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Primíparos después de los 45

      
Olga Romero está pendiente por estos días de que no se le pase la matrícula de la universidad. Tiene 80 años y lleva cinco estudiando diplomados en la Universidad Eafit de Medellín.<br/><br/> "Cualquiera de los alumnos de la universidad nos ayuda a subir la acera o a bajar del taxi; ellos ya se acostumbraron a vernos en clases", dice Olga, a quien estudiar la hace sentir una "muchacha".<br/><br/> Ella es el ejemplo perfecto de los que estudian por puro deleite intelectual, aquellos a los que ahora les queda más tiempo y deciden volver a las aulas para actualizarse, para estudiar la carrera que siempre soñaron o simplemente para estar cerca de otros.<br/><br/> Tras la muerte de su esposo, Olga se dedicó a criar a los hijos y no estudió, aunque siempre tuvo presente el gusto por la literatura. Ahora ve clases de historia contemporánea y geopolítica. Va a la universidad dos veces por semana y es tan juiciosa que hasta colabora con artículos para el periódico oficial y se mete a cuanta clase adicional hay de cine o literatura.<br/><br/> "Volver a estudiar es una conexión con esa vida que uno ha dejado, volver al pupitre, a escuchar conceptos que tenía olvidados", dice ella, que hace parte de Saberes de Vida, que promueve la Universidad Eafit para mayores de 50 años y que hoy tiene más de 100 estudiantes.<br/><br/> El programa se extendió a Cartagena, donde 28 adultos mayores van a la U. Tecnológica de Bolívar, y a la Icesi, en Cali, con unos 15 alumnos.<br/><br/><span style=font-weight: bold;><br/>No es fácil</span><br/> Aunque muchos optan por diplomados, algunos mayores se deciden directamente por los pregrados.<br/><br/> Carmenza Peinado, a los 50, entró a la U. de La Sabana a estudiar psicología y ahora comparte clases con jóvenes de las edades de sus hijos.<br/><br/> Comienza tercer semestre y está feliz, aunque el primer año le sacó hasta lágrimas.<br/><br/> "Me sentía en la más grande ignorancia. No me acordaba nada de química ni sabía de Internet. Además, fue duro adaptarme a los compañeros: los jóvenes lo que menos quieren saber es de la mamá y así me veían a mí", dice Carmenza, quien por fin ve cercano el sueño de ser psicóloga.<br/><br/> A ella le costó trabajo entender ciertas lecturas y enfrentar el temor de hablar ante un grupo. Y para rematar tuvo dificultades para conseguir equipo a la hora de trabajar.<br/><br/> Ahora tiene una compañera con la que los hace todos. "Nos entendimos, porque ella también es muy juiciosa".<br/><br/> A José Fernando Henao, un militar retirado de 57 años, le sucedió lo mismo con sus compañeros de periodismo en la Universidad de Antioquia.<br/><br/> "Al retirarme del Ejército no tenía nada más que hacer que vivir de una pensión, pero no concebía envejecer cuidando un perro y una casa", asegura. Su ingreso implicó el traslado de toda su familia, incluida esposa, hijas y nietos desde Bogotá hasta Medellín.<br/><br/> Espera graduarse en junio, pues al fin consiguió un sitio de prácticas, luego de que lo rechazaran por la edad.<br/><br/> Los achaques también dificultan el estudio. A Olga la artritis la hizo retirarse de una clase. Se metió a estudiar lengua de señas, pero al año ya le dolían mucho las manos.<br/><br/> A pesar de las dificultades, todos coinciden en que es una experiencia positiva. "A mis hijos les gusta verme estudiando. Eso los motiva", dice Beatriz Ramírez, quien a los 45 años está en tercer semestre de derecho en La Sabana.<br/><br/><span style=font-weight: bold;><br/>Sirven de ejemplo a los jóvenes</span><br/><br/>Neilla Stella Díaz, jefe del área de procesos psicológicos de La Sabana, explica que cada vez son más los adultos que se matriculan y que la mayoría no lo hace buscando mejorar sus ingresos sino por disfrute intelectual.<br/><br/> "También desempeñan un rol muy importante con los jóvenes: procuran que el grupo discierna sobre las decisiones que toman, llaman la atención sobre el respeto en el grupo y con los docentes", dice la experta y agrega que es usual que estos adultos terminen hablando como sus compañeros jóvenes. <br/><br/> Las universidades promueven su presencia en las aulas porque quieren demostrar que el conocimiento no tiene edad. Entre los principales choques está que la academia se ha virtualizado. Desde las inscripciones hasta los trabajos en equipo se hacen por Internet, a través de chats. "Ahí es donde ellos se sienten muy quedados", explica Díaz.<br/><br/>
Olga Romero está pendiente por estos días de que no se le pase la matrícula de la universidad. Tiene 80 años y lleva cinco estudiando diplomados en la Universidad Eafit de Medellín.

