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Estudiante que trabajó en Suiza cuenta su experiencia

      
Tal vez por el aspecto personal: piel, ojos y cabellos claros, algunos dudaron de su procedencia latina. Lo cierto es que durante el año que permaneció en los laboratorios de la empresa Novartis, en Basilea (Suiza), centro de la industria farmacéutica mundial, Diana Cristina Correa fue la única colombiana que realizó allí su práctica profesional.<br/><br/> A sus 25 años, esta estudiante de la Facultad de Química Farmacéutica de la Universidad de Antioquia, cuenta con la experiencia de haber trabajado en el área de investigación electrocardiológica en uno de los laboratorios farmacéuticos más importantes del mundo. También tiene a su favor la posibilidad de volver a especializarse, cuando termine la carrera.<br/><br/> Diana llegó a Suiza en agosto de 2005. Leyó la convocatoria de IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience), organización independiente que en la actualidad logra el mayor intercambio de entrenamientos y prácticas profesionales para estudiantes de ingeniería, ciencias y arquitectura y decidió inscribirse.<br/><br/> Leí las exigencias que en realidad no eran muchas: un buen dominio del inglés y de algunas áreas químicas. Por eso decidí acudir a la Dirección de Relaciones Internacionales en busca de más información, afirma.<br/><br/> Allí le complementaron la información sobre el laboratorio farmacéutico y decidió presentar todos los papeles. Yo nunca esperé irme, sin embargo estaba convencida de que no perdía nada con presentar mi hoja de vida, una carta de motivación con las expectativas del viaje y llenar miles de formatos con los datos personales.<br/><br/> Luego supo que debía concursar con estudiantes de diferentes universidades colombianas, convenciéndose aún más de lo difícil que sería partir. Había otra niña, de la Universidad Nacional de Bogotá, que también fue aceptada pero, finalmente, el filtro fue el idioma, dice.<br/><br/> El pesimismo se transformó en certeza cuando un día llegó un contrato a su casa en el que decía: Felicitaciones, usted ha sido aceptada para trabajar con Novartis. Fue algo muy acertado: leí, concursé y quedé, comenta Diana entre risas y una especial espontaneidad.<br/><br/> Cuando anunció que se iba para Suiza, todo el mundo lo dudó. Mi mamá decía que yo, acostumbrada a la falda mami, a qué me iba a ir para allá. Pero hubo alguien que siempre la apoyó: su Universidad. La U me dio mucho respaldo, porque a nivel académico yo era muy pequeña para irme a hacer una práctica; yo me fui en octavo semestre, allá hice el décimo y ahora vuelvo para hacer el noveno; la Facultad creyó en mis capacidades y todos me apoyaron para que me dieran el tiempo de espera de un año acá y así no perder el cupo, cuenta, mientras continúa sonriendo.<br/><br/> Al llegar a Basilea, ciudad en el límite de Francia, Alemania y Suiza, comprobó que es una ciudad cultural abierta donde se hablan 3 idiomas: italiano, francés y alemán.<br/><br/> Complacida de encontrarse en un país muy organizado y excelente para estudiar farmacia, comenzó a trabajar con profesionales de todo el mundo y en una empresa que cuenta con 45.000 empleados. En Basilea todas las personas trabajan al servicio de Novartis, que patrocina hasta un partido de fútbol.<br/><br/> En el laboratorio se dedicó a avanzar en un proyecto que llevaba cuatro años estancado y que consistía en un trabajo muy bioquímico, alrededor de técnicas electrofisiológicas en canales Girk. Recuerda con efusividad el momento en que le contaron que ya habían convocado varias veces a profesionales para terminar este proyecto, pero que todos habían tirado la toalla. Yo me llené de temor pero después empecé a leer, a estudiar y a investigar; al asesorarme dijeron que iba por buen camino; las cosas empezaron a funcionar y el proyecto marchó, siguió en su línea y está abierto para otro estudiante; ahora me siento muy feliz por eso, relata.<br/><br/> Las razones de su felicidad las da ella misma: Para ese tipo de experiencia no se puede ser el más vago porque se requiere buen promedio académico, un Michigan excelente y conocimientos básicos de química, además del sentido de responsabilidad y capacidad de trabajar en grupo.<br/><br/> Como estudiante le garantizaron total libertad de acción en el proyecto y creyeron en todo lo que estaba realizando. Sólo tenía que pedir los materiales sin escatimar en costo. Ellos confiaban en que yo lo estaba haciendo bien. Por ejemplo, si un reactivo costaba cinco millones de pesos, yo no tenía que preocuparme por eso. Sólo debía utilizarlo de la mejor manera. O sea que los proyectos van hasta donde uno como estudiante quiera, dice con vehemencia.<br/><br/> Aparte del aprendizaje en el campo profesional, esta pasantía le permitió a Diana mantener una relación intercultural con gente de diferentes partes del mundo y disfrutar de beneficios en el campo cultural por ser estudiante.<br/><br/><br/><br/><span style=font-weight: bold;>Suiza, el gran país</span><br/> Suiza –agrega– es un país muy metódico y organizado, en el que ser puntual es fundamental. Hay una gran diferencia en la forma de ver la vida porque acá la gente vive demasiado arreglada y a ellos eso no les importa. Uno puede ir a trabajar en pijama y a nadie le interesa. La vida cotidiana es muy simple. Por eso cuando mi mamá me mandaba collares, eso era muy admirado.<br/><br/> En el tiempo que permaneció en Suiza, Diana compartió un apartamento con una estudiante de Uruguay. Con ella fue con la única persona que pudo conversar algunas veces en español. De resto, el vínculo social era el inglés.<br/><br/> Considera que el idioma es realmente el tamiz para presentarse a este tipo de convocatorias porque el resto de conocimientos uno los adquiere acá en la Universidad o allá mismo te capacitan. Es primordial insistir en aprender otro idioma.<br/><br/> Cada que estaba en el laboratorio pensaba en que alguno de sus compañeros de la Facultad bien podría estar realizando el trabajo de muchos de esos profesionales. El idioma es lo que los tiene frenados, a pesar de la insistencia del Centro de Extensión de la Facultad.<br/><br/> Hoy más que nunca está convencida de que sólo se necesita motivación y vencer la pereza para llenar formularios. Hay que estar preparados para la convocatoria y no esperar a que la convocatoria salga para prepararse, dice.<br/><br/> Por lo pronto, Diana continuará con su carrera y tratará de difundir en su Facultad todo lo que aprendió con esta experiencia. Más tarde, quizá, retorne a Suiza a realizar el master o el posgrado. Pero si de algo está segura es de que en Suiza ya conocen a la Universidad de Antioquia y el cupo quedó abierto para más estudiantes.<br/><br/><br/>
Tal vez por el aspecto personal: piel, ojos y cabellos claros, algunos dudaron de su procedencia latina. Lo cierto es que durante el año que permaneció en los laboratorios de la empresa Novartis, en Basilea (Suiza), centro de la industria farmacéutica mundial, Diana Cristina Correa fue la única colombiana que realizó allí su práctica profesional.

