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Soñando con el cine nacional

      
Si el cine colombiano fuera una película, no tendría motivos para palidecer junto a la saga de Harry Potter o para desdeñar, por considerarla un género inferior, a la telenovela de moda.<br/><br/> La historia de nuestra producción cinematográfica está tan llena de vicisitudes y sueños, y las inflexiones de su línea argumental bien podrían ser una producción de aventura o un melodrama con final inesperado. No sería raro encontrar allí personajes con expresión adusta, conscientes de los tropiezos de una industria que suele improvisar en la comercialización y distribución de los filmes. Otros, buscando la tan anhelada financiación con el guión en las manos y el propósito de hacer lo nunca antes visto. Y algunos más jugarían con el público en el diálogo de satisfacer sus gustos frente a los resquemores de la crítica especializada.<br/><br/> Bueno, quizás la película no sería un éxito de taquilla, eso es probable. Tal vez ganaría algún premio internacional, y eso es todo. Pero lograría lo que siempre ha conseguido nuestro cine: ser nuestro, aunque el significado de ello, jamás pueda esclarecerse.<br/><br/> De la <span style=font-style: italic;>María</span>, con la trágica epopeya de amor de Jorge Isaacs, a <span style=font-style: italic;>La Langosta Azul</span> y su propósito de innovación, a <span style=font-style: italic;>La Vendedora de Rosas</span> arraigada en la realidad de lo popular, el cine colombiano sigue siendo un reflejo de esa pregunta por la identidad que pretendemos responder también desde lo audiovisual.<br/><br/> Y es que encontrar un claro panorama de nuestra cinematografía nos obliga a pensar qué se ha logrado, pero, sobre todo, qué nos espera justo ahora cuando la nueva Ley de Cine ha permitido un aumento considerable en el volumen de películas que podrían llevar a una consolidación de la siempre inquieta y a la vez frágil industria nacional.<br/><br/> ¿Será que la producción de más cortos, medios y largos, como si se tratase de tallas de medias, contribuirá a hacer de nuestro cine lo que siempre hemos anhelado? Porque no se puede negar el impacto que produce vernos traspasados por la luz en la oscuridad de una sala. Fascinación, repulsión o simple curiosidad, nuestras producciones siempre nos cuestionan sobre quiénes somos.<br/><br/> Sólo basta con el estreno de una película colombiana para que en cualquier reunión de amigos o familiares, a la sombra de un café o unos tragos, asome el inevitable tema del cine colombiano. Por algún extraño designio del conjuro cinematográfico, todos nos convertimos en acérrimos críticos o defensores de tal o cual producción, pero en el fondo existe la conciencia de un cine nuestro, malo o bueno, pero al final, propio.<br/><br/> Esta identidad es la que quizás valide más producciones, más recursos y más desaciertos en la búsqueda por un cine que responda a las necesidades de nuestra sociedad colombiana, tan diversas como similares, tan amplias como únicas.<br/><br/> La apuesta está en la mesa y para estar a tono, soñar no cuesta nada. Si es preciso equivocarnos, pues bien, el héroe de toda película de acción siempre encuentra un clímax de desesperación e incertidumbre que resulta la clave para la solución final de su problema. Así que luces, cámara y acción. Sobre todo, acción.<br/><br style=font-weight: bold;/><span style=font-weight: bold;><br/>El taquillazo colombiano</span><br/><br/> Como si se pusieran de acuerdo los directores Francisco Norden, Rodrigo Triana y Harold Trompetero, están ayudando a que el cine nacional pase por un buen momento, ya que sus producciones han sido objeto de buenos comentarios por parte de los críticos.<br/><br/> En el caso de Francisco Norden, quien no realizaba desde hacía 22 años una película de ficción - cuando en 1984 dirigió <span style=font-style: italic;>Cóndores no entierran todos los días</span>, basada en la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Ahora acaba de estrenar <span style=font-style: italic;>El Trato</span>, una historia inspirada en un escándalo generado por un falso documental inglés sobre Colombia.<br/><br/> En ésta cinta sacó a flote inquietudes de tipo social, cinematográfico y humorístico sobre mi visión del país afirma Norden, al indicar que en ella se abarcan muchos temas sobre la ética del periodismo y la sociedad colombiana que el director considera de interés para el público europeo.<br/><br/> De igual manera, en agosto pasado, Rodrigo Triana estrenó <span style=font-style: italic;>Soñar no cuesta nada</span>, otra película basada en una historia real que hizo noticia en el año 2003. Es entretenimiento, creo que va a hacer muy buena taquilla porque está aprovechando un momento coyuntural en el país dice Juliana Hernández, estudiante de cine y televisión, a la salida de la premiere de ésta cinta.<br/><br/><span style=font-weight: bold;><br/>Cada loco con su cuento</span><br/><br/> Mientras Triana y Norden trataron temas reales que fueron noticia en Colombia; Víctor Gaviria a través de las cintas <span style=font-style: italic;>Sumas y restas</span> y <span style=font-style: italic;>La Vendedora de Rosas</span> le apuntó a la realidad social; y Harold Trompetero tocó las emociones el problema del país es de honestidad afectiva; los conflictos de guerrilla y podredumbre que se ven reflejados en otras películas es lo que está en la epidermis, pero en el fondo lo que hay es una enfermedad sentimental en las relaciones más básicas del ser humano.<br/><br/> La primera cinta de Trompetero, <span style=font-style: italic;>Diástole y sístole</span>, generó buenos comentarios de los críticos y esto fue suficiente para que el director colombiano llevara a cabo otros proyectos cinematográficos, entre ellos <span style=font-style: italic;>Violeta de mil colores</span> la cual no se ha podido estrenar comercialmente por una problema jurídico entre Trompetero y la actriz Flora Martínez, quien protagoniza a una joven solitaria que vive en Nueva York sorteando cualquier clase de vivencias.<br/><br/> Otro de los proyectos de Trompetero es <span style=font-style: italic;>Dios los junta y ellos se separa</span>n, el cual se terminó de filmar hace dos años, pero que está en el congelador ya que se necesitan US$70.000 dólares para su post-producción, motivo por el cual su lanzamiento no está a la vista.<br/><br/> Mientras que la cinta <span style=font-style: italic;>El Trato</span> fue financiada por los gobiernos de España y Francia y <span style=font-style: italic;>Soñar no cuesta nada</span> corrió por cuenta de RCN Cine; Trompetero busca por cielo y tierra el dinero para estrenar este film que muestra la descomposición de una familia por sus agudos problemas de comunicación. El ser humano lleva dos vidas paralelas: una frente a su familia y otra por fuera de casa. A través del teléfono, escuda una de la otra, afirma del director de <span style=font-style: italic;>Dios los junta y ellos se separan</span>.<br/><br/> Sin embargo, no todo es oscuro para Trompetero. En abril del próximo año se estrenará <span style=font-style: italic;>Riverside</span>, una película protagonizada por Diego Trujillo, quien interpreta a un colombiano que lleva viviendo 30 años en Nueva York, y que de un momento a otro pasó de la riqueza a la pobreza por una quiebra económica. Para subsistir recoge latas de cerveza y gaseosa, y tiene por delante la tarea titánica de recolectar un poco más de 24 mil unidades con el fin de conseguir los US$1200 dólares del tiquete de regreso.<br/><br/> Esta cinta ganó una beca del ministerio del fondo mixto cinematográfico para su post-producción. Trompetero reconoce el apoyo del Ministerio de Cultura dice: Lo bueno que está sucediendo en el cine colombiano es que se está haciendo y eso ayuda a que se desarrolle el músculo y que halla más actividad mental y creativa en términos cinematográficos para el país. <br/><br/>Que un director lleve su cinta a la pantalla grande no es tarea fácil. Algunos tienen el talento para ganarse una beca, otros poseen la suerte de ser financiados y otros cuentan con el dinero suficiente para sacarlo de sus bolsillos. Pero muchos como Trompetero deben tener paciencia y esperar para hacer historia en el cine nacional.<br/><br/><br/><br/>
Si el cine colombiano fuera una película, no tendría motivos para palidecer junto a la saga de Harry Potter o para desdeñar, por considerarla un género inferior, a la telenovela de moda.

