que le pedían ese favor todas las mañanas.

Don Leopoldo disfrutaba la salida a vacaciones de los estudiantes y el retorno de éstos, pues, cuando se iban, el colegio tomaba un matiz de almacén. "Los muchachos sacaban sus cobijas o sus colchones y nos los vendían a bajo precio, porque de regreso traerían unos nuevos para sus cuartos". El retorno de ellos a la institución también era muy gratificante. "Los estudiantes costeños nos traían queso de sus tierras, además de otros detalles de todo el país", comenta.

Hoy, desde la oficina de archivo de la Quinta de Mutis (lugar donde antes funcionaba el colegio) evoca estas escenas, mezclándolas con carcajadas de complacencia, pues afirma que en los últimos años al recibir la visita de algunos egresados, se vislumbra en sus conversaciones la misma confianza y complicidad de antaño.
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