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Un viaje a las profundidades de los nuevos autores colombianos

      
Con algunos destellos de excelente literatura, varios escritores colombianos, que no pasan de los cuarenta años, se han convertido en los voceros de una generación difícil de clasificar. Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Efraín Medina Reyes, Pedro Badrán y Sergio Álvarez son nombres que en los últimos cinco años han cobrado inusitada popularidad en el ámbito literario nacional y latinoamericano.<br/><br/> Siguiendo el rastro de su obra, la literata Andrea Vergara, halló elementos estéticos que permiten evaluar el impacto de sus textos en la configuración de una renovada mentalidad creativa para el medio literario colombiano.<br/><br/> Desde la perspectiva teórica propuesta por Wolfang Iser, que se enmarca en la tendencia de los estudios de recepción del texto literario, la autora de la tesis meritoria <span style=font-style: italic;>Efecto estético de la novela colombiana actual: un viaje a las profundidades</span> formula la pregunta: ¿Qué pretenden las novelas colombianas actuales?.<br/><br/> Más que una ruptura con el legado del llamado boom literario consolidado en los años setenta, la nueva narrativa nos presenta un mundo individualista, sin pretensiones utópicas y estilísticamente atravesado por la influencia del cine y la música urbanas, afirma la investigadora.<br/><br/> De los relatos que registran el rostro del mal citadino en <span style=font-style: italic;>Satanás</span>, de Mario Mendoza; al humor ácido e iconoclasta del cartagenero Efraín Medina, autor de <span style=font-style: italic;>Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo</span>, y de las aventuras policíacas del protagonista de la novela <span style=font-style: italic;>Perder es cuestión de método</span>, de Santiago Gamboa; al secuestro como material literario en <span style=font-style: italic;>La lectora</span>, de Sergio Álvarez; Vergara se preocupó por leer con atención a los nuevos creadores para identificar si sus ficciones estaban agazapadas en algún lugar de la realidad que sólo ellos, con la sensibilidad afinada por el desencanto, pudieron atrapar.<br/><br/> Relatos remozados, con la ciudad como protagonista, le han otorgado un nuevo documento de identidad a las letras colombianas. La calidad de los caracteres con los que se escriba dependerá tanto de su tiempo de decantación, como de la mirada aguda de los estudiosos que ya pueden consultar trabajos como los de Andrea Vergara.<br/><br/><br/>
Con algunos destellos de excelente literatura, varios escritores colombianos, que no pasan de los cuarenta años, se han convertido en los voceros de una generación difícil de clasificar. Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Efraín Medina Reyes, Pedro Badrán y Sergio Álvarez son nombres que en los últimos cinco años han cobrado inusitada popularidad en el ámbito literario nacional y latinoamericano.

Siguiendo el rastro de su obra, la literata Andrea Vergara, halló elementos estéticos que permiten evaluar el impacto de sus textos en la configuración de una renovada mentalidad creativa para el medio literario colombiano.

Desde la perspectiva teórica propuesta por Wolfang Iser, que se enmarca en la tendencia de los estudios de recepción del texto literario, la autora de la tesis meritoria Efecto estético de la novela colombiana actual: un viaje a las profundidades formula la pregunta: ¿Qué pretenden las novelas colombianas actuales?.

"Más que una ruptura con el legado del llamado boom literario consolidado en los años setenta, la nueva narrativa nos presenta un mundo individualista, sin pretensiones utópicas y estilísticamente atravesado por la influencia del cine y la música urbanas", afirma la investigadora.

De los relatos que registran el rostro del mal citadino en Satanás, de Mario Mendoza; al humor ácido e iconoclasta del cartagenero Efraín Medina, autor de Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo, y de las aventuras policíacas del protagonista de la novela Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa; al secuestro como material literario en La lectora, de Sergio Álvarez; Vergara se preocupó por leer con atención a los nuevos creadores para identificar si sus ficciones estaban agazapadas en algún lugar de la realidad que sólo ellos, con la sensibilidad afinada por el desencanto, pudieron atrapar.

Relatos remozados, con la ciudad como protagonista, le han otorgado un nuevo documento de identidad a las letras colombianas. La calidad de los caracteres con los que se escriba dependerá tanto de su tiempo de decantación, como de la mirada aguda de los estudiosos que ya pueden consultar trabajos como los de Andrea Vergara.


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