A sus 25 años, esta estudiante de la Facultad de Química Farmacéutica de la Universidad de Antioquia, cuenta con la experiencia de haber trabajado en el área de investigación electrocardiológica en uno de los laboratorios farmacéuticos más importantes del mundo. También tiene a su favor la posibilidad de volver a especializarse, cuando termine la carrera.

Diana llegó a Suiza en agosto de 2005. Leyó la convocatoria de IAESTE (International Association for the Exchange of Students for Technical Experience), organización independiente que en la actualidad logra el mayor intercambio de entrenamientos y prácticas profesionales para estudiantes de ingeniería, ciencias y arquitectura y decidió inscribirse.

"Leí las exigencias que en realidad no eran muchas: un buen dominio del inglés y de algunas áreas químicas. Por eso decidí acudir a la Dirección de Relaciones Internacionales en busca de más información", afirma.

Allí le complementaron la información sobre el laboratorio farmacéutico y decidió presentar todos los papeles. "Yo nunca esperé irme, sin embargo estaba convencida de que no perdía nada con presentar mi hoja de vida, una carta de motivación con las expectativas del viaje y llenar miles de formatos con los datos personales".

Luego supo que debía concursar con estudiantes de diferentes universidades colombianas, convenciéndose aún más de lo difícil que sería partir. "Había otra niña, de la Universidad Nacional de Bogotá, que también fue aceptada pero, finalmente, el filtro fue el idioma", dice.

El pesimismo se transformó en certeza cuando un día llegó un contrato a su casa en el que decía: Felicitaciones, usted ha sido aceptada para trabajar con Novartis. "Fue algo muy acertado: leí, concursé y quedé", comenta Diana entre risas y una especial espontaneidad.