La historia de nuestra producción cinematográfica está tan llena de vicisitudes y sueños, y las inflexiones de su línea argumental bien podrían ser una producción de aventura o un melodrama con final inesperado. No sería raro encontrar allí personajes con expresión adusta, conscientes de los tropiezos de una industria que suele improvisar en la comercialización y distribución de los filmes. Otros, buscando la tan anhelada financiación con el guión en las manos y el propósito de hacer lo nunca antes visto. Y algunos más jugarían con el público en el diálogo de satisfacer sus gustos frente a los resquemores de la crítica especializada.

Bueno, quizás la película no sería un éxito de taquilla, eso es probable. Tal vez ganaría algún premio internacional, y eso es todo. Pero lograría lo que siempre ha conseguido nuestro cine: ser nuestro, aunque el significado de ello, jamás pueda esclarecerse.

De la María, con la trágica epopeya de amor de Jorge Isaacs, a La Langosta Azul y su propósito de innovación, a La Vendedora de Rosas arraigada en la realidad de lo popular, el cine colombiano sigue siendo un reflejo de esa pregunta por la identidad que pretendemos responder también desde lo audiovisual.

Y es que encontrar un claro panorama de nuestra cinematografía nos obliga a pensar qué se ha logrado, pero, sobre todo, qué nos espera justo ahora cuando la nueva Ley de Cine ha permitido un aumento considerable en el volumen de películas que podrían llevar a una consolidación de la siempre inquieta y a la vez frágil industria nacional.

¿Será que la producción de más cortos, medios y largos, como si se tratase de tallas de medias, contribuirá a hacer de nuestro cine lo que siempre hemos anhelado? Porque no se puede negar el impacto que produce vernos traspasados por la luz en la oscuridad de una sala. Fascinación, repulsión o simple curiosidad, nuestras producciones siempre nos cuestionan sobre quiénes somos.