"Cualquiera de los alumnos de la universidad nos ayuda a subir la acera o a bajar del taxi; ellos ya se acostumbraron a vernos en clases", dice Olga, a quien estudiar la hace sentir una "muchacha".

Ella es el ejemplo perfecto de los que estudian por puro deleite intelectual, aquellos a los que ahora les queda más tiempo y deciden volver a las aulas para actualizarse, para estudiar la carrera que siempre soñaron o simplemente para estar cerca de otros.

Tras la muerte de su esposo, Olga se dedicó a criar a los hijos y no estudió, aunque siempre tuvo presente el gusto por la literatura. Ahora ve clases de historia contemporánea y geopolítica. Va a la universidad dos veces por semana y es tan juiciosa que hasta colabora con artículos para el periódico oficial y se mete a cuanta clase adicional hay de cine o literatura.

"Volver a estudiar es una conexión con esa vida que uno ha dejado, volver al pupitre, a escuchar conceptos que tenía olvidados", dice ella, que hace parte de Saberes de Vida, que promueve la Universidad Eafit para mayores de 50 años y que hoy tiene más de 100 estudiantes.

El programa se extendió a Cartagena, donde 28 adultos mayores van a la U. Tecnológica de Bolívar, y a la Icesi, en Cali, con unos 15 alumnos.


No es fácil

Aunque muchos optan por diplomados, algunos mayores se deciden directamente por los pregrados.

Carmenza Peinado, a los 50, entró a la U. de La Sabana a estudiar psicología y ahora comparte clases con jóvenes de las edades de sus hijos.

Comienza tercer semestre y está feliz, aunque el primer año le sacó hasta lágrimas.

"Me sentía en la más grande ignorancia. No me acordaba nada de química ni sabía de Internet. Además, fue duro adaptarme a los compañeros: los jóvenes lo que menos quieren saber es de la mamá y así me veían a mí", dice Carmenza, quien por fin ve cercano el sueño de ser psicóloga.

A ella le costó trabajo entender ciertas lecturas y enfrentar el temor de hablar ante un grupo. Y para rematar tuvo dificultades para conseguir equipo a la hora de trabajar.

Ahora tiene una compañera con la que los hace todos. "Nos entendimos, porque ella también es muy juiciosa".

A José Fernando Henao, un militar retirado de 57 años, le sucedió lo mismo con sus compañeros de periodismo en la Universidad de Antioquia.

"Al retirarme del Ejército no tenía nada más que hacer que vivir de una pensión, pero no concebía envejecer cuidando un perro y una casa", asegura. Su ingreso implicó el traslado de toda su familia, incluida esposa, hijas y nietos desde Bogotá hasta Medellín.

Espera graduarse en junio, pues al fin consiguió un sitio de prácticas, luego de que lo rechazaran por la edad.

Los achaques también dificultan el estudio. A Olga la artritis la hizo retirarse de una clase. Se metió a estudiar lengua de señas, pero al año ya le dolían mucho las manos.

A pesar de las dificultades, todos coinciden en que es una experiencia positiva. "A mis hijos les gusta verme estudiando. Eso los motiva", dice Beatriz Ramírez, quien a los 45 años está en tercer semestre de derecho en La Sabana.


Sirven de ejemplo a los jóvenes


Neilla Stella Díaz, jefe del área de procesos psicológicos de La Sabana, explica que cada vez son más los adultos que se matriculan y que la mayoría no lo hace buscando mejorar sus ingresos sino por disfrute intelectual.

"También desempeñan un rol muy importante con los jóvenes: procuran que el grupo discierna sobre las decisiones que toman, llaman la atención sobre el respeto en el grupo y con los docentes", dice la experta y agrega que es usual que estos adultos terminen hablando como sus compañeros jóvenes.

Las universidades promueven su presencia en las aulas porque quieren demostrar que el conocimiento no tiene edad. Entre los principales choques está que la academia se ha virtualizado. Desde las inscripciones hasta los trabajos en equipo se hacen por Internet, a través de chats. "Ahí es donde ellos se sienten muy quedados", explica Díaz.

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