Cuando anunció que se iba para Suiza, todo el mundo lo dudó. "Mi mamá decía que yo, acostumbrada a la falda mami, a qué me iba a ir para allá". Pero hubo alguien que siempre la apoyó: su Universidad. "La U me dio mucho respaldo, porque a nivel académico yo era muy pequeña para irme a hacer una práctica; yo me fui en octavo semestre, allá hice el décimo y ahora vuelvo para hacer el noveno; la Facultad creyó en mis capacidades y todos me apoyaron para que me dieran el tiempo de espera de un año acá y así no perder el cupo", cuenta, mientras continúa sonriendo.

Al llegar a Basilea, ciudad en el límite de Francia, Alemania y Suiza, comprobó que es una ciudad cultural abierta donde se hablan 3 idiomas: italiano, francés y alemán.

Complacida de encontrarse en un país muy organizado y excelente para estudiar farmacia, comenzó a trabajar con profesionales de todo el mundo y en una empresa que cuenta con 45.000 empleados. "En Basilea todas las personas trabajan al servicio de Novartis, que patrocina hasta un partido de fútbol".

En el laboratorio se dedicó "a avanzar en un proyecto que llevaba cuatro años estancado y que consistía en un trabajo muy bioquímico, alrededor de técnicas electrofisiológicas en canales Girk". Recuerda con efusividad el momento en que le contaron que ya habían convocado varias veces a profesionales para terminar este proyecto, pero que todos habían tirado la toalla. "Yo me llené de temor pero después empecé a leer, a estudiar y a investigar; al asesorarme dijeron que iba por buen camino; las cosas empezaron a funcionar y el proyecto marchó, siguió en su línea y está abierto para otro estudiante; ahora me siento muy feliz por eso", relata.

Las razones de su felicidad las da ella misma: "Para ese tipo de experiencia no se puede ser el más vago porque se requiere buen promedio académico, un Michigan excelente y conocimientos básicos de química, además del sentido de responsabilidad y capacidad de trabajar en grupo".

Como estudiante le garantizaron total libertad de acción en el proyecto y creyeron en todo lo que estaba realizando. "Sólo tenía que pedir los materiales sin escatimar en costo. Ellos confiaban en que yo lo estaba haciendo bien. Por ejemplo, si un reactivo costaba cinco millones de pesos, yo no tenía que preocuparme por eso. Sólo debía utilizarlo de la mejor manera. O sea que los proyectos van hasta donde uno como estudiante quiera", dice con vehemencia.

Aparte del aprendizaje en el campo profesional, esta pasantía le permitió a Diana mantener una relación intercultural con gente de diferentes partes del mundo y disfrutar de beneficios en el campo cultural por ser estudiante.



Suiza, el gran país
"Suiza –agrega– es un país muy metódico y organizado, en el que ser puntual es fundamental. Hay una gran diferencia en la forma de ver la vida porque acá la gente vive demasiado arreglada y a ellos eso no les importa. Uno puede ir a trabajar en pijama y a nadie le interesa. La vida cotidiana es muy simple. Por eso cuando mi mamá me mandaba collares, eso era muy admirado".

En el tiempo que permaneció en Suiza, Diana compartió un apartamento con una estudiante de Uruguay. Con ella fue con la única persona que pudo conversar algunas veces en español. De resto, el vínculo social era el inglés.

Considera que "el idioma es realmente el tamiz para presentarse a este tipo de convocatorias porque el resto de conocimientos uno los adquiere acá en la Universidad o allá mismo te capacitan. Es primordial insistir en aprender otro idioma".

Cada que estaba en el laboratorio pensaba en que alguno de sus compañeros de la Facultad bien podría estar realizando el trabajo de muchos de esos profesionales. "El idioma es lo que los tiene frenados, a pesar de la insistencia del Centro de Extensión de la Facultad".

Hoy más que nunca está convencida de que sólo se necesita motivación y vencer la pereza para llenar formularios. "Hay que estar preparados para la convocatoria y no esperar a que la convocatoria salga para prepararse", dice.

Por lo pronto, Diana continuará con su carrera y tratará de difundir en su Facultad todo lo que aprendió con esta experiencia. Más tarde, quizá, retorne a Suiza a realizar el master o el posgrado. Pero si de algo está segura es de que "en Suiza ya conocen a la Universidad de Antioquia y el cupo quedó abierto para más estudiantes".


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