Sólo basta con el estreno de una película colombiana para que en cualquier reunión de amigos o familiares, a la sombra de un café o unos tragos, asome el inevitable tema del cine colombiano. Por algún extraño designio del conjuro cinematográfico, todos nos convertimos en acérrimos críticos o defensores de tal o cual producción, pero en el fondo existe la conciencia de un cine nuestro, malo o bueno, pero al final, propio.

Esta identidad es la que quizás valide más producciones, más recursos y más desaciertos en la búsqueda por un cine que responda a las necesidades de nuestra sociedad colombiana, tan diversas como similares, tan amplias como únicas.

La apuesta está en la mesa y para estar a tono, soñar no cuesta nada. Si es preciso equivocarnos, pues bien, el héroe de toda película de acción siempre encuentra un clímax de desesperación e incertidumbre que resulta la clave para la solución final de su problema. Así que luces, cámara y acción. Sobre todo, acción.


El taquillazo colombiano


Como si se pusieran de acuerdo los directores Francisco Norden, Rodrigo Triana y Harold Trompetero, están ayudando a que el cine nacional pase por un buen momento, ya que sus producciones han sido objeto de buenos comentarios por parte de los críticos.

En el caso de Francisco Norden, quien no realizaba desde hacía 22 años una película de ficción - cuando en 1984 dirigió Cóndores no entierran todos los días, basada en la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Ahora acaba de estrenar El Trato, una historia inspirada en un escándalo generado por un falso documental inglés sobre Colombia.

"En ésta cinta sacó a flote inquietudes de tipo social, cinematográfico y humorístico sobre mi visión del país" afirma Norden, al indicar que en ella se abarcan muchos temas sobre la ética del periodismo y la sociedad colombiana que el director considera de interés para el público europeo.

De igual manera, en agosto pasado, Rodrigo Triana estrenó Soñar no cuesta nada, otra película basada en una historia real que hizo noticia en el año 2003. "Es entretenimiento, creo que va a hacer muy buena taquilla porque está aprovechando un momento coyuntural en el país" dice Juliana Hernández, estudiante de cine y televisión, a la salida de la premiere de ésta cinta.


Cada loco con su cuento


Mientras Triana y Norden trataron temas reales que fueron noticia en Colombia; Víctor Gaviria a través de las cintas Sumas y restas y La Vendedora de Rosas le apuntó a la realidad social; y Harold Trompetero tocó las emociones "el problema del país es de honestidad afectiva; los conflictos de guerrilla y podredumbre que se ven reflejados en otras películas es lo que está en la epidermis, pero en el fondo lo que hay es una enfermedad sentimental en las relaciones más básicas del ser humano".

La primera cinta de Trompetero, Diástole y sístole, generó buenos comentarios de los críticos y esto fue suficiente para que el director colombiano llevara a cabo otros proyectos cinematográficos, entre ellos Violeta de mil colores la cual no se ha podido estrenar comercialmente por una problema jurídico entre Trompetero y la actriz Flora Martínez, quien protagoniza a una joven solitaria que vive en Nueva York sorteando cualquier clase de vivencias.

Otro de los proyectos de Trompetero es Dios los junta y ellos se separan, el cual se terminó de filmar hace dos años, pero que está en el congelador ya que se necesitan US$70.000 dólares para su post-producción, motivo por el cual su lanzamiento no está a la vista.

Mientras que la cinta El Trato fue financiada por los gobiernos de España y Francia y Soñar no cuesta nada corrió por cuenta de RCN Cine; Trompetero busca por cielo y tierra el dinero para estrenar este film que muestra la descomposición de una familia por sus agudos problemas de comunicación. "El ser humano lleva dos vidas paralelas: una frente a su familia y otra por fuera de casa. A través del teléfono, escuda una de la otra", afirma del director de Dios los junta y ellos se separan.

Sin embargo, no todo es oscuro para Trompetero. En abril del próximo año se estrenará Riverside, una película protagonizada por Diego Trujillo, quien interpreta a un colombiano que lleva viviendo 30 años en Nueva York, y que de un momento a otro pasó de la riqueza a la pobreza por una quiebra económica. Para subsistir recoge latas de cerveza y gaseosa, y tiene por delante la tarea titánica de recolectar un poco más de 24 mil unidades con el fin de conseguir los US$1200 dólares del tiquete de regreso.

Esta cinta ganó una beca del ministerio del fondo mixto cinematográfico para su post-producción. Trompetero reconoce el apoyo del Ministerio de Cultura dice: "Lo bueno que está sucediendo en el cine colombiano es que se está haciendo y eso ayuda a que se desarrolle el músculo y que halla más actividad mental y creativa en términos cinematográficos para el país".

Que un director lleve su cinta a la pantalla grande no es tarea fácil. Algunos tienen el talento para ganarse una beca, otros poseen la suerte de ser financiados y otros cuentan con el dinero suficiente para sacarlo de sus bolsillos. Pero muchos como Trompetero deben tener paciencia y esperar para hacer historia en el cine nacional